
La guerra entre Boko Haram y la filial regional de Estado Islámico en África Occidental (ISWAP) por el control del lago Chad ha sumido a la región en una nueva catástrofe humanitaria. Los grupos yihadistas se disputan las islas, rutas comerciales, comunidades pesqueras y zonas agrícolas de una de las áreas más frágiles de África central, provocando secuestros, extorsiones, desplazamientos masivos y una crisis de hambre que golpea especialmente a mujeres y niños, según relata un reportaje de The Telegraph.
El lago Chad, que se extiende entre Chad, Nigeria, Camerún y Níger, se ha convertido en escenario de una guerra territorial entre facciones islamistas que ya no actúan sólo como organizaciones terroristas, sino como verdaderas mafias armadas. Ambas buscan controlar el comercio local, imponer tributos, dominar las comunidades pesqueras y financiar su expansión mediante el miedo.
La rivalidad entre Boko Haram e ISWAP se ha intensificado en los últimos meses. La primera organización, nacida en Nigeria y conocida por su brutalidad contra civiles, compite ahora con la rama de Estado Islámico en la región, surgida de una escisión de Boko Haram en 2015. Según testimonios recogidos por The Telegraph, ISWAP suele presentarse como menos indiscriminado contra civiles (con excepción de los cristianos), mientras Boko Haram mantiene una estrategia de terror abierto contra aldeas indefensas.
El conflicto ha destruido la economía tradicional de la cuenca del lago Chad. Nueve de cada diez habitantes de la zona dependen de la pesca, la ganadería o la agricultura para sobrevivir, según datos citados por el Instituto de Estudios de Seguridad. Sin embargo, la violencia ha convertido actividades básicas como pescar, cultivar o recoger leña en un riesgo mortal.
Más de 10 millones de personas dependen ya de la ayuda humanitaria en la región, según Médicos Sin Fronteras. A ello se suma una crisis alimentaria cada vez más grave: 7,4 millones de personas afrontan inseguridad alimentaria aguda o una situación aún peor en la cuenca del lago Chad.
La violencia yihadista ha dejado historias devastadoras. En la localidad chadiana de Kafia, familias desplazadas relatan cómo Boko Haram irrumpe de noche en las aldeas para saquear viviendas, secuestrar mujeres y niños y robar pertenencias o herramientas de trabajo. Una de las víctimas, Mariam Abakar Koukouy, huyó con su marido y sus siete hijos tras un ataque reciente en el que los terroristas raptaron a vecinos y arrasaron viviendas.
El miedo domina la vida cotidiana. Muchos desplazados ya no pueden volver a sus aldeas ni salir a trabajar. La amenaza de secuestro se ha convertido en parte de la rutina. Según la International NGO Safety Organisation, sólo en esta zona de Chad se han registrado 319 secuestros desde enero, 63 de ellos en abril.
Los rescates exigidos por los terroristas suelen oscilar entre 100.000 y 500.000 francos CFA —entre unos 100 y 660 euros—, cantidades inasumibles en una región donde alrededor del 87% de la población rural vive con menos de un dólar al día. Las familias se ven obligadas a vender tierras, ganado o bienes básicos para intentar recuperar a sus seres queridos.
Quienes no pagan se enfrentan a una suerte brutal. Según testimonios locales, muchos secuestrados nunca regresan. En Kafia, los vecinos recibieron recientemente el vídeo de una víctima asesinada como advertencia: pagar o sufrir el mismo destino.
El avance del terrorismo también ha golpeado a la infancia. En el hospital de distrito de Baga Sola, apoyado por el International Rescue Committee, las salas de malnutrición se llenan de niños cuyo cuerpo empieza a colapsar por la falta de alimento. Para ingresar, un menor debe sufrir malnutrición aguda severa, medida por la circunferencia del brazo.
Los médicos advierten de que los episodios repetidos de desnutrición aguda pueden derivar en malnutrición crónica, con consecuencias irreversibles sobre el desarrollo cerebral y físico de los niños. También puede afectar a la salud materna futura, al interferir en el desarrollo del cuerpo de las niñas.
La situación se ha agravado por los recortes recientes en ayuda humanitaria. Programas de alimentación suplementaria que antes sostenían a muchas familias han sido suspendidos o reducidos. Responsables humanitarios sobre el terreno alertan de que, en menos de seis meses, la región ya ha registrado el número de casos de malnutrición que se esperaba para todo el año.
Boko Haram ha causado un desastre de proporciones históricas. Desde el inicio de su insurgencia en el norte de Nigeria en 2009, se le atribuyen alrededor de 350.000 muertes y millones de desplazados. A febrero de 2026, unos 3,3 millones de personas seguían desplazadas internamente en Nigeria, Chad, Camerún y Níger, según la agencia migratoria de Naciones Unidas.
Mientras la población se hunde en la pobreza y el hambre, los grupos yihadistas obtienen enormes beneficios. ISWAP recauda, según estimaciones citadas por el Instituto de Estudios de Seguridad, unos 31 millones de libras al año mediante extorsión a comunidades pesqueras del lago, además de otros 1,6 millones en tasas sobre pescado ahumado. Incluso dispone de su propia flota de embarcaciones de pesca que alquila a la población local.
Los ejércitos de la región intentan responder, pero los resultados han sido limitados. Chad ha sufrido en los últimos meses ataques especialmente graves, incluida la muerte de decenas de soldados y de dos generales en emboscadas de Boko Haram. El presidente chadiano, Mahamat Déby, ha prometido continuar la ofensiva hasta erradicar la amenaza, pero el terreno —islas, marismas, desiertos y bosques fronterizos— favorece la movilidad de los terroristas.
Francia habría devuelto asesores militares a Chad tras su salida en 2024, mientras Estados Unidos ha intensificado en las últimas semanas sus ataques con drones contra ISWAP en la cuenca del lago Chad, según la información publicada. Uno de esos ataques habría matado al número dos de la organización, Abu-Bilal al-Minuki, junto a varios de sus lugartenientes.