
La desarticulación en Navidad de una célula yihadista que planeaba atentados contra «personas no musulmanas» en Estambul ha vuelto a poner el foco en una realidad silenciada: la asfixia sistemática de las minorías cristianas en Turquía, y muy especialmente de los cristianos siríacos de Tur Abdin, uno de los enclaves más antiguos del cristianismo en el mundo.
Como informa El Mundo, la operación, dirigida por la Fiscalía de Estambul y los servicios antiterroristas del Estado, se saldó con 115 detenidos vinculados al ISIS y con planes explícitos de atacar iglesias y espacios públicos durante las celebraciones de Navidad y Año Nuevo. El Ministerio del Interior se apresuró a tranquilizar a la opinión pública, pero para los apenas 3.000 cristianos siríacos que sobreviven en Tur Abdin, la amenaza no es coyuntural, sino estructural.
Tur Abdin —la «Montaña de los Siervos de Dios», entre Mardin y Midyat— fue durante siglos el corazón espiritual del cristianismo siro-arameo, donde aún hoy se reza en arameo, la lengua de Cristo. Antes del genocidio cristiano de 1915, conocido como el Seyfo, la región albergaba más de 200.000 fieles. Hoy queda una comunidad residual, dispersa en una treintena de aldeas, rodeada por un entorno crecientemente hostil.
El símbolo mayor de esta resistencia es el monasterio de Mor Gabriel, fundado en el año 397, donde la liturgia sigue viva no como pieza de museo, sino como acto cotidiano de fe. Precisamente por ello, Tur Abdin es un objetivo simbólico prioritario para el islamismo radical, que ve en esta supervivencia milenaria una afrenta histórica.
Pero la amenaza no procede sólo del ISIS. Mientras el Gobierno de Turquía presume de combatir el yihadismo, mantiene un cerco administrativo, judicial y territorial contra los cristianos que intentan permanecer o regresar a su tierra. Retornados desde Alemania, Suecia o Suiza se topan con confiscaciones de tierras, pleitos interminables, negativas a registrar propiedades eclesiásticas y códigos administrativos opacos que los etiquetan como «amenaza para la seguridad nacional».
Desde 2020, más de 200 cristianos —siríacos, católicos y protestantes— han sido expulsados o vetados mediante listas administrativas (N-82, G-87) en las que comparten categoría con miembros del ISIS, sin cargos ni explicaciones. En otros casos, la persecución adopta formas grotescas: un monje siríaco fue condenado a prisión por dar pan y agua a guerrilleros del PKK que llamaron a la puerta de su monasterio.
A esta presión estatal se suma la violencia por las tierras, una herida abierta desde 1915. Disputas con pastores kurdos, agresiones a ancianos campesinos cristianos y usurpaciones toleradas durante décadas han convertido la vida cotidiana en un estado de excepción permanente. El Ejército sigue declarando amplias zonas como «de seguridad especial», con despliegues militares que encorsetan la vida civil y refuerzan el aislamiento.
El contraste es obsceno: el mismo Estado que exhibe el retorno simbólico de algunas familias cristianas como prueba de «reconciliación», las trata en la práctica como extranjeros sospechosos en su propia tierra. La seguridad frente al ISIS sirve de coartada mientras se vacía lentamente el último reducto del cristianismo oriental en Turquía.
Entre el yihadismo que sueña con borrar las cruces, la ingeniería administrativa del islamismo de Estado y las disputas territoriales heredadas del genocidio, los cristianos de Tur Abdin viven rodeados de fantasmas: los de 1915 y los del presente. Su mera supervivencia es hoy un acto de resistencia frente a un país que ha decidido olvidar —o erradicar— sus raíces cristianas.