A la mierda
A la mierda
Por Itxu Díaz
30 de mayo de 2024

Las diferencias entre Fernando Fernán Gómez, que en paz descanse, y Yolanda Díaz, que en paz nos deje, son todas. Ahora la de Fene ha intentado igualarse al viejo genio cascarrabias que espetó aquel célebre «vaya usted a la mierda» a un fan insistente, cima del despiporre televisivo de finales de los 90, y el problema es que, mientras Fernán Gómez parecía entonces un intelectual legítimamente cabreado, la Yoli se nos mostró ayer más bien como una verdulera de confusa reputación sanitaria lanzando lechugas al tendero del puesto de pollos asados de enfrente.

No es la primera vez que un diputado del Congreso manda a la mierda a otro, aunque tal vez sí sea la primera en que lo hace una ministra y vicepresidenta del Gobierno. De todos modos, en este Consejo de Ministros, los Golfos Apandadores que lo integran tienen tanto respeto por el cargo como los ciudadanos le tenemos a ellos; vaya lo uno por lo otro.

Sea como sea, como el PP ha pedido la dimisión de Yolanda Díaz, aquí también habría algo que comentar sobre la sobreactuación preelectoral de los populares —¡anda que no habrá otras razones más importantes para pedir su dimisión a cada minuto, Elías!—, Sumar ha tratado de encumbrar a su gurú comparándola con José Antonio Labordeta, autor de uno de los «a la mierda» más célebres de la historia parlamentaria de las últimas décadas.

Ocurre que, como en el caso de Fernán Gómez, Labordeta, aunque políticamente equivocado en casi todo, casi siempre, era un buen hombre, un artista y un intelectual, tres condiciones que no pueden resultarle más ajenas a Yolanda Díaz, que cree que «un buen hombre» es uno macizo, «un artista» es lo que va pegado a una pegatina del «no a la guerra», y «un intelectual» es una postura del Kama Sutra. De modo que la tentativa de asimilación con Labordeta es una inmoralidad, una afrenta injusta contra alguien que, además, fallecido en 2010, ni siquiera puede defenderse.

Por más que la vicepresidenta busque una comparación que pudiera encumbrarle y ocultar la realidad, lo cierto es que sus formas y maneras, en vez de a Fernán Gómez o Labordeta, recuerdan más bien a la delicadísima Celia Villalobos vociferando a su chófer en la puerta del parking aquello de «venga, coño, vamos, Manolo, joder, no son más tontos porque no se entrenan, tirapalante, coño, joder», cima del chonerío político prepandémico, e inevitable conexión con los barrios bajos de la vida, más allá del extrarradio de la educación elemental.

Por otra parte, mandar a la mierda a alguien puede resultar pertinente, acertado e incluso educado, pero hasta para insultar hay que conocer las más básicas reglas de las buenas maneras. Al contrario que Fernán Gómez y Labordeta, la vicepresidenta lo dijo por lo bajini, un sí pero no, y si hemos conocido tales declaraciones ha sido solo por la bendita oportunidad de un micrófono accidentalmente abierto. La vicepresidenta tiene todo el aspecto de haberse visto mil veces en el brete de que el profesor de Lengua interrumpa la clase, le haga ponerse de pie, y diga aquello: «A ver, Yolanda, dilo en alto y así nos reímos todos».

Tampoco puedo pasar por alto, en fin, que el entusiasmo de la vicepresidenta que culminó en exabrupto llegó en el clímax socialista posterior a la réplica del presidente Sánchez, a quien la de Fene ofrece cada día mayor postración, para bochorno de su propio partido, y suspicacia de algunas socialistas del Consejo de Ministros.

Nadie duda que la muchacha le debe absolutamente todo al experto en fango, pero resulta muy significativo que el despertar de su hooliganismo presidencial se produzca en un día como hoy, en el que todo lo que cabría decirle a Sánchez es que dimita cuanto antes, él y la presidenta del Gobierno según Patxi López, otro que empezó en la política en el pleistoceno socialista superior siendo nadie, y ahora es nada sin el Narciso de La Moncloa. Y es que a eso se reduce todo, no se han visto en otra igual y no se verán: cuando Sánchez caiga, más pronto que tarde, inevitablemente, serán muchos los que se irán exactamente ahí, a la mierda.

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