Esa Europa que vive atrapada mentalmente para siempre en 1939 saca pecho, entre bélica y llorosa, y amenaza con llegar hasta Vladivostok con fantasmales batallones. Trump, que era Hitler, ahora es Chamberlain, tanto monta, que de Hítleres andamos ya sobrados, a docena por década y todos a puntito de invadir Polonia.
Ésos que creen que la Historia empieza, no en Sumer, sino en la Europa de los Treinta, arengan desde el sofá a los jóvenes europeos para prepararles para las trincheras y el barro bajo la bandera de las doce estrellas bajo fondo azul Inmaculada, para ponerles a tiro de Kinzhal.
Europa es esa vieja cortesana que a la vejez aún se contonea y hace mohínes, patéticamente segura de unos encantos hace tiempo inexistentes; el miles gloriosus de taberna que nos cuenta a gritos con voz aguardentosa lo que haría él con cuatro guardias.
Cayetana se planta ante la Legión y se pregunta en alto y con su suavizado acento porteño si hay aún europeos dispuestos a morir y matar por la libertad, así, en abstracto, que siempre es más bonito morir olvidado en un agujero en el Frente Oriental por la libertad que por el corredor de Danzing. Agradezcamos al ogro ruso que haya contribuido a poner épica en la tabla Excell de nuestros liberalios.
La misma Europa que asistió con aquiescencia lacayuna a la extirpación de Kosovo y que se ha sumado por acción u omisión a todas las aventuras bélicas de su señorito en Washington por todo lo largo y ancho del mundo musulmán considera ahora el Donbás tierra sagrada, y el régimen más corrupto de Europa, patria de la libertad, vaya por Dios.
El que comenzó la fiesta, los Estados Unidos, tiene otro sherif que quiere parar la sangría para sus cuentas después de haber hecho caja, pero tanta realidad está vetada en Bruselas, debe de haber por ahí una directiva que la prohíbe. Así que, colgada de la brocha, desempolva del baúl de los recuerdos palabras heróicas que suenan demasiado grandes en boca de, digamos, un Guy Verhofstadt, se lía la manta a la cabeza y desafía a las dos superpotencias nucleares, será por misiles. Como Bernardo de Gálvez, elige como lema de su enseña un audaz «Yo solo».
Ahora, el problema de tanto ardor guerrero no es sólo que las naciones europeas tengan ejércitos de opereta si se los compara con los de Rusia ni que haya vaciado sus arsenales para que la camarilla de Zelenski revenda tanquetas y fusiles de asalto al narco mexicano. Ni siquiera es que no acabemos de ver a Úrsula enardeciendo a las tropas de ninis en régimen de coliving a lo Leonor de Aquitania o Juana de Arco o lo difícil que se nos hace imaginar a los acosados ciudadanos europeos apuntándose a morir en la rasputitsa por esta manga de burócratas corruptos. No. La principal pega de todo el plan consiste en el mismo problema que tienen los eurócratas para cambiar ahora la marcha: que no hay costumbre. Bruselas reacciona al brusco cambio en las instrucciones que le llegan de Washington, al digo donde decían Diego, porque llevan demasiado tiempo representando otra película, de una de tiros a una comedia romántica.
Pues con el pueblo europeo, tres cuartos de lo mismo. Llevan demasiado tiempo dándole al yin, y ahora nos quieren atiborrar de yang, y esto no va así. Europa se ha querido femenina, maternal, maniática en el control, obsesionada como una asustadiza abuelita con la seguridad a toda costa. De la política de los cuidados de la seño Yolanda al camino del guerrero hay un trecho enorme. No puedes ponerte pesadísima con las estatinas y el colesterol, no puedes quitar a la gente de fumar, que eso es malísimo para los pulmones, y luego pedirle que se arrastre por el barro bajo el ataque de un enjambre de drones.