Hace más de diez años, un joven conocido como el Pequeño Nicolás consiguió colarse en los círculos más exclusivos del poder español fingiendo ser un enlace del Gobierno, la Casa Real y los servicios secretos. Durante años fue recibido donde quería, hasta que se descubrió que todo era una extraordinaria impostura. Cada tanto, personajes mentirosos, absurdos, trepan a espacios de poder y prestigio exponiendo la porosa decadencia de dichos espacios. La siguiente es una de esas historias.
Jason Arday nació en 1985 en Clapham, al sur de Londres, hijo de padres ghaneses. Su vida, tal como la contó él mismo, describe una historia de superación que asombraría a un guionista de ciencia ficción. Según su relato, Arday fue diagnosticado con autismo, retraso global del desarrollo y dislexia, condición que le impidió hablar hasta los once años. Dadas estas circunstancias, tampoco aprendió a leer ni a escribir hasta los dieciocho. Sin embargo, milagrosamente entró a la universidad dos años después (es decir, en dos años y con su diagnóstico, adquirió todos los conocimientos juntos) y ahí mismo encadenó, en poco más de una década, una licenciatura, una maestría por la Universidad de St Mary’s, y un doctorado en educación por la Universidad John Moores de Liverpool.
¡Esta saga de proezas no se detiene acá!
En 2023, con 37 años, Cambridge lo nombró catedrático de Sociología de la Educación. Fue una noticia con fanfarria, porque la universidad rompía un récord, el de convertirlo en el profesor negro (aparentemente esto del color era muy importante en su performance académica) más joven de toda la historia de la institución. De más está decir que la universidad no lo trató como a un catedrático más, sino como un estandarte. La decana de la Facultad de Educación llegó a decir en una entrevista con la BBC que Cambridge había «escuchado las voces de nuestros académicos y estudiantes negros» y que él era, directamente, «el mejor del mundo» en su área.
A esa superlativa biografía, Arday sumó un anecdotario todavía más extraordinario: dijo haber corrido 30 maratones en 35 días, y no contento con ello, lo aderezó con el dato estremecedor de que nueve de las carreras las había corrido con una pierna fisurada. También aseguró haber recaudado más de cinco millones de libras para obras benéficas, haber sido profesor visitante en universidades de Sudáfrica, Ohio y Escocia, haber escrito un libro publicado por una editorial académica de prestigio, y haber sido víctima de dos intrusiones violentas en su despacho, uno de estos ataques con un arma blanca y, además, sostuvo que le dejaron, como amenaza racial, una cabeza de cerdo cortada en la puerta de su casa familiar.
De más está decir que los medios lo adoraron y que la progresía se derritió con esta excéntrica vida que no cuestionaron. Era, en definitiva, el relato perfecto para un mundo obsesionado con el victimismo y, francamente, Arday era como una matrioska de opresiones, todo en una sola persona.
El problema es que, para sorpresa de nadie, todo era una fantasía.
Ya en 2023, cuando Arday asumió la cátedra, circulaban (acalladas) dudas sobre su tesis doctoral. En 2025, la publicación especializada Times Higher Education tenía lista una investigación que documentaba exhaustivamente las coincidencias textuales entre esa tesis y la de otra investigadora, Paula Zwozdiak-Myers, de la Universidad de Brunel, publicada seis años antes. Arday y un costoso equipo de abogados se comunicaron con la editorial y lograron que se archivara la investigación, hasta que se filtró la acusación a través de blogs y otros medios alternativos.
Fue recién ahí, cuando el diario The Telegraph encargó un análisis estadístico independiente sobre el texto completo de la tesis y confirmó las acusaciones. Fue esa investigación periodística la que convirtió una sospecha de nicho académico en un escándalo nacional. De ahí en más, el efecto dominó fue inmisericorde: se conoció que su supuesto libro nunca fue publicado, que las universidades donde dijo haber dado clases nunca lo habían visto y que la recaudación benéfica era un bluff. El resto de la biografía no corrió mejor suerte: La Policía Metropolitana afirmó no tener registro alguno de haber investigado ni el episodio del hombre armado con un cuchillo ni el de la cabeza de cerdo.
La reacción inicial de Cambridge fue tan lamentable como su política de contratación: calificó las preguntas periodísticas de «vil campaña» contra Arday. La misma Policía Metropolitana dedicó cuatro meses a investigar a un periodista de Times Higher Education por el simple hecho de haberle enviado a Arday un correo con preguntas, y terminó advirtiéndole que dejara de escribirle «por el bien de su salud mental». Un profesor emérito que también lo investigó fue denunciado por acoso. Más de 10.000 firmas juntó una petición impulsada por el Good Law Project en apoyo a Arday, entre ellas la del islamoizquierdista líder del Partido Verde, Zack Polanski, junto con varios diputados laboristas y algunos académicos de Cambridge y otras universidades. Kehinde Andrews, profesor de estudios afroamericanos en la Universidad de Birmingham City, afirmó que Arday fue víctima de una campaña racista.
Finalmente, el pasado miércoles, luego de que Cambridge anunciara, por fin, una investigación formal sobre las credenciales de Arday; el inefable catedrático renunció a su cátedra y a su beca en el Jesus College. Para que la comedia de absurdos no perdiera intensidad, su renuncia se hizo mediante una carta que, analizada por un detector de inteligencia artificial, marcó que el cien por ciento del texto fue generado por una máquina.
Más allá de la absurda historia de Jason Arday, el verdadero escándalo reside en la imparable degradación de los estándares académicos de las instituciones de élite. La universidad que se jacta de estar entre las cinco mejores del planeta, carece de los resortes y controles más elementales sobre su plantel docente. Las políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), ese marco ideológico de gestión corporativa que prioriza el identitarismo, utilizando cuotas de “opresores contra oprimidos” para redistribuir privilegios bajo la coartada de la “justicia social”, en definitiva, anularon los anticuerpos que la Academia tenía para impedir su degradación.
No hace falta apelar a un fraude deliberado, a una conspiración, para explicar lo que pasó. Basta con entender el reflejo automático instalado en quienes gobiernan las universidades occidentales. Ese reflejo es lo que convirtió señales de alarma evidentes, como tesis con errores ortográficos y gramaticales, o el récord de 30 maratones corridas en un mes con huesos rotos, en algo invisible para quienes debían leerlas.
Cambridge no es una universidad barata: un estudiante paga decenas de miles de libras por año, sin contar alojamiento ni manutención. Esto significa que durante años, personas que pagaban sumas de cinco cifras por trimestre, tuvieron como profesor a un auténtico fantasma académico que había aprendido a leer pocos años antes. Una auténtica estafa piramidal de prestigio formativo de la cual Arday es sólo el caso que se destapó.
La historia está plagada de estos mentirosos patológicos que, aunque sea por un momento, se salen con la suya. Además del Pequeño Nicolás, están Anna Delvey, que convenció a la élite neoyorquina de que era una heredera multimillonaria; George Santos, elegido congresista en Estados Unidos tras construir un currículum ficticio; Belle Gibson, que levantó un imperio editorial asegurando falsamente haber vencido un cáncer terminal; o Stephen Glass, el periodista estrella que fabricó decenas de reportajes inventados antes de que alguien decidiera comprobarlos. Todos explotaron la misma debilidad: las élites que con facilidad creen las historias que desean creer.
La academia es prolífica en ese fenómeno. Rachel Dolezal llegó a convertirse en un referente nacional del activismo antirracista fingiendo ser afroamericana; Claudine Gay alcanzó la presidencia de Harvard gracias al plagio; Elizabeth Holmes fue presentada durante años como la nueva Steve Jobs de la biotecnología mientras gobiernos, inversores y universidades respaldaban una tecnología inexistente. Los casos comparten un rasgo con Jason Arday: el prestigio de la narrativa pesa más que el rigor. Una época obsesionada con los símbolos woke y las historias inspiradoras es un campo fértil para estas estafas.
Durante años, las políticas DEI alteraron los incentivos dentro del mundo académico. El mérito dejó de ser un valor y cuestionar determinadas credenciales empezó a interpretarse como una agresión antes que como una obligación profesional. Ahora todos se burlan de las mentiras de Arday, pero las señales estuvieron ahí por años y sin embargo, universidades, académicos, periodistas, políticos e incluso la policía reaccionaron con más energía contra quienes hacían preguntas que contra las irregularidades denunciadas. Ese reflejo institucional es lo preocupante. ¿Cuántos casos parecidos siguen ocultos? Por eso, si este escándalo no se convierte en el certificado de defunción de las políticas DEI en las universidades, difícilmente lo haga otro.