«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La GACETA accede a su discurso a puerta cerrada

Viktor Orbán, en Kötcse: «Ha llegado la hora de la resistencia nacional. Hay que recoger el guante y luchar»

Balmazújváros
El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. Europa Press

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, habló durante cerca de una hora el sábado 12 de septiembre en Kötcse, la localidad del condado de Somogy donde la fundación de Fidesz reúne cada año a la élite política e intelectual de la derecha húngara.

Fue, como manda la tradición del pícnic de Kötcse, un discurso a puerta cerrada, y el primero de esa serie que pronuncia desde la oposición: cinco meses antes, el 12 de abril, Tisza, el partido de Péter Magyar, había puesto fin a dieciséis años de gobierno de Fidesz con una mayoría de dos tercios en el Parlamento. Durante días circularon fragmentos. El 18 de septiembre el portal Vadhajtások difundió una grabación de audio y un extracto que no recogen la intervención completa. El texto íntegro, al que ha tenido acceso LA GACETA, permite reconstruir por primera vez el discurso entero y en orden. En su intervención analiza la derrota de abril y fija un plan de siete pasos para volver al Gobierno.

Orbán empezó por un recuento. Contó que había pedido a los organizadores invitar exactamente a los mismos que el año anterior «para que pudiéramos ver de cuánto había sido la pérdida de efectivos», y dio el resultado: entre el 5 y el 10%. «El 90% de quienes estuvieron aquí el año pasado vuelven a estar hoy». Los cinco meses transcurridos, dijo, habían sido para su comunidad «una prueba política, una prueba de carácter y una prueba existencial», y quienes seguían allí eran los que la habían superado. Un ciclo electoral, recordó, dura 48 meses; había pasado ya más de una décima parte.

Renunció de entrada a lo que suele ser Kötcse. Otros años, explicó, se habla allí de los fundamentos filosóficos de la política de Fidesz, de las luchas civilizatorias y de la batalla por el alma de Occidente. «Pero ahora no necesitamos hablar de ello. No tenemos tiempo ni energía». Sólo había un tema: qué debe hacer la derecha húngara aquí y ahora.

Volver a aprender a perder

El punto de partida era una derrota electoral, la primera en veinte años. «Le deseo a la derecha húngara que pierda unas elecciones una vez cada veinte años», dijo, y añadió que entre los suyos hay muchos que no saben perder porque son jóvenes y otros que no saben porque lo han olvidado. Todos tienen una sola tarea: volver a aprenderlo. Para eso remitió a los archivos de 2006, la última vez que Fidesz perdió, y a un itinerario que comparó con el de un terremoto. Primero se entierra a los muertos: «A los muertos reales hay que enterrarlos realmente; a quienes nos traicionaron hay que enterrarlos en nuestra alma». Después se atiende a los heridos y se los rescata de los escombros. Luego se evalúan los daños, «aproximadamente ahí estamos ahora», y por último se prepara un plan. «Ese es el orden; ningún paso puede ahorrarse ni intercambiarse».

El calendario interno quedó explícito. El congreso de Fidesz de junio analizó las causas de la derrota; desde entonces y hasta el 17 de septiembre corre el periodo de planificación, con auditorías y una revisión completa de la derecha; el jueves y el viernes de la semana siguiente al discurso, la presidencia del partido celebraría una reunión de dos días para adoptar «decisiones estratégicas para este semestre e incluso para un plazo más largo»; y desde el 17 de septiembre hasta el 1 de enero, o hasta el discurso anual de balance de febrero, vendría la ejecución.

«Un problema político que no supimos resolver»

Sobre las causas, Orbán dijo percibir «cierta confusión» y exigió separar dos cosas: la valoración de dieciséis años de gobierno y la explicación de la derrota. Entre 2010 y 2024, con la victoria en las europeas de ese año incluida, los electores aprobaron cuatro veces lo que Fidesz hacía. «Permitir que la izquierda cuestione nuestros dieciséis años sería una estupidez política, una conducta autodestructiva y una miseria intelectual».

Descartó a continuación las explicaciones habituales. Cuando ganaban también había acusaciones de ostentación, también se hablaba de Simicska y de Mészáros, también se hablaba de corrupción «de principio a fin» y también se decía que el primer ministro «era viejo, gordo y estaba cansado, y que hacía falta alguien joven». «Si pudimos ganar pese a todo eso, no fue por eso por lo que perdimos». La causa fue, en sus palabras, «un problema político que no supimos resolver»: cómo ganar unas elecciones desde el Gobierno después de dieciséis años, en una Europa y una economía nacional sin crecimiento, frente a un aspirante que nunca había gobernado, «bajo el chantaje de Bruselas, con la intervención de los servicios secretos alemanes, franceses y británicos y frente a la red Soros».

Defendió a Balázs Orbán, su director político y jefe de campaña, sin parentesco con él, «criticado muchas veces de forma injusta y excesiva», por haber aceptado el encargo cuando nadie tenía la respuesta. «No lo consiguió. Pero existe un problema aún mayor: si el jefe de campaña no encuentra la respuesta, y tampoco la encuentra quien lo sustituye, entonces debe encontrarla el presidente. Lamentablemente, tampoco la encontró el primer ministro». Y resumió: no supieron ganar sin crecimiento, sin señales de progreso en la vida cotidiana y con condiciones de vida cada vez más difíciles para grupos sociales importantes.

El fallo, según su diagnóstico, se produjo en cuatro planos. En el estratégico, Fidesz sostuvo que se vivía en una época de peligros y que la seguridad estaba por encima de todo, y la mayoría no lo aceptó. En el táctico, dijo que el cambio era peligroso mientras el adversario «hizo creer a la gente que el cambio era bueno y representaba una oportunidad». En el comunicativo, envió al primer ministro a una larga gira por el país en lugar de a la campaña breve habitual, sin resultado. En el tecnológico, creó círculos cívicos digitales cuya eficacia «quedó muy por debajo de las capacidades digitales del adversario». La conclusión operativa fue una sola: hará falta un nuevo equipo de campaña, y no hay que esperar al final para buscarlo.

Dicho esto, pidió cerrar el debate. «Ya se ha dicho todo lo que podía decirse. Entonces, ¿por qué demonios seguimos hablando tanto de ella, en vez de hablar del adversario?». Admitió que una derrota nunca se cierra en el plano emocional, pero advirtió de que hablar de ella fuera del propio círculo regala espacio al rival. «No existe analgésico para una derrota. Solo existe una medicina: la victoria».

La generación del teléfono

Orbán dedicó un pasaje a un fenómeno que dijo haber estudiado durante el verano en la literatura anglosajona: la entrada en el censo de una generación «que no tuvo una infancia basada en el juego, sino en el teléfono», que abandonó desde muy pequeña las pequeñas comunidades y el contacto personal y que pasa siete horas diarias ante la pantalla. «Estos jóvenes no solo piensan otra cosa; su cerebro está cableado de otro modo». En política quieren cambios sistémicos hacia un mundo «más justo y más protector», y protector, precisó, significa para ellos «vivir mejor con menos trabajo». Reconoció que ninguno de los mensajes de Fidesz les llegó y que en las próximas elecciones ese tipo de votante será más numeroso. Encargó el asunto a quien quiera asumir un desafío intelectual de esa naturaleza.

Cinco líneas de defensa destruidas

La parte central fue una evaluación del «sistema de poder de la derecha», que Orbán describió como un Estado soberano rodeado de líneas defensivas. La primera, el sistema institucional constitucional, «ha sido destruido». El presidente de la República, Tamás Sulyok, cuyo mandato extinguió la mayoría de Tisza por vía constitucional, «huyó», dijo. Una parte de los jueces constitucionales «se pasó deshonrosamente al otro lado» como resultado de lo que llamó el pacto Melléthei-Szabó, en referencia a la acusación lanzada por Fidesz en junio contra el juez Marcel Szabó y el diputado de Tisza Márton Melléthei-Barna, cuñado de Magyar, por un supuesto acuerdo para que los magistrados que bloquearan el recurso de Sulyok conservaran el puesto; otra parte, «la más honorable», fue apartada.

Aquí Orbán anticipó cómo actuará si vuelve al poder: «Frente a todas las disquisiciones constitucionales, entre nosotros basta dejar constancia de que los echaremos del mismo modo que ellos echaron a sus predecesores». No será difícil, sostuvo, porque el adversario amplió el margen de actuación al romper los límites del Estado de derecho. «Solo hacen falta mayoría de votos, corazón fuerte y determinación».

La segunda línea, fundaciones, institutos y universidades, «la liquidaron». Orbán recordó que Fidesz no privatizó esas instituciones, sino que las convirtió en fundaciones de interés público, y que precisamente por eso una mayoría de dos tercios ha podido revertirlas: centenares de empleos perdidos y «una retaguardia intelectual» desaparecida. La tercera, la prensa de derechas, sufre una transformación tecnológica que reorganiza todo el mundo mediático. La cuarta, la protección personal de los políticos, «ha desaparecido»: la inmunidad depende de una mayoría de dos tercios «y esa mayoría ahora está al otro lado». «En primer lugar me persiguen a mí», dijo, «pero aquí hay algunos más que participan en esta cacería».

Fue en ese punto donde citó una conversación con Donald Trump a propósito de la derrota: «Querido amigo, intentaron matarme cinco veces y me arruinaron económicamente otras cinco, hasta dejarme sin un solo dólar. Part of the job». Orbán lo hizo suyo para sus políticos: «Amigos, part of the job. Vamos adonde debamos ir».

La quinta línea es la base material: «Todos los grupos empresariales de compromiso cristiano y nacional están siendo atacados». Frente a eso, el inventario de lo que queda: dos partidos de la derecha, Fidesz y Mi Hazánk, cada uno con grupo parlamentario, fundación, presupuesto «no pequeño» y bases de datos; los eurodiputados y sus redes; los gobiernos locales; los talleres de prensa supervivientes; y «los combatientes».

Siete pasos, en orden estricto

El regreso desde la oposición, dijo, se hace en siete pasos, «ya lo hicimos antes». El primero, retirar los escombros, prácticamente terminado. El segundo, el inventario, también casi terminado. El tercero, decisiones estabilizadoras en las organizaciones, que la presidencia adoptaría la semana siguiente; de Mi Hazánk no habló, «que es otra casa». El cuarto, estabilizar la posición entre los votantes de derechas. El quinto, recuperar la iniciativa política. El sexto, obtener una mayoría social en la opinión pública, «que el número de descontentos supere al de satisfechos», de la que reconoció estar muy lejos. El séptimo y último, transformar esa mayoría social en mayoría de votos.

«Alterar el orden tiene consecuencias graves». Todas las especulaciones sobre cuántos partidos o plataformas habrá, cómo presentarse o quién será candidato «ponen el proceso patas arriba, porque eso viene al final». Solo podrá hablarse de ello, dijo, cuando exista una ley electoral y se sepa cuántos partidos siguen en pie, cuántos huyeron de la lucha y cuántos permanecieron.

La velocidad depende de dos cosas: del trabajo propio y del ritmo del eventual derrumbe del Gobierno, que puede ser rápido, lento, moderado o caótico. Orbán buscó analogías y encontró la más cercana en la Eslovaquia de Igor Matovič: «Mes tras mes, el discurso y la comunicación parecen escritos por las mismas personas que aquí». Mencionó también, como algo distinta, la experiencia polaca. Y dejó una salvedad que los extractos publicados hasta ahora no recogían: si el Gobierno funciona bien, cumple sus promesas y satisface a la gente, «deberá permanecer», porque el pueblo que lo eligió no tendrá motivos para sustituirlo. Si se produce el derrumbe, en cambio, ya sabe en qué orden llegarán los problemas: quiebras de gobiernos locales, del sector agrario y de las pymes, problemas de los pensionistas y, al final, una economía bloqueada también en sus indicadores macroeconómicos. «No deseamos ni provocamos ese escenario; ni siquiera podríamos provocarlo aunque quisiéramos». La incompetencia del Gobierno, «evidente tras cinco meses al menos en este círculo», solo puede ocultarse temporalmente.

«Ellos tienen más miedo»

Orbán reconoció que los suyos temen soluciones fuera del Estado de derecho, y citó la creación de lo que llama ÁVH, el nombre de la policía política de la Hungría estalinista, con el que Fidesz designa a la Oficina Nacional de Recuperación y Protección de Activos que el Gobierno de Magyar puso en marcha en septiembre. «Pero quiero decirles algo: ellos tienen más miedo. Cada mañana temen que la representación teatral del día fracase, que no se hable de su tema sino de la realidad y que sus mentiras vayan saliendo a la luz». Lo ilustró con el cuento del mozo de cuadras al que el emir concede seis meses para enseñar a hablar a su caballo: «Puede morir el emir, puedo morir yo o puede aprender a hablar el caballo». Ellos, dijo, leen ese cuento todos los días.

Enumeró cuatro mentiras. La campaña sobre la contaminación en Göd, desmentida al día siguiente por una organización ecologista. La acusación de pedofilia, «se supo que ellos pagaron las acusaciones y los testimonios falsos». La tercera, que empieza a verse ahora: las promesas no pueden cumplirse. Y la cuarta, por venir: «Gritaron corrupción por todas partes, pero no la hay. Ganaremos los procesos uno tras otro. Yo dirigí ese Gobierno; en él no hubo casos de corrupción».

«No seremos una colonia»

La misión de la derecha, dijo, es la que proclamaba la pancarta de la primera Marcha de la Paz, en 2012: «No seremos una colonia». La de Tisza es la contraria: «Volver a convertir Hungría en colonia. Eso acordó con las potencias extranjeras. El poder colonial se llama Bruselas y sus instrumentos son los servicios secretos, la red Soros, las multinacionales y el chantaje». Orbán se declaró convencido de que el Gobierno prometió a Bruselas «limpiar el terreno de fuerzas nacionales soberanistas», y que por eso Bruselas calla ante «actuaciones evidentemente ilegales» como la exclusión del presidente de la República y de diputados de la competencia política. Al principio Hungría solo molestaba con el impuesto a la banca; después rechazó la migración; más tarde pudo quedar fuera «de una guerra a la que Europa quiere entrar». «Eso no podía repetirse, y Tisza cumple el encargo».

La segunda parte del acuerdo, según Orbán, es entregar la economía. Energía, banca y telecomunicaciones, sectores que Fidesz «volvió a poner en manos húngaras» comprando y participando durante dieciséis años «de manera civil», volverán a extranjeros. Dio cifras: 230.000 millones de forintos a E.ON y nada a Tigáz; 100.000 millones devueltos a empresas gravadas por Fidesz con la cuota de dióxido de carbono. «No han pasado ni cinco meses y el dinero ya sale». Recordó que en 2010 el 80 por ciento de la energía, la banca y los medios estaba en manos extranjeras, sobre todo alemanas. «Si me apeteciera bromear, diría que en Bruselas les prometieron dinero para que fueran la colonia más alegre. Pero Bruselas tampoco tiene suficiente dinero: habrá colonia, pero no alegría».

De ahí dedujo dos visiones del mundo. La izquierda acepta la colonia, quiere «eliminar a los rivales y suprimir la competencia política», y es «radical, violenta y neocomunista»; la derecha quiere soberanía y competencia y es «pacífica, serena y cívica». La izquierda renuncia a la neutralidad; la derecha sacó a Hungría de «la guerra subsidiaria entre la Unión Europea y Rusia». Hoy Hungría no tiene política exterior, «y una señora llamada Anita Orbán es ministra de Exteriores porque las colonias no tienen política exterior». El nuevo Gobierno, dijo, abandonó de inmediato la red de protección estadounidense frente a Bruselas, el acuerdo energético con Rusia, el acuerdo con China para traer la electromovilidad y el acuerdo con el mundo túrquico, que abría mercados, petróleo y gas a cambio de reducir la dependencia del 85 por ciento del comercio con la Unión; Hungría ni siquiera envió representante a la última reunión del Consejo Túrquico. Frente a la izquierda, que acepta la lógica de bloques, la derecha construye «una red de relaciones y acuerdos particulares». Y frente a la reconversión europea hacia la industria de guerra, Fidesz insiste en la economía de paz, porque Hungría es proveedora del automóvil alemán, no de su industria armamentística ni de su inteligencia artificial.

No tomarse en serio al primer ministro

La izquierda, dijo, entiende la política como «una estrategia comunicativa de supervivencia»; la derecha, como «el arte de la realidad». Recuperó una frase de Zoltán Pokorni de mediados de los 2000, tomada de una canción de Tamás Cseh: nuestro mejor amigo es la realidad. De ahí una consigna precisa: «Nuestra tarea es convertir la economía en el asunto principal del debate público húngaro. Todo debate económico nos favorece; todo lo que no trate de economía nos perjudica».

Y una corrección de hábitos. La tradición húngara, también entre los periodistas de derechas, sostiene que el primer ministro es por definición una persona seria y que hay que ocuparse de lo que dice. «¡Qué tontería! Esa tradición terminó». Hoy el Gobierno afirma algo un día y lo contrario al siguiente. «No debe tomarse en serio al primer ministro porque habla de manera incoherente. Cada día ofrece una representación teatral y merece exactamente esa atención». Pidió a comunicadores, asesores, expertos y periodistas de su campo que se adapten: lo que importa es que el gasóleo cuesta 700 forintos, que el campo está arruinado sin ayuda y que el forinto fuerte deja sin apoyo a las pymes exportadoras, no la supresión de las asambleas de los condados, un anuncio «sin sentido» que solo busca ocupar la conversación. «Los ayudamos cuando no somos suficientemente inteligentes y astutos».

Los retratos de los dos responsables económicos fueron los pasajes más personales. Del ministro de Economía, István Kapitány, dijo que es «un comerciante de energía, un trader», que nunca se ocupó de macroeconomía; amable, «cinco veces más simpático» que Márton Nagy, su antecesor en tiempos de Fidesz, pero sin idea de lo que es la macroeconomía, y por eso callado mientras cae el turismo, la agricultura sufre y amenaza una crisis energética. Del ministro de Finanzas, András Kármán, que fue secretario de Estado suyo durante año y medio, que es un intelectual con quien se conversa muy bien y un dirigente débil: «Todos pasan por encima de él. El ministro de Finanzas debe enfrentarse con todos, porque todos quieren dinero, todos quieren más y todos lo quieren de la parte de otro». En resumen, «un Gobierno incompetente, malas decisiones y dirigentes débiles» en medio de una crisis del petróleo, una Alemania debilitada y una Unión Europea en mal estado.

El fin de los cien días

La respuesta inicial de Fidesz, explicó, fue entregar ordenadamente el Gobierno, conceder cien días, ser pacientes «quizá demasiado» y tragar los insultos. «Han transcurrido cinco meses. Esa etapa ha terminado y no puede continuar. Ha llegado la hora de la resistencia nacional. Se acabaron la paciencia, la indulgencia y los gestos unilaterales. Hay que recoger el guante y luchar».

Precisó contra qué. No contra la mayoría gubernamental: «Quien la trajo también se la llevará. El pueblo la trajo y el pueblo se la llevará. No nos corresponde extirparla mediante algún truco astuto». La lucha es contra «toda manifestación arbitraria del poder»: hablar de frente, proteger a los atacados, dar publicidad a cada caso y prestar asistencia jurídica. Consideró inadmisible que alguien sea tratado como delincuente común por un error político o que se lleven esposadas a mujeres por aparecer en un documental, y advirtió de que quienes participen «recibirán lo que legalmente corresponda: no sólo quien dé la orden, sino también quien la ejecute».

La advertencia más concreta fue para la oficina de recuperación de activos. Los políticos que la crearon tienen responsabilidad política, dijo, pero «quien se incorpore y trabaje en una ÁVH ilegítima e ilegal y adopte decisiones tendrá responsabilidad penal y económica. Todo el que entre allí y tome decisiones deberá rendir cuentas. Por eso seguiremos diariamente la actividad de esa ÁVH». Es el mismo aviso que repitió al día siguiente en televisión, donde añadió que se publicarán los nombres de sus empleados.

Mosaico, no fragmentos

El último bloque se dirigió a la propia derecha y a la discusión sobre la «oposición mosaico», un término de moda tras la derrota. Orbán lo desmontó: una tesela aislada no significa nada; todo mosaico es una imagen cuyas piezas encajan «de manera ordenada y disciplinada». «Un mosaico no significa fragmentación, diferencia o separación, sino precisamente disciplina, coordinación y cooperación». La derecha, dijo, siempre fue una comunidad mosaico que solo coincidía en tres cosas: que la patria debe ser soberana, que sin libertad no hay vida y que la herencia y la tradición son un valor que transmitir. En todo lo demás siempre hubo discrepancias, y siempre hubo un presidente encargado de encajar las piezas «para producir equilibrio, una imagen, capacidad de acción y victoria». «Ese era mi trabajo. La última vez no salió bien; ocurre. Pero la tarea sigue siendo la misma».

Se permitió una nota confesional. Sabe, dijo, que para sus hermanos católicos quizá no sea tan evidente como para él, pero la doctrina reformada enseña «unidad en lo esencial, libertad en lo demás y amor en todo». Sobre esa base dirigió la derecha, y cree que también es aceptable para los católicos.

Tras cinco meses en los que todos han tenido oportunidad de demostrar su capacidad, concluyó, Fidesz «es hoy la fuerza dirigente de la resistencia nacional y, según veo, seguirá siéndolo», porque es el único lugar con conocimientos, organización, recursos, dirección y representación parlamentaria suficientes. Pero dirigir no es excluir: «Si alguien lo interpreta así, hay que detenerlo de inmediato». Fidesz debe apoyar a todo el que, sobre una base nacional, «incluidos sectores de la izquierda», luche contra la arbitrariedad. «En cambio, está prohibido apoyar a quien luche contra otro grupo de derechas; no debe recibir ni un céntimo ni recurso alguno, porque causa daño».

Las tareas del otoño quedaron resumidas en una frase: causas comunes, lenguaje común, lealtad recíproca y un campo nacional unido; someter las promesas a la prueba de la realidad, desenmascarar las mentiras y mostrar «la verdadera naturaleza del nuevo sistema comunista». También trabajar en el espacio digital, aunque la campaña enseñó que no sustituye a las comunidades: lo que solo existe allí «carece de resistencia social». Anunció «nuevos actores, un nuevo escenario y publicidad»: tres, cuatro o quizá cinco diputados serán sustituidos durante el otoño conforme a un plan en marcha.

El cierre fue un pronóstico y una metáfora. Según la información que Fidesz recibe de los actores económicos, «si no sucede algo extraordinario, la economía chocará contra el muro», y la desintegración del Gobierno «será más rápida de lo que pensamos». La tarea de la derecha es estar preparada cuando el pueblo venga a llevárselo. Y admitió que la relación entre buena parte del pueblo y la derecha «no es una historia de amor»: una parte de la sociedad húngara solo acude a la derecha «cuando la gente normal va al médico o al sacerdote», como en 1998, tras el paquete de ajuste de Bokros, o en 2010, tras el desastre socialista. «Nuestra tarea será tener consulta en ese momento: la puerta abierta, los instrumentos preparados y, cuando llegue el querido paciente, preguntarle dónde le duele». Y si vienen al sacerdote, tampoco hay que asustarse: «Para eso estamos con KDNP; ellos sabrán recibirlos».

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