«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Aaseguran haber logrado transformar torio en uranio dentro de un reactor

China consigue una fuente de energía que podría multiplicar hasta por 400 el combustible nuclear disponible mientras España cierra sus centrales

Reactor de torio en China. Redes sociales

China da un paso decisivo en su carrera para conseguir energía virtualmente infinita, limpia y segura. Científicos del Instituto de Física Aplicada de Shanghái (SINAP) aseguran haber logrado lo que durante décadas parecía un sueño de laboratorio: transformar torio en uranio dentro de un reactor de sales fundidas, una proeza que convierte un elemento inerte en combustible nuclear. El reactor experimental TMSR-LF1, instalado en la ciudad de Wuwei, en pleno desierto del Gobi, ha superado con éxito las pruebas iniciales, demostrando que el sistema funciona y puede abrir una nueva era en la producción energética global.

Este avance no surge de la nada. La tecnología del reactor de sales fundidas no es una invención reciente, sino una idea abandonada por Estados Unidos en los años 70. Durante la Guerra Fría, Washington prefirió desarrollar reactores que generaran plutonio, material esencial para la fabricación de armas atómicas. El torio, en cambio, no sirve para ese propósito militar. China ha rescatado ese concepto medio siglo después, movida por su enorme demanda energética y la necesidad de reducir su dependencia del carbón.

El principio es tan fascinante como complejo. El torio-232, un metal plateado abundante en la corteza terrestre, no puede mantener una reacción nuclear por sí mismo, pero sí puede convertirse en uranio-233 mediante bombardeo de neutrones. Ese proceso, conocido como transmutación, lo transforma en un combustible fisible capaz de sostener una reacción en cadena y generar calor. En la práctica, China ha conseguido convertir un material abundante y barato en una fuente de energía casi inagotable: uno sólo de sus yacimientos podría alimentar el país durante un milenio.

El diseño del reactor chino es radicalmente distinto al de las centrales nucleares convencionales. En lugar de usar barras sólidas de uranio, el torio se disuelve en sales líquidas de fluoruro. Este líquido actúa a la vez como combustible y refrigerante, circulando por el núcleo donde ocurre la fisión. El calor se transfiere a otro circuito de sales sin material radiactivo, que a su vez calienta agua y genera vapor para mover turbinas. Este método permite aprovechar más del 99% del potencial energético del combustible, frente a apenas el 5% de los reactores tradicionales.

Pero lo más revolucionario es su seguridad. Mientras las centrales de agua presurizada trabajan a altísimas presiones —hasta 150 veces la atmosférica— y pueden sufrir explosiones por sobrecalentamiento, los reactores de sal fundida operan a presión normal. Además, disponen de un sistema de seguridad pasivo: un «tapón de congelación» de sal sólida que se mantiene frío mediante ventilación. Si el reactor se calienta demasiado o se corta la electricidad, el ventilador se apaga, el tapón se derrite y el combustible se drena automáticamente a depósitos subterráneos donde se enfría y solidifica sin riesgo de reacción en cadena.

Otra ventaja es la gestión de los residuos. Los reactores de torio producen hasta mil veces menos desechos radiactivos de larga duración que los de uranio, y la mayoría de sus subproductos se desintegran en unos pocos siglos en lugar de decenas de miles de años. Además, podrían usarse en el futuro para «quemar» residuos existentes de plantas nucleares antiguas, reduciendo uno de los mayores problemas ambientales del siglo XX.

El éxito del TMSR-LF1 es fruto de una apuesta política y tecnológica de largo recorrido. Desde 2011, Pekín ha invertido miles de millones en reactivar la investigación nuclear civil. Su pequeño reactor experimental, de apenas 2 megavatios, ha servido como prueba de concepto para un proyecto más ambicioso: un reactor de demostración de 373 megavatios previsto para 2030, que marcaría el inicio de una nueva generación de plantas comerciales.

Mientras tanto, España sigue el camino opuesto. El Gobierno de Pedro Sánchez mantiene su plan de cierre progresivo de las centrales nucleares nacionales, pese a que estas producen energía estable, libre de emisiones y fundamental para la seguridad del suministro. En un momento en que China se prepara para liderar una revolución energética global, el Ejecutivo español opta por desmantelar su capacidad nuclear y depender cada vez más de fuentes intermitentes y de la importación energética.

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