El sector sostiene millones de empleos directos e indirectos
Turismofobia: la puerta de entrada a una agenda decrecentista que busca naturalizar el empobrecimiento
Turismofobia: la puerta de entrada a una agenda decrecentista que busca naturalizar el empobrecimiento
Manifestación contra el turismo. Europa Press
Por Karina Mariani
27 de octubre de 2025

El escándalo que colocó a Valencia en los titulares de la prensa internacional resume perfectamente la escalada de violencia del movimiento antiturismo. El periódico británico The Sun tituló: «Vándalos antituristas españoles gritan ‘vete a tu país’ en un dramático enfrentamiento con turistas ciclistas». El artículo describía la escena: «En medio de los empujones, una bicicleta cae al suelo, mientras uno de los ciclistas, al borde de las lágrimas, observa la escena desde una distancia segura. Cuando los turistas holandeses finalmente logran escapar, se les oye gritar ‘jódanse’ mientras agitan los puños en el aire hacia sus agresores».

Este no fue un incidente aislado. Hace poco tiempo, la imagen que dio la vuelta al mundo fue la de activistas en Barcelona acosando con pistolas de agua a turistas en las calles. Detrás de estas acciones estaba la Assemblea de Barris pel Decreixement Turístic (Asamblea de Barrios por el Decrecimiento Turístico), que incluso publicó un manifiesto de 13 puntos explicando su ideología.

En Cádiz, el grupo activista Cádiz Resiste fue aún más explícito en su retórica: «Cádiz Resiste nació del agotamiento, de la rabia contenida ante un hecho muy palpable: [los turistas] nos están robando la ciudad, nuestros barrios y negocios, la posibilidad misma de ganarnos la vida en Cádiz. Lo que está en juego es nuestra propia identidad». La naturaleza altamente organizada e ideológica de estas protestas, con manifiestos detallados y coordinación entre ciudades, revela que esto no son reacciones espontáneas.

Como siempre que resulta necesario apuntalar la narrativa socialista, ya los medios mainstream comenzaron a presentar estos fenómenos como reacciones espontáneas ante la «masificación turística». Es una tarea que tienen bien aceitada y coordinada, lo hicieron cada vez que el wokismo tuvo que endulzar y legitimar alguno de sus delirios radicales. El hilo sensiblero es ahora la vivienda, como antes lo fue la angustia por el comercio triangular de esclavos de siglos atrás, la violación de las gallinas ponedoras o el derecho de niños de 5 años a autodiagnosticarse disforia de género y a su acceso irrestricto a terapias hormonales. Siempre hay que partir de una situación de víctima que justifique la violencia. Y siempre quien se oponga debe ser señalado como el opresor.

Pero nunca se trata de las víctimas y nunca es espontáneo, detrás de estas protestas hay una agenda ideológica mucho más ambiciosa y peligrosa: el decrecimiento como ideología y política para desmantelar el capitalismo. Barcelona es el epicentro mundial de un movimiento que ha encontrado en el ataque al turismo la clave para introducir una ideología que busca revertir siglos de progreso económico, con el inestimable respaldo académico de instituciones públicas financiadas con dinero de los contribuyentes. La Ciudad Condal alberga el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), cuna de la escuela del decrecimiento económico.

Desde 2010, Barcelona viene siendo sede de conferencias internacionales sobre el degrowth (decrecimiento). En esos mítines ofrecen másteres específicos en Political Ecology, Degrowth and Environmental Justice que forman cuadros ideológicos encargados de replicar la narrativa desde la academia para luego pasar a los medios y al lobby político.

La organización Research & Degrowth, con sede en Barcelona, coordina una red internacional que conecta académicos, activistas y movimientos sociales bajo esta agenda común. La ciudad también es el hogar de la Asamblea de Barrios por el Decrecimiento Turístico (ABDT), que explícitamente conecta las protestas contra el turismo con la ideología decrecentista general.

El decrecimiento no es una idea nueva, sino más bien la evolución del viejo y malthusiano ecologismo, actualizado con una idea seductora en su simplicidad for dummies: sostienen que como el planeta tiene recursos limitados, el crecimiento económico los agota, por lo tanto hay que decrecer para salvar el mundo. Fin. Así de simplón. Claro que esta lógica ignora los siglos de evidencia contraria, pero ¿cuándo el sentido común detuvo a la izquierda?

Impulsados por el capitalismo y el desarrollo tecnológico, es que vivimos más, con más confort y con más eficiencia energética. Por eso los países capitalistas poseen mejores indicadores ambientales. Pero los datos no importan, sólo los relatos buenistas. Así que los decrecentistas proponen, un retorno a la pobreza, aunque no lo llaman así, sino con piruetas lingüísticas como «postcrecimiento», «simplicidad voluntaria», «comunidades resilientes» y «economías de cercanía».

Con esto están demonizando las cadenas de suministro globales, las grandes inversiones en infraestructura y tecnología, el consumo masivo o el comercio internacional; todo lo que contribuyó a mejorar el nivel de vida de grandes masas poblacionales. Uno de sus principales ideólogos es Carlos Taibo, que abiertamente sostiene que no se trata simplemente de proteger el medio ambiente (algo que considera «tibio»), sino de combatir el capitalismo con la abolición del trabajo asalariado o la eliminación del dinero.

Al igual que cualquier otra teoría crítica, el decrecimiento culpabiliza al Occidente libre por la «crisis climática» y la «explotación del Sur Global». En esta versión de la remanida «opresión sistémica», los turistas se convierten en «colonizadores», los vecinos locales en «víctimas de la turistización», y como cualquier desarrollo económico en «violencia extractivista». El antropólogo británico Jason Hickel, autor de Menos es más: cómo el decrecimiento salvará al mundo, dijo en Madrid en una jornada sobre alternativas al crecimiento económico, celebrada en el Congreso de los Diputados: «Somos rehenes de la lógica de producir lo que genera beneficios para los más ricos». Cabe preguntarse qué sería de las prósperas ciudades turísticas si desapareciera el turismo. Ante el hecho de que el turismo representa un alto porcentaje del PIB español, sostienen que el PBI como indicador debe ser anulado y que existen otras variables de análisis como las «economías del cuidado».

La interseccionalidad, esa pirámide jerárquica de víctimas, por supuesto que se ocupa de conectar al decrecentismo y a la turismofobia con otras luchas que, de alguna retorcida manera, logran relacionar aunque no tengan nada que ver. Así que la agenda decrecentista también es feminista, antirracista y anticapitalista. Así, los malditos turistas son responsables por la turistización de los barrios; y procurar repelerlos está justificado si se lo presenta como un acto de resistencia contra los invasores. Una vez aceptada la premisa de que el turismo debe decrecer, el cielo es el límite. ¿Acaso no deberán decrecer también los grandes sistemas de transporte e industria? El decrecimiento turístico es simplemente el Caballo de Troya.

Como ocurre habitualmente, la izquierda debe ocultar la raíz profunda de las cuestiones que afectan a los ciudadanos, para proponer soluciones a los problemas que sus políticas crearon. La problemática de la vivienda es real y culpar de esto al turismo permite canalizar la frustración legítima hacia una agenda ideológica más amplia. Sin embargo, las verdaderas causas de la crisis habitacional residen en las regulaciones urbanísticas restrictivas, controles de alquileres que reducen la oferta y anulan cualquier posibilidad de inversión. Pero claro, los turistas son un blanco mucho más fácil para atacar a la hora de rociarlos con agua y patearles la bicicleta.

El crecimiento económico ha sido el motor más poderoso de reducción de pobreza en la historia humana y causante de la mejora de la calidad ambiental. Las energías renovables no fueron desarrolladas por hippies comunidades decrecentistas, sino por empresas operando en mercados competitivos con incentivos económicos claros.

El turismo sostiene millones de empleos directos e indirectos. Decrecer turísticamente significa, literalmente, empobrecer a la población. Los que predican el decrecimiento lo hacen desde la seguridad de salarios garantizados. Mientras tanto, los trabajadores reales del sector turístico —esos que dicen defender de la precarización— verán destruidos sus medios de vida y como solución se les ofrecerán subsidios. La romantización de la vida comunitaria precapitalista ignora arteramente las tasas de mortalidad, violencia y las condiciones de vida miserables de aquel sistema. Con menos riqueza, los sistemas de bienestar social que los decrecentistas usarían para paliar la falta de empleo, servicios y desarrollo, no tendrían recursos. Decrecer significa también renunciar a las soluciones tecnológicas que podrían resolver genuinamente los problemas de las sociedades actuales.

Por otra parte, y dado que nadie elige ser más pobre, el decrecimiento sólo puede imponerse mediante coacción y a eso se refieren los decrecentistas cuando proponen «límites» al consumo, «racionamiento» de recursos y «planificación» económica centralizada. Son recetas para el totalitarismo. Las protestas por vivienda social operan bajo la misma lógica, no proponen construir más viviendas o flexibilizar las regulaciones urbanísticas que restringen la oferta. En cambio, atacan directamente la propiedad privada al exigir “sacarla del mercado», controles de alquileres y, finalmente, la expropiación. La conexión no es casual. Las mismas organizaciones y activistas que promueven el decrecimiento turístico también lideran las protestas por el control de la vivienda. Comparten la misma visión: la libertad y la propiedad son el problema; la solución es la colectivización y el control estatal.

Uno de los aspectos más perturbadores del fenómeno decrecentista en Barcelona es el papel activo que juegan las redes de activistas en su promoción. La Red SET (Sur de Europa ante la Turistización) conecta movimientos similares en Venecia, Lisboa, Ámsterdam y otras ciudades turísticas europeas.

La turismofobia es simplemente la punta de lanza; detrás viene una agenda mucho más ambiciosa de transformación económica radical. Los resultados son la escalada de confrontación, deterioro de la imagen internacional, incertidumbre económica para trabajadores del sector turístico, y la normalización de un discurso que considera el empobrecimiento como objetivo deseable.

La prosperidad no es un problema a resolver sino un logro a preservar. La turismofobia no es una excentricidad vecinal sino la puerta de entrada a una lógica decrecentista que busca naturalizar el empobrecimiento como virtud. Cada límite al crecimiento que es normalizado prepara el terreno para restringir otros ámbitos de la vida económica y personal. Se trata del ensayo de una lógica mucho más profunda: la del decrecentismo como nuevo orden moral. Una pedagogía de la obediencia para acostumbrarnos a vivir con menos y, encima, agradecerlo.

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