Las vacaciones escolares de verano recién estrenadas dejan huérfanas muchas líneas de autobuses urbanos. Cambian el paisaje y el pasaje, los usos y costumbres. Se esfuman las mochilas y, con ellas, la jerga juvenil que nos arrullaba de buena mañana como si fuera el hilo musical de la consulta del dentista. Y que recuerda sospechosamente al lenguaje que escupe cualquier cadena de radio donde quiera que sigan «pinchando» canciones.
La primera vez que les vi era uno de esos días houellebecquianos, un lunes de finales de noviembre en que una tiene la sensación de estar en el corredor de la muerte. Formaban un grupo apostado en una de las paradas de la empresa municipal de transportes. Había algo inquietante en ellos. No iban uniformados pero eran casi indistinguibles. Mismo corte de pelo, color negro en la ropa y en las zapatillas de marca y semblantes parecidos. Como si fueran misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o afganas pastunes. Cansados. Como si ellos también tuvieran la sensación de estar en el corredor de la muerte.
Tardé poco en comprender. Adolescentes. Subieron en tropel y ocuparon todos los asientos libres. Debía ser su primer año de instituto, el segundo a lo sumo. Doce o trece años quizás. Impostaban aplomo pero buscaban miradas cómplices en sus congéneres y el calor del resto de la manada, que no resultaba difícil de localizar. Las muchachas lucían el pelo larguísimo y liso y ellos coronaban la testa con rizos en escarola o con un flequillo que simulaba un tobogán. Esos chavales ponían verdadero empeño en su gregarismo. Me dio por imaginarlos como células madre, con infinitas posibilidades, pero que, si se diferenciaban, perderían su pertenencia al grupo.
A los pocos días de coincidir con ellos reparé en una de las chicas. No era la más alta ni la más guapa, ni vestía de un modo particularmente diferente. Pero tenía algo. Conservaba mucho de niña en su cara aún redonda y en la risa fresca. Tenía la timidez de quien no necesita ser evidente. Se mordía las uñas y su pelo no era liso y larguísimo, sino un rebaño de cabras descendiendo las laderas del Galaad. Comenzaba a encorvar un poco la espalda, sin pretenderlo, para esconder el pecho que probablemente le había crecido en pocos meses. Cada día se sentaba con una amiga y parecía integrada con el resto.
El bullicio inicial daba paso siempre a un respeto escrupuloso por el silencio mañanero. Apenas instalados en sus asientos, sacaban los teléfonos de las mochilas. Bajaban las cabezas, los cabellos lisos y larguísimos y los flequillos en tobogán, y se mantenían absortos todo el trayecto.
En ese momento, la niña del pelo de rebaño de cabras y las uñas mordidas apretaba los puños imperceptiblemente. Distraída yo misma con mi pantalla la mayor parte del tiempo, no acababa de darme cuenta de lo que ocurría.
Era la única que no tenía móvil. Cuando trataba de charlar con los demás, le respondían con monosílabos, sin apartar la vista de TikTok y sin darle la posibilidad de una conversación. A los pocos días se trajo un libro. Lo continuó haciendo durante todo el curso. Al principio en papel; después de Navidad, estrenó un lector electrónico. Leyó la saga de Crepúsculo durante aquellas mañanas camino del colegio. A veces levantaba la vista y observaba por la ventanilla las gasolineras y las fachadas repetidas de la periferia.
Alguna vez crucé la mirada con ella. Tenía ganas de asegurarle —ma semblable, ma sœur— que todo le iba a ir bien, pero me limité a pensar que en los años 80, al menos, había que ir a un descampado a por la droga. Hoy, la llevaban en la mochila.
Poco antes de acabar el curso me fijé en que había dejado de morderse las uñas. Le eché un vistazo también a la lectura que tenía entre manos. Se disponía a empezar Historia de los griegos. Entonces caí en lo que la hacía diferente. Aún era libre.