«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado once ensayos, entre ellos 'Ética para valientes' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'Amar para siempre' (2026) es su último libro. También ha traducido más de setenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es www.davidcerda.es

La idea es dejar de ser joven

6 de agosto de 2026

En El curioso caso de Benjamin Button, el personaje imaginado por Fitzgerald nace anciano y rejuvenece con el paso del tiempo hasta morir convertido en un bebé. La historia inquieta porque invierte el orden natural de las cosas e impugna la inexorable flecha del tiempo. Un siglo después, la fantasía de Fitzgerald parece haberse convertido en programa cultural obligado. Adultos copiando estéticas adolescentes de TikTok, obsesión por vestir «Gen Z», tutoriales para parecer más joven, reelaboración constante de tendencias juveniles para cuarentones y cincuentonas. Hay miles de ejemplos en YouTube, Instagram y prensa de moda con tips —anglicismo que, nada más salir, debiera hacernos correr en sentido contrario— para mantenerse o más bien parecer más joven. La pretensión sabia, haber sido joven, lleva años siendo reemplazada por un puerilismo radical que llena los bolsillos de los de siempre.

Hace un cuarto de siglo, Estados Unidos registraba unos 7,4 millones de procedimientos estéticos al año; hoy supera los 25 millones. La revolución no ha sido quirúrgica, sino ambulatoria. Bótox, rellenos, láseres y peelings han transformado una excepción en hábito. El resultado es un mercado global que realiza cerca de 38 millones de procedimientos estéticos al año, más de 20 millones de ellos no quirúrgicos. Los compradores jóvenes están entrando masivamente en este mercado mediante la llamada preventive skincare: productos que se utilizan antes de que aparezcan signos de envejecimiento. El fenómeno ha llegado tan lejos que dermatólogos estadounidenses llevan años alertando sobre las llamadas Sephora Kids: niñas de diez, once o doce años que consumen sérums antiedad, retinol y rutinas cosméticas. «En la fábrica hacemos cosméticos; en la tienda vendemos esperanza», decía Charles Revson, fundador de Revlon. 

Pocas esperanzas más rentables y tontas que la de escapar al tiempo. Tanto que nos ha llevado a olvidar que, durante la mayor parte de la historia, la juventud se consideró una etapa de tránsito. Nadie aspiraba a permanecer indefinidamente en ella, por la misma razón que nadie aspira a ser aprendiz, sino maestro. La juventud tenía prestigio por lo que prometía, no por sí misma: era la edad de la formación, de las primeras experiencias, de los errores necesarios, de una cierta ignorancia invadeable. Su valor residía en conducir hacia otra parte, más sabia y mejor. Convertirla en destino equivale a celebrar eternamente los andamios de un edificio que nunca llega a construirse. Al fondo, naturalmente, está el vacío de sentido y el miedo a la muerte.

Las sociedades occidentales contemporáneas han sustituido muchas jerarquías tradicionales por la de la juventud y el deseo. Basta recorrer cualquier ciudad o la polis global llamada internet para diagnosticar esta enfermedad del espíritu. Hemos construido una cultura que celebra como ideal humano una etapa concebida para ser superada. La madurez, que durante siglos fue signo de prestigio, la hemos convertido en oprobio. La juventud, que era una promesa, se ha erigido en nuevo altar. Se admira menos a quien sabe que a quien aparenta; el resultado es una civilización dañada y ridícula que está obsesionada con prolongar indefinidamente el prólogo.

Ocurre que la juventud real se parece poco a su versión idealizada por el marketing. Es una época extraordinaria en muchos sentidos, pero también está marcada por la inseguridad, la incapacidad, la confusión identitaria y una experiencia muy limitada del mundo. Basta recordar los veinte años propios para advertirlo. ¿La pasamos bien? La pasamos bien. Pero quien más quien menos todos recordamos posturas defendidas entonces con entusiasmo que hemos abandonado después con una mezcla de pudor y alivio. Estábamos convencidos de que habíamos comprendido el capitalismo, el amor, la geopolítica y la naturaleza humana antes de aprender a hacer una declaración de la renta; confundíamos una resaca con una experiencia transformadora y una cita de Bukowski con una filosofía de vida. Hoy entendemos que aquellos problemas eran bastante más complejos de lo que imaginábamos y que la seguridad con la que hablábamos de ellos guardaba una relación inversa con nuestro conocimiento. Lo que corresponde es celebrar haber dejado atrás aquella montaña rusa de certezas absolutas, con sus subsiguientes desmentidos.

Además, muchas de las virtudes que atribuimos a la juventud no pertenecen realmente a esa edad. La curiosidad no es patrimonio de los jóvenes; tampoco la pasión, la imaginación o la audacia. Cualquiera que haya frecuentado universidades, empresas o instituciones sabe que esas cualidades aparecen repartidas de forma bastante caprichosa. Hay jóvenes extraordinariamente conservadores y personas de sesenta años capaces de emprender proyectos nuevos con una energía envidiable. Ortega advertía que cada generación cree inaugurar el mundo; la experiencia demuestra más bien que el mundo siempre está siendo inaugurado por una minoría de personas arrojadas y capaces.

Nunca habíamos contado con generaciones tan formadas, conectadas y expuestas al conocimiento y, sin embargo, tan preocupadas por equivocarse. La vigilancia permanente de las redes sociales, la exhibición constante de uno mismo y la transformación de cualquier error en material público han creado un entorno poco favorable para la experimentación. Como, además, la experiencia permite distinguir mejor lo importante de lo accesorio y el criterio reduce la necesidad de validación ajena, resulta que hoy buena parte de la innovación la sacan adelante gloriosas patas de gallo. Hoy despuntan personas que, con los hijos ya criados y la salud acompañando, viven una madurez envidiable. Si nadie quiere que le opere una cirujana de diecinueve años o que le defienda un abogado de veinte, ¿por qué suspirar por una edad que, para casi todo lo que importa, necesitamos dejar atrás cuanto antes?

Apunta Houellebecq en Las partículas elementales que una sociedad que convierte el atractivo sexual y la juventud en medida principal del valor humano está condenada a producir frustración masiva, porque ambos bienes son escasos, desiguales y perecederos. La juventud merece ser disfrutada mientras dura, pero es absurdo hacer de ella un ideal. Una sociedad que aspira a mantenerse joven indefinidamente no avanza. Hay páginas muy buenas en los prólogos, pero la historia empieza después, y no nacimos para conservar la juventud, sino para transformarla en amor y carácter, porque la idea es llegar a ser alguien.

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