«Élite excedente»
De la deconstrucción al fraude: cómo el posmodernismo prostituyó las humanidades (Parte 1): la sobreproducción de élites y su natural descarte
De la deconstrucción al fraude: cómo el posmodernismo prostituyó las humanidades (Parte 1): la sobreproducción de élites y su natural descarte
Jason Arday.
Por Karina Mariani
23 de agosto de 2026

Luego del escándalo que suscitaron sus múltiples mentiras y estafas, viralizadas en medios y redes sociales, el pasado 12 de agosto, Jason Arday renunció a su cátedra en Cambridge mediante una carta que, aparentemente, ni siquiera escribió él. Días después se suicidó. Para quien vive de vender mentiras, el peligro de creerlas es tan peligroso como el de quedar expuesto y atormentado cuando estas se descubren. Como decíamos en el artículo: El ridículo caso Jason Arday expone hasta dónde llega el fraude de las políticas DEI: “La historia está plagada de estos mentirosos patológicos que, aunque sea por un momento, se salen con la suya. Además del Pequeño Nicolás, están Anna Delvey, que convenció a la élite neoyorquina de que era una heredera multimillonaria; George Santos, elegido congresista en Estados Unidos tras construir un currículum ficticio; Belle Gibson, que levantó un imperio editorial asegurando falsamente haber vencido un cáncer terminal. Todos explotaron la misma debilidad: las élites que con facilidad creen las historias que desean creer (…) Los casos comparten un rasgo con Jason Arday: el prestigio de la narrativa pesa más que el rigor. Una época obsesionada con los símbolos woke y las historias inspiradoras es un campo fértil para estas estafas”

Luego de su trágico desenlace, la izquierda trató de santificar a su estafador DEI, y gran parte de la prensa (y no sólo la prensa de izquierda) se sumó a esta ridícula apuesta canonizadora. Siguen en eso todavía. Pero más allá de la historia personal, lo que quedó expuesto fue uno de los fraudes académicos más completos que se recuerden: una biografía de superación y una carrera académica inverosímiles sostenidas frente a algunas de las personas que se presentan como las más inteligentes del planeta. La pregunta obvia, ¿cómo pudo pasar todo esto?, tiene una respuesta angustiante: no pasó a pesar del sistema que gobierna hoy las humanidades y las ciencias sociales occidentales. Pasó gracias a él. Arday es la demostración empírica de un diagnóstico que un grupo de académicos viene exponiendo desde hace semanas con una precisión que (por la simultaneidad) resultó profética.

En junio de 2026, los rectores de Vanderbilt University y Washington University en St. Louis encargaron y publicaron el informe sobre el estado de la investigación en humanidades y ciencias sociales humanísticas, redactado por un comité de diez académicos, encabezado por el filósofo Paul Boghossian, con Kwame Anthony Appiah, Sean Wilentz y la socióloga Ashley Rubin entre sus firmantes, cuya conclusión central es que la ideología política terminó comprometiendo el rigor académico en campos como la antropología, la filosofía y la historia.

El método del informe es tan elocuente como sus conclusiones. El comité aclara desde el inicio que su foco no es la caída de la matrícula ni el contenido de los programas de estudio (eso lo dan por sabido y documentado y es otro tema para analizar) sino específicamente la calidad de la investigación que se publica en revistas y editoriales académicas. Y aun con ese criterio deliberadamente estrecho, encuentra señales de las mismas patologías en cada una de las disciplinas que estudió.

El estudio no trata a todas las disciplinas por igual, y esa gradación es en sí misma un dato útil. En filosofía, dice, el problema queda mayormente confinado a un subcampo concentrado en un puñado de temas calientes. En historia, hay corrientes politizadas que conviven con corrientes donde todavía se tolera un rango amplio de posiciones y se aplican estándares propiamente académicos. En el extremo más grave, la antropología, el comité describe un deterioro generalizado de los estándares de evaluación, apoyado en un rechazo sistemático de la idea misma de objetividad, junto con un clima en el que la disidencia razonable sobre temas politizados se castiga de manera rutinaria. La sociología, disciplina de Arday, aparece en el informe como una de las más atravesadas por esta lógica: la propia Ashley Rubin, coautora del informe, es socióloga, y su testimonio describe desde adentro exactamente el tipo de ecosistema que hizo posible lo que pasó en Cambridge.

El informe también se toma el trabajo de aclarar lo que no está diciendo, y esa aclaración es importante para no caer en la caricatura fácil: no dice que el problema se restrinja a que los docentes sean mayoritariamente progresistas, ni hace recaer exclusivamente la cuestión en que los académicos tengan compromisos políticos, ni siquiera que la agenda de investigación se haya casi monopolizado por temas como el género o la raza. El problema, insiste una y otra vez, es que los criterios para decidir qué es buena investigación (y en consecuencia qué se publica, qué preguntas se consideran ya cerradas, qué posiciones cuestan la carrera) fueron sustituidos, en grados variables según la disciplina, por criterios de conformidad política.

Esta no es, subraya el propio comité, una polémica nueva. Lo que sí es nuevo es la magnitud y la sofisticación con la que se institucionalizó, y sobre todo la vía por la que llegó a ser posible: no una imposición externa, sino una tendencia que la propia academia adoptó como dogma (lo de dogma pertenece a esta servidora y no al informe, claro). Sumado a esto, hay una pieza más terrenal que el informe no desarrolla del todo pero explica de dónde viene la energía que alimenta la radicalización.

El informe no tardó en tener una respuesta desde dentro de la propia disciplina. El profesor Aaron Hanlon publicó en el Chronicle of Higher Education una columna que invertía el orden causal: para él, las humanidades no entraron en crisis por politizarse, sino que se politizaron porque ya venían arrastrando una crisis profunda de relevancia frente a un público que había dejado de interesarse en lo que ofrecían, y la política identitaria fue el intento (desesperado, dice) de recuperar ese lugar perdido.

Hanlon no niega el diagnóstico de fondo del informe sobre la falta de rigor; lo que discute es el origen. Y sin embargo, hay un punto en el que los dos textos terminan coincidiendo ya que Hanlon tampoco puede sostener que la apuesta haya funcionado y admite que la reorientación hacia la «justicia social» no trajo más puestos de trabajo. Pero incluso ahí, Hanlon deja afuera una de las causas de fondo por las que el mundo terminó percibiendo a las humanidades como un fracaso.

Vamos a eso.

Durante dos décadas, las universidades occidentales expandieron la matrícula de posgrado en disciplinas humanísticas a un ritmo mucho mayor que el crecimiento de los puestos capaces de absorber a esos graduados. El resultado es lo que el historiador Peter Turchin bautizó como «sobreproducción de élites»: una sociedad que fabrica más aspirantes credenciados de los que su estructura de puestos de estatus puede acomodar, generando frustración y resentimiento en una masa creciente de personas con títulos avanzados, expectativas de reconocimiento social y, cada vez con más frecuencia, ingresos por debajo de lo que esas expectativas suponían.

El dato concreto detrás de la teoría es clave: un análisis de Nate Silver sobre el electorado de los Democratic Socialists of America (los miembros del DSA, sí, los islamoizquierdistas que están colonizando el Partido Demócrata de EEUU y ganando elecciones amparados por Mamdani) encontró que su bloque más constante no son los pobres ni los trabajadores manuales, sino votantes con estudios de posgrado que o están desempleados o ganan muy poco dinero en su profesión; el perfil exacto de quien invirtió años en formarse para un mercado laboral que no demanda sus servicios. Es la definición casi de manual de lo que Turchin llama una «élite excedente»: gente con el diploma pero sin el puesto, con la formación pero sin el salario, con la autopercepción de mérito pero sin el reconocimiento material que ese mérito debería traer aparejado. Y como sugiere la propia literatura sobre el fenómeno, cuanto más alto es el nivel educativo del graduado frustrado, más intensa tiende a ser la forma que adopta su descontento: no tanto el disturbio callejero, sino la asimilación de una narrativa que le devuelva sentido a una vida que el mercado, con su pertinaz indiferencia por los sentimientos de los niños woke, se negó a validar.

Ese es, posiblemente, el disparador más potente que conecta la crisis de las humanidades con su radicalización ideológica. Un título en estudios culturales, en teoría crítica racial o en «autoetnografía de la opresión» —la especialidad exacta que Arday reclamaba tener— no tiene, evidentemente, una demanda de mercado que lo absorba fuera del propio circuito universitario que lo produjo. Eso no sería en sí mismo un drama si el sistema lo asumiera con honestidad y los diplomados en estos temas entendieran que deben ganar su sustento haciendo cualquier otra cosa. Pero no es el caso, ni en EEUU ni en ningún otro lugar del mundo. Este problema generó, en cambio, resentimiento: entre profesores y entre estudiantes.

Y ese resentimiento necesita un relato que lo explique. El relativismo posmoderno, que había llegado antes por otras vías filosóficas, resultó ser perfecto para esa necesidad: si toda pretensión de «valor objetivo», incluido el valor que le asigna el mercado a una carrera, es en realidad una construcción de poder al servicio de quien ya tiene poder, entonces el fracaso comercial de las humanidades deja de ser una señal sobre su utilidad real y pasa a ser, convenientemente, una prueba más de la injusticia estructural del sistema. Quien no consigue trabajo no fracasó: fue el sistema el que no supo valorarlo. Es un giro retórico que cualquiera puede reconocer, porque es exactamente el que empleó Hanlon cuando describió la «apuesta por la relevancia» como estrategia de supervivencia frente a un público que dejó de interesarse: lo que Hanlon lee como una respuesta a la irrelevancia cultural es, mirado con la lupa económica, también una respuesta a la irrelevancia comercial, y las dos leen mejor juntas que por separado.

Por cierto, el informe Vanderbilt documenta la ampliación del foco de las humanidades hacia temas antes marginados como algo defendible en sí mismo, y tiene razón en eso: no hay nada objetable en que la academia estudie lo que le parezca. El problema no es que la academia estudie temas propios de la teoría crítica posmoderna como la raza, el colonialismo o el género. El problema es que esos temas pasaron a ser casi la única línea viable en términos de carrera. Publicaciones, editoriales, congresos, subsidios…todo gira en torno a desigualdad, injusticia y grupos identitarios oprimidos, revisionismo y otras delicias de la academia woke, mientras que la investigación políticamente neutra en términos de jerarquías de opresiones (y aunque sea central para la disciplina desde el punto de vista histórico) tiene cada vez menos espacio disponible. En breve un investigador que no trabaja sobre esos ejes tendrá nulo espacio para desarrollarse.

Además de las certificaciones, las normas DEI, la sobreproducción de graduados sin mercado que los absorba y el relativismo que les dio la coartada perfecta para no admitirlo, el monopolio temático es otra de las aristas que determinó la prostitución de las humanidades. Paradójicamente, es la versión institucional, treinta años después, de lo que los padres fundadores del posmodernismo denunciaban: no sólo que el poder atraviesa el discurso, sino que un tipo particular de discurso relacionado con el poder determina una matriz de estudios. un tipo particular de discurso relacionado con el poder determina una matriz de estudios (algo que ni Foucault ni Derrida, con toda su perorata hacia las metanarrativas, llegaron a proponer con esta literalidad). Pero sobre eso, sobre la filosofía y los filósofos que dieron origen a la decadencia de las humanidades, hablaremos en la segunda parte.

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