
Al menos 25 personas han muerto en un nuevo ataque perpetrado por hombres armados en el estado de Adamawa, en el noreste de Nigeria, una región golpeada desde hace años por la violencia yihadista y donde en el pasado ya se han registrado asesinatos de cristianos y quema de iglesias a manos de Boko Haram y su escisión, el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP).
El asalto tuvo lugar en la localidad de Kirchinga, en el área de Madagali. Según informaciones recogidas por medios nigerianos, el balance podría ascender a 27 fallecidos, entre ellos el jefe local de Shuwari, Bademi Papka, familiar del gobernador del estado, Ahmadu Fintiri. Las cifras aún no son definitivas debido al caos posterior al ataque y al desplazamiento de numerosos vecinos. Testimonios citados por organizaciones sobre el terreno apuntan a que viviendas y lugares de culto fueron incendiados durante la incursión.
En 2025, grupos vinculados a ISWAP asesinaron a varios cristianos en Adamawa y prendieron fuego a una iglesia como parte de su campaña de terror en el noreste del país. La región, aunque no es de mayoría cristiana, cuenta con una presencia significativa de comunidades cristianas que han sido repetidamente objeto de ataques.
Amnistía Internacional ha condenado el «horrible ataque» en Madagali y ha señalado que el patrón de la agresión coincide con los métodos empleados por Boko Haram. La organización ha denunciado que el pueblo quedó sembrado de cadáveres mientras casas y edificios ardían, y ha alertado de que muchos residentes siguen desaparecidos.
Nigeria sufre desde hace más de una década la insurgencia de Boko Haram y de ISWAP, principalmente en los estados del noreste. Sin embargo, la inseguridad se ha extendido en los últimos años hacia otras zonas del norte y noroeste, donde también operan bandas criminales armadas. La combinación de terrorismo y criminalidad organizada ha provocado miles de muertos y millones de desplazados internos.
El nuevo ataque en Adamawa vuelve a poner de relieve la fragilidad de la seguridad en el país más poblado de África y la incapacidad de las autoridades para frenar una violencia que, periódicamente, arrasa aldeas enteras y obliga a la población a huir.