Es un error tratar su caso como una «rareza»
El disfraz del oprimido: Hannah Gann, la oikofobia y la epidemia de los farsantes
El disfraz del oprimido: Hannah Gann, la oikofobia y la epidemia de los farsantes
Hannah Gann. Redes sociales
Por Karina Mariani
27 de septiembre de 2026

En un mundo moldeado por el identitarismo y el victimismo como únicos incentivos y modelo de éxito, el camino hacia el fraude, la simulación y la sobreactuación está pavimentado. Cuando la identidad de víctima se vuelve moneda de prestigio, la moralina performática es el ticket de entrada a un grupo social y una jerarquía de opresiones decide quién habla, a quién se escucha y a quién se le perdona todo, el mercado produce falsificadores. Es la consecuencia obvia.

Que farsantes de tan baja estofa, tan ridículos patanes tengan éxito habla de ellos, claro sí, cómo no. Pero lo más grave es lo que dice de este loquero a cielo abierto que es su entorno, los auditorios que los aplauden y las instituciones que, por las más insólitas razones, dejan de hacerles preguntas.

Lo vimos hace pocas semanas con Jason Arday, la malograda estrella de Cambridge cuya biografía de superación era una comedia de enredos. Y lo volvemos a ver ahora, con un giro que ni el guionista más cínico se hubiera animado a proponer.

Se hizo tristemente famosa en estos días Hannah Gann, una profesora de la Workshop School, una secundaria pública de Filadelfia que durante años fue una de las caras más visibles del activismo antiisraelí y propalestino de la ciudad. Invariablemente con su kufiya al cuello, contaba a quien quisiera escucharla que era a la vez palestina, tunecina y negra, que su abuelo había nacido en Palestina y que sistemáticamente debía enviarle dinero a su familia desplazada. Amigos y compañeros le aportaban dinero en solidaridad. Fundó una organización de profunda raigambre judeófoba como Philly Educators for Palestine. Hablaba, como no podía ser de otra manera, de «genocidio» en actos y audiencias públicas, con un acento afroamericano que, aparentemente, adoptó al volver del Cuerpo de Paz en Ruanda. Lo más destacado es que adoptó también el maquillaje y el autobronceante que la convertían en afrodescendiente instantánea.

Esta especie de camaleón woke, en plena ola de antisemitismo, llegó a demandar ante la Junta de Educación de Filadelfia que la islamofobia y el racismo contra negros y palestinos se destacaran frente a las denuncias de antisemitismo. La cuestión es que acaba de confesar la estafa. Hannah Gann es blanca y viene de una familia judía de bastante buen pasar. El abuelo había nacido, en realidad, en Baltimore.

El filósofo británico Roger Scruton le dio un nombre a la disposición que vuelve posibles estas historias. En “England and the Need for Nations” (2004) retomó una palabra griega, oikofobia, de oikos (hogar) y phobos (aversión), para describir la inclinación a tomar partido por «los extraños» contra «los propios» y a denigrar las costumbres e instituciones reconocibles como propias. La definió como el reverso exacto de la xenofobia: si esta rechaza lo ajeno por ajeno, la oikofobia rechaza lo propio por propio.

La observación más filosa de Scruton fue social. La oikofobia no nace de la compasión por los débiles, sino de una forma de distinción: repudiar la propia herencia es la contraseña para ingresar a ámbitos o grupos de élite que se definen en oposición al ciudadano común que, mayormente, tiene gran afecto por su país, sus costumbres, religión o familia. Scruton hablaba de una etapa de rebeldía adolescente que algunos privilegiados nunca abandonan. El oikófobo, además, obtiene algo a cambio: una superioridad moral barata, la sensación de estar por encima de quienes todavía aman lo que heredaron.

El concepto tiene un antecedente ilustre. En “Notas sobre el nacionalismo” (1945), George Orwell describió el «nacionalismo transferido»: el intelectual que, desencantado de su patria, deposita toda su pasión identitaria en una causa ajena. Orwell pensaba en los comunistas ingleses que idolatraban a Stalin. Ochenta años después, la kufiya cumple en ciertos ambientes la función que antes cumplía la hoz y el martillo. En una entrevista, el filósofo sueco-estadounidense Benedict Beckeld, autor de “Western Self-Contempt” (2022), sostuvo que el wokismo es la última iteración de la oikofobia, su forma más moderna y más extrema.

Según Beckeld, la oikofobia aparece cuando una civilización alcanza ciertos hitos como la seguridad frente a enemigos externos, cierto bienestar y bonanza y un grado de igualitarismo que permite la crítica abierta. Cuando ya no hay un enemigo a las puertas, la sociedad deja de mirar hacia afuera y empieza a mirarse el ombligo, y el aprendizaje se transforma en autoataque. Lo rastrea hasta la Grecia antigua. La constante es la idealización del otro, que sirve menos para entender al extraño que para condenarse a uno mismo. Y Beckeld aporta una clave más, preciosa para el caso Gann: cuando la situación de los trabajadores occidentales mejoró, los herederos intelectuales de Marx salieron a buscar nuevos oprimidos fuera de Occidente, y los pueblos de Oriente pasaron a ocupar el lugar simbólico del proletariado. El militante contemporáneo no pertenece a ese nuevo proletariado. Pero puede ponerse su ropa.

El caso Gann agrega una capa que no aparecía en otros impostores: la condición judía. Ahí la oikofobia se cruza con una tradición intelectual más antigua. En 1930, el filósofo judío alemán Theodor Lessing publicó “Der jüdische Selbsthass” (El autoodio judío), un estudio sobre intelectuales judíos que interiorizaban el desprecio de su entorno hacia su propio pueblo. Décadas después, Sander Gilman retomó el problema en “Jewish Self-Hatred” (1986). El mecanismo es conocido: cuando un grupo es señalado, algunos de sus miembros buscan la aceptación del grupo que los señala asumiendo su mirada.

Muchos fenómenos culturales y categorías sociológicas y políticas confluyen en los nuevos ropajes de lo que la humanidad ya ha vivido. Lo nuevo es de dónde llega hoy el estigma. La narrativa decolonialista no es una novedad pero es el nuevo niño mimado del movimiento woke que va cambiando las jerarquías interseccionales conforme agota colectivos victimizados. Ahora que el feminismo, el animalismo o el ecologismo han perdido vigor, la decolonización es la nueva estrella. En el vocabulario decolonial que domina buena parte de la militancia y de la academia, el judío y el Estado de Israel fueron elevados a la categoría de victimarios por excelencia, la encarnación misma del opresor. Para alguien educado en ese credo, la identidad judía, y más todavía una familia en Israel, es una mancha que hay que tapar. Gann se tomó ese trabajo muy en serio.

Anna Freud describió en 1936 un mecanismo que llamó «identificación con el agresor»: quien teme la hostilidad de un grupo puede terminar adoptando su lenguaje y dirigiéndolo contra aquello que ese grupo ataca, aunque sea parte de sí mismo. Es la lógica del chico que, para dejar de ser blanco de los bullies, se suma a ellos y golpea más fuerte que nadie al que está en el piso. Leída así, la militancia de Gann fue además de una puesta en escena, una manera de ganarse la aceptación de los que desprecian lo que ella es.

Gann no es la primera en buscar aceptación social tratando de metamorfosearse en una identidad socialmente aceptada, y el patrón es tan repetido que ya es un género. Es imposible, cuando se habla de estos farsantes, escapar del ejemplo de Rachel Dolezal, que en 2015 presidía una filial de la “National Association for the Advancement of Colored People” (NAACP) hasta que sus propios padres revelaron que era blanca. La historia está llena de embaucadores que explotan las narrativas que su entorno desea creer. En 2020, la historiadora Jessica Krug admitió que había construido su carrera haciéndose pasar por negra y latina del Bronx. En Estados Unidos y Canadá, la lista de escritores, artistas y académicos que se inventaron un abuelo cherokee es tan larga que, si todos dijeran la verdad, el Mayflower debió haber desembarcado en la zona más densamente poblada del planeta.

La impostura siempre va en la misma dirección. Nada nuevo bajo el sol, durante siglos, los miembros de minorías perseguidas ocultaron su origen para sobrevivir. Qué identidades adoptan los simuladores y qué esconden es el mejor termómetro de una época. Gann y Arday llegan al mismo lugar por caminos distintos: ella se fabricó una identidad de víctima para «ser parte»; a él la suya para volverse intocable. Gann se inventó una identidad que, en el ecosistema en el que se movía, le confería mayor autoridad, y ocultó precisamente aquello que, en ese mismo ecosistema, podía convertirla en paria. Si el relato más cotizado es el de la víctima, y la clave de la aceptación social es el desprecio a la cultura occidental y, con mucha más fiereza, al pueblo judío, la miserable elección de Gann era, en su trastornada cabecita, la que le garantizaba el aplauso. Ahí la autopercepción, el wokismo y el antisemitismo dejan de ser fenómenos separados y forman una combinación particularmente peligrosa.

Por lo pronto, el caso Gann tiene un desenlace tan revelador como el engaño. Hannah confesó su mentira cuando fue confrontada por un grupo de compañeros de la organización anti-israel a la que pertenecía porque sospechaban que no tenía las credenciales suficientemente puras. Nunca es posible conformar a estos radicales. Para las hordas de fanáticos que ocupan las instituciones educativas, ONG, la industria cultural, la política o los medios, cualquier acción que no tienda al extremismo es traición. No se calmaron con las disculpas de Hannah, por supuesto que no. Sólo les interesa la sumisión, e incluso así, buscaron destruirla.

Por supuesto que la expulsaron aunque Gann dice que sigue creyendo en todas las causas que defendió. Le exigieron que admitiera públicamente que era una mujer blanca y judía con familia viviendo en Israel. Luego la desecharon. Hannah podía haber aprendido la lección de cómo funciona el odio a los judíos, incluyendo a los kapos, con sólo leer algún libro de historia del siglo pasado.

Sería un error tratar el caso de Hannah Gann como una rareza. Jóvenes mimados por una cultura narcisista, educados en la idea de que pueden crear realidad con sólo desearlo, cambiando de sexo, historia o identidad con la varita mágica de la autopercepción, convencidos de que el ascenso en la escala social esta determinado por la suma de opresiones que acumulen; es lógico que ni siquiera tengan conciencia de la aberración que significa convertirse en un auténtico fraude. Por eso, este caso no será ni la excepción ni el último. Es una epidemia.

Noticias de España