
Suiza y China acaban de demostrar que el comercio mundial no necesita una ideología mundial. El pasado jueves, Berna y Pekín han cerrado la negociación para ampliar el tratado de libre comercio que mantienen desde 2014. Cuando entre en vigor, el 99,8% de las exportaciones suizas a China estará libre de aranceles. China es ya el tercer socio comercial de Suiza, después de la Unión Europea y Estados Unidos, y los intercambios entre ambos países han pasado de 31.700 millones de francos en 2015 a 51.200 millones el año pasado.
La noticia del fin de la globalización es, al menos por ahora, ‘fake news’; es el globalismo el que no da pie con bola. El comercio mundial de bienes y servicios superó en 2025 los 35 billones de dólares, máximo histórico, con un crecimiento del 6,5% en mercancías y cercano al 9% en servicios. La gracia está en que ese récord coincide con el regreso de lo que ya debería estar superado, el Estado nación. Según un nuevo índice elaborado por la OMC y el FMI, la intervención de los gobiernos en el comercio mundial entre enero y mayo de este año fue casi el doble que en 2024 y un 25% superior al promedio de 2025. Aranceles, cuotas, prohibiciones, subsidios, política industrial, seguridad nacional.
Llevamos años diciendo desde esta plataforma que globalización y globalismo, aunque evidentemente conectados, no son lo mismo en absoluto. La globalización es fundamentalmente un hecho: las mercancías, el dinero, la información y, en distinta medida, las personas pueden desplazarse por el planeta con una facilidad desconocida en la historia. El globalismo es la ideología según la cual hay que crear una estructura de poder global, que haga innecesarios los países, para gestionar este fenómeno. Como la economía traspasaba las fronteras, también debía hacerlo el poder; la interdependencia económica conduciría inevitablemente a instituciones supranacionales, normas universales y una progresiva irrelevancia del Estado-nación.
Lo que está sucediendo ahora obliga a separar las dos cosas. Donald Trump es el ejemplo más evidente. Ha convertido los aranceles en instrumento ordinario de política exterior, abandonado organismos internacionales y recuperado una concepción casi decimonónica del mercado estadounidense: acceder a él no es un derecho garantizado por un orden abstracto, sino algo que Estados Unidos puede negociar. Pero Trump no pretende convertir a Estados Unidos en Albania bajo Enver Hoxha. Negocia constantemente nuevos acuerdos comerciales. Este mismo jueves Washington y Ottawa discutían reducir del 25 al 15% los aranceles estadounidenses a los automóviles canadienses y del 50 al 25% los aplicados al acero y aluminio a cambio de concesiones de Canadá. Es proteccionismo, pero no autarquía. Trump no quiere que Estados Unidos deje de comerciar con el mundo, sino decidir las condiciones en las que comercia con el mundo.
China ofrece la demostración inversa. Probablemente ningún gran país se haya beneficiado tanto de la globalización en las últimas cuatro décadas y ninguno tiene menos intención de entregar su soberanía a instituciones supranacionales. El Partido Comunista quiere vender automóviles, baterías, teléfonos, maquinaria y paneles solares hasta el último rincón del planeta y comprar las materias primas que necesita para fabricarlos. Lo que no quiere es que la apertura económica permita a nadie decirle cómo debe gobernar China.
El resultado es aparentemente paradójico: uno de los países más globalizados del planeta es también uno de los menos globalistas.
La utopía globalista imaginaba que la interdependencia terminaría domesticando a la política. Si Alemania necesitaba gas ruso y Rusia compradores alemanes, si China fabricaba para Estados Unidos y Estados Unidos compraba a China, si todos dependían de todos, el conflicto entre naciones se volvería progresivamente irracional. La economía terminaría imponiendo sus propias reglas y las fronteras políticas serían cada vez menos relevantes.
Ha ocurrido casi lo contrario. Rusia convirtió la energía en arma. Estados Unidos utiliza semiconductores y acceso a su mercado para contener a China. Pekín restringe tierras raras cuando quiere presionar a otro país. Europa subvenciona industrias que considera estratégicas. Los gobiernos vuelven a preguntarse no sólo dónde es más barato comprar algo, sino quién lo fabrica, dónde y qué ocurrirá si mañana ese país deja de venderlo.
Hasta las cadenas de suministro se adaptan al regreso de la política en lugar de desaparecer. La Casa Blanca calcula que Estados Unidos pierde anualmente entre 19.000 y 26.000 millones de dólares en aranceles porque mercancías, principalmente chinas, son desviadas a terceros países antes de llegar al mercado norteamericano. Se levanta una barrera y la red comercial busca otro camino.
Durante treinta años confundimos quizá al jinete con el caballo. Las élites globalistas se atribuyeron la dirección de un proceso que tenía motores mucho más poderosos y elementales: tecnología, transporte barato, comunicaciones instantáneas, especialización productiva y el antiquísimo deseo humano de comprar donde conviene comprar y vender donde conviene vender.
Ahora el jinete empieza a caer y el caballo continúa corriendo. Suiza seguirá siendo Suiza después de eliminar prácticamente todos los aranceles con China. China seguirá siendo China. No necesitan una bandera común, una moneda común, un Parlamento común ni compartir una misma concepción de la sociedad. Necesitan que a ambos les resulte conveniente intercambiar relojes, medicamentos, máquinas y productos electrónicos.
Quizá ése sea el mundo que está apareciendo ante nosotros: más internacional y menos supranacional. Un mundo de Estados que comercian, pactan, compiten, cooperan y se enfrentan sin que la intensidad de sus relaciones implique necesariamente su progresiva disolución. La globalización es demasiado grande, demasiado útil y demasiado profundamente arraigada para desaparecer porque regrese la soberanía.