«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista y guionista. Fue presidente del Club de los Viernes, es colaborador en distintos medios de TV y radio y ha publicado artículos en Vozpópuli, La Nueva España y El Semanal Digital, entre otros.

Ese mundo desaparecido 

7 de junio de 2026

Hay personas, encarando el invierno de sus vidas, que existen siempre con la mirada puesta en lo que ya fue, como si todo el presente ocupase únicamente la prolongación de un inmenso pasado. Rodeadas de recuerdos que se van difuminando en la memoria, sobre todo cuando tienen más seres heridos ya en el otro margen que a este lado de la grieta del tiempo. 

Uno tiende a reflexionar sobre las generaciones que van dando paso a las siguientes cuando en poco espacio acumula bastantes funerales y velatorios de abuelos y padres de amigos. Cuando observa el implacable paso de los años en sus propios padres y abuelos, que acumulan achaques y pérdidas. Y así, familiares de carne y frágiles huesos pasan de poder ser abrazados a convertirse en un álbum de fotos. 

Lejos de esa mirada nostálgica y contraproducente de «todo tiempo pasado fue mejor», sí que puedo entender y tratar de analizar lo que supone ese cambio ineludible, esas despedidas al pie de torres de iglesias edificadas por manos que ya no están, donde repican las campanas que un día lo harán por nosotros. 

Si apenas quedan testigos vivos de los que participaron en la guerra que aconteció hace 90 años, dando pie a que el relato oral sea sustituido por políticos oportunistas que hacen leyes sectarias para dictar una historia a su conveniencia, los que hoy pueden soplar algún 9 inicial en su tarta de cumpleaños, son aquellos que se criaron en la posguerra y construyeron con su sudor y su sangre el país que hoy es, o el que era. 

Una etapa que no estaba hecha de ideales sino de cosas por hacer. Lo práctico se imponía sobre cualquier marco teórico, y en la España que iniciaba el éxodo del campo a las ciudades, lo rural seguía teniendo una importancia capital mientras lo urbano encontraba su propia forma de expandirse, arrimando todos el hombro para dejar atrás los horrores de la contienda, y donde el concepto progreso era realmente un pensamiento en acción. 

La generación a la que poco a poco vamos enterrando es esa donde la palabra dada y un apretón de manos valía más que cualquier papel firmado o cien trámites burocráticos. Con una mirada lúcida y a la vez escéptica, se nos extingue en el inexorable reloj de arena con todo lo bueno y lo malo que contienen. Ciertas rigideces sociales y morales llenas de contradicciones que hoy nos parecen, con razón, anacrónicas, pero también una escala de valores y de entender la auténtica importancia de las cosas que tienen verdadero peso, que actualmente se han relativizado o directamente desechado en nombre de un posmodernismo bobo, con demasiada moda efímera y vigencias de usar y tirar. 

Somos la progenie de hombres y mujeres acostumbrados a la dureza del entorno y a dar el callo sin esperar otra recompensa que asegurar el porvenir de sus hijos, pero que se hubieran colgado de una soga en la cuadra antes que ir a una boda o Comunión sin corbata y un traje perfectamente planchado. Les habrías tenido que obligar a punta de pistola para que estuvieran en un bar o restaurante con pantalones cortos o en chancletas, como se ve tanto ahora, en los meses de la canícula. 

Es verdad que miras esas fotografías en blanco y negro y parecen retales de otro mundo. Un rumor distante que apenas nos interpela. Con los abuelos vestidos de forma sobria, esos bigotes que les hacían parecerse a Clark Gable, y las abuelas sonrientes y orgullosas ajenas a la cámara y a la seña que quedaría en la perpetuidad generacional de los que la sobrevivirán. 

En una sociedad hiperconectada que no nos ha hecho más cultos, ni más listos, ni más libres, uno va por las calles esquivando a viandantes que caminan sin ver, encorvados sobre la pantalla de los móviles. Y hoy las mamás primerizas cuentan orgullosas que su criatura «de sólo 21 meses» ya sabe desbloquear sola la pantalla del iPad y ponerse el vídeo de CantaJuego, o lo que sea que vean ahora los enanos de 21 meses. Imagino que cuando el niño (o la niña, no me cancelen, por favor) llora con nocturnidad, en vez de darle el chupete o leerle un cuento, métodos tradicionales y por lo tanto de rancio conservadurismo, le enchufan una tableta electrónica no quiero decir por dónde, y se le ponen las pupilas en modo carga. 

Salir de una sumisión tecnológica en una sociedad adocenada parece un acto revolucionario, pero algunos, que ni siquiera hemos llegado a las 40 primaveras, nos criamos en un mundo donde, por ejemplo, el 31 de octubre era la Noche de Difuntos y al día siguiente ibas al cementerio a limpiar blancas lápidas de mármol, poner flores a los ausentes y recordar, como los versos de Manrique, que «este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar». Disculpen el toque cascarrabias, pero nadie se disfrazaba de bruja piruja e iba haciendo el ‘truco o trato’ por casas adornadas con esqueletos de plástico e iluminadas con luces de puticlub, para presumir de decorado en Instagram ante los ojos de unos cuantos centenares de cibergilipollas. 

Uno no se imagina tampoco a sus abuelas o a sus madres aprobando para sí el perreo con música de letrina, o compitiendo por la atención de «cantantes» sexualizados con letras procaces mientras hembras en celo mueven el culo en un ritual de cortejo primario, que recuerda más a ciertas manadas de gorilas. 

Y sí, ya sé que cada época tuvo sus férreos opositores y que los padres de entonces tampoco veían con buenos ojos el meneíto pélvico de un tal Elvis, y que durante un gozoso periodo, escuchar a los Stones era casi una condena firme al infierno; pero no me comparen, por favor. Padres preocupados por la virtud musical y de la otra, que eran hijos de su tiempo cambiante y difuso, con niñas de 12 años bailando en TikTok, compitiendo en desvergüenza e impudicia con otras de su misma edad; adolescentes con nula comprensión lectora porque los estímulos fugaces les han frito las neuronas, y jóvenes con la capacidad de atención de una gallina, de esas que mueven la cabeza todo el tiempo de un lado para otro. 

Yo, como cada dos o tres semanas, este domingo iré a visitar a mi abuela, pasearemos a la orilla de ese mar tan antiguo como el mundo, y ella, agarrada a mi brazo, me contará por enésima vez la misma historia, que por algún motivo se le ha fijado en la memoria, y yo escucharé como si fuera la primera vez que la oigo mientras sonrío y trato de disfrutar de ese momento, antes de que su voz sea sólo un eco lejano de un tiempo que ya no existirá. 

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