Las mujeres ceutíes no pueden más. Tras la invasión de finales de julio, muchas han cambiado horarios, evitan salir solas y han empezado a llevar encima llaveros con pinchos en forma de gato y alarmas personales para avisar si les ocurre algo. Es la imagen que este lunes mostró el programa En Boca de Todos de Cuatro, con testimonios de vecinas como Fani e Inma, que explicaron en directo cómo se protegen en la calle.
El dispositivo es sencillo: un llavero con forma de gato cuyas «orejas» afiladas sirven para golpear si alguien se acerca demasiado, y una alarma que emite un sonido estridente para atraer atención. No es un fenómeno aislado. En las semanas posteriores al 30 y 31 de julio, cuando decenas de miles de personas cruzaron la frontera desde Marruecos, las armerías de Ceuta agotaron el spray de pimienta homologado, aparecieron listas de espera y grupos organizaron repartos gratuitos de botes de autodefensa entre mujeres.
La sensación de inseguridad no se limita a la calle. Hay vecinas que han instalado alarmas y cámaras en casa después de intentos de acceso a portales y garajes. Una ceutí relató que, desde la entrada masiva, le habían intentado ocupar o entrar en su edificio en varias ocasiones; otra explicó que encontró a un grupo de personas en un aparcamiento y prefirió no bajar sola. En al menos un caso judicializado, un hombre irrumpió en una vivienda particular y se metió en la cama de una mujer local en ropa interior; el juez acordó su expulsión por allanamiento.
Las cifras oficiales de agresiones sexuales desde entonces se sitúan por encima de 30 procedimientos abiertos, según la Fiscalía. Alrededor del 40% de las víctimas son menores. La mayoría de las afectadas identificadas son mujeres y niñas que también llegaron en aquella invasión; entre los presuntos autores identificados hay marroquíes y un belga. Eso no ha evitado que el miedo se extienda a las residentes de toda la vida: muchas dicen que ya no van a la playa o al parque con la misma libertad, que avisan por WhatsApp dónde están y que el gas pimienta se ha convertido en un objeto cotidiano del bolso.
La ciudad, de unos 84.000 habitantes y un territorio reducido, ha visto calles, aceras y zonas de sombra ocupadas durante semanas. Comercios cerraron o limitaron el acceso. Vecinos de barriadas organizaron rondas informales. Las mujeres entrevistadas en televisión no hablan de estadísticas abstractas: hablan de no poder más, de salir a la calle con un objeto en la mano porque sienten que la protección institucional no llega a tiempo o no alcanza.
Esa es la nueva rutina que describen: pinchos de gato en el llavero, alarma en el bolsillo y la certeza de que, si algo ocurre, primero tendrán que defenderse ellas.