«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Al cabo

6 de diciembre de 2023

De no existir las programaciones oficiales, yo no necesitaría prepararme más que la primera clase de un curso. La segunda la daría corrigiendo o matizando los errores y las imprecisiones que se me habrían deslizado en la primera, y la tercera sobre la segunda y así, sucesivamente. La clase final la dedicaría a explicarles que tienen que tener sentido crítico y seguir investigando por su cuenta, porque el profesor, como ha quedado claro a estas alturas, tiene sus dudas e inseguridades.

No lo digo por mi artículo de la Constitución española de ayer, aunque podría matizarme mucho, por supuesto. Lo digo por las coronas de Adviento. Somos partidarios de sumar una vela azul, a encender en el día de la Inmaculada Concepción, haciendo gala del privilegio español que tienen nuestros sacerdotes de usar vestiduras litúrgicas de ese color en recuerdo de la defensa hispánica del dogma. Del dogma, precisamente, hablaremos el viernes.

Ayer estábamos hablando de la corona y surgió un nuevo debate, tras el de su origen protestante o no y tras el de si tanta candelería azul por mi parte no era un barroquismo excesivo. ¿Cuál era el nuevo debate? Si reciclar las velas de año en año o estrenarlas cada año. Yo, como tengo una fascinación prácticamente levantina por el fuego, no dejo opción. Encendemos en casa tanto nuestra corona de Adviento que acaba fundida por completo a la altura de la Epifanía.

Sin embargo, no me quedé callado y aposté por estrenar. Error. He aquí la matización que he venido a hacer. Es cierto que la corona queda más regia con sus velas impolutas, pero también que, una vez que estrenas cada vela cuando toca, terminan todas con su cabo quemado, igual que las viejas. Lo importante es otra cosa. La vela más o menos chamuscada, arrugada y feúcha, con churretes de cera, cuando se le posa la abeja de luz en la cima, se vuelve bellísima. 

¿No es un símbolo mucho mejor que el de la vela impoluta? Mejor flamígera que flamante. La apagada vela achacosa, metáfora de nosotros, ¡cómo se viene arriba con la luz encendida en todo lo alto! Se transfigura. Su luz cala en la cera, que se hace traslúcida y cálida.

Entenderán ustedes que tenía que corregir mi juicio cursi de ayer a favor de las velas nuevas. Las viejas valen igual y mucho mejor para la metáfora. ¿A cuento de qué voy a seguir hablando de la Constitución, si lo que ya dije, sin ser una maravilla, hace el papel, que es de lo que se trata? No. Es mucho mejor que nos asombremos de la belleza que la llama puede regalar a cualquier vela vieja. Nos interesa mucho. ¿No es un signo de esperanza, de renacimiento, de vida, que vale para todos, y para todo? ¿Hay algo que necesitemos más? Luz, más luz, llamita de lo alto.

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