Todo presente es una pesada losa sobre el tiempo. El futuro, un pellizco en la ansiedad. Y el pasado, un fantasma que se entromete sin avisar, a veces un simpático Casper, otras un monstruo depredador. La playa que se abre de golpe tras la arboleda, playa de cuando solo teníamos el futuro por delante, me ha lanzado a los días de los castillos de arena y de la ansiosa búsqueda del palito premiado en el helado. Agosto tiene algo de moderador entre etapas de la vida, que nos mueve el alma y la memoria con la marea, arriba y abajo, atrás y adelante, cambiando la dirección de la proa al albur y capricho de los mares.
Me ha dicho un amigo que se puede hacer el bien en cualquier lugar, por improbable que parezca, y la cerveza tibia del chiringuito me ha sabido mejor. Está la ría tan serena que las pequeñas olas de la orilla, más que romper, acarician la arena. Se está poniendo el sol tras los pinares y somos los últimos en irnos del arenal, porque hay momentos que uno querría volver eternos, cuando algo te dice que la memoria está guardando un recuerdo de belleza, aunque nunca tienes la certeza en el momento, ni siquiera sabes cuándo cobrará importancia en el futuro.
Un chico lleva un buen rato recogiendo conchas en la orilla, para llevárselas a ella, que descansa en la toalla. Un pequeño tesoro que guardará o no, pero habrá un día en que recordarán que la tarde estaba cálida y llena de color, y que la puesta de sol marinera de los enamorados es un pacto para sobrevivir a los días de frío; estén donde estén, juntos o no, habrán quedado las conchas, bellísimas en esta playa, como testigos de un tiempo que fue, quizá por una vez, un regalo para dos.
Hay un muchacho que lleva horas sentado en una roca. La cara entre las manos, la música en los cascos, la mirada en la costa oeste de la ría. A ratos fuma, a ratos respira el aroma intensísimo de esta bajamar. La sonrisa de brillante complicidad de la pareja que se intercambia pintorescas conchas contrasta con la mirada triste del muchacho, como un rayo de bruma negra en medio de los colores más vivos del verano, que el azul del mar es abrumador, la arena a esta hora ya no refleja la luz del sol y cobra su verdadera tonalidad, y los pinos a nuestra espalda son un grueso brochazo verde, entre la esperanza y la vida. Sin embargo, a todos nos ha pasado, cuando una pena te quiebra el alma, el mundo pierde su color, y hasta las delicadas aves de litoral, con su esbelta y precisa figura, parecen buitres esperando a comerse tus entrañas.
El bien se puede hacer en cualquier lugar. Me persiguen las palabras del amigo, porque casi nunca elegimos el sitio y el momento en que queremos afrontar el presente. Esa extraña sensación de que la vida, al contrario de lo que debería, según van lloviendo los años, te va robando los mandos de la nave, y así surcamos el futuro más inmediato como cegados por una urgente improvisación. Tal vez elegir está sobrevalorado. Tal vez, si solemos elegir tan mal, sea mejor que ese cóctel que forman azar y providencia piloten la nave por ti.
Acelera lentamente la noche, cada día un poco más, como cada agosto. Dicen los científicos que, por estas fechas, es casi imperceptible, pero los bohemios de más de un millón de madrugadas sabemos distinguir en el horizonte la aparición de una brizna de oscuridad incluso en el momento más luminoso de una gran alborada. Somos los últimos en abandonar la playa, con excepción del muchacho de la roca, que parece haber quedado con la luna, cómplice siempre de melancolías, para preguntarle por qué. Antes de pisar la tierra, allá donde la arena aún se entremezcla con el fruto seco de los pinares, vuelvo la vista atrás, y el agua de la ría ha ganado en densidad, por el efecto de la luz que amarillea con la noche. Un velero rompe el agua en dos, liviano y silencioso, y el patrón contempla el arenal desde la popa, mientras se mueve con gestos lentos y mecánicos. Ha elegido esta hora, no lo dudes, por la calma, porque el mar más propicio a meditaciones, añoranzas y recuerdos, es el mar del anochecer.
La losa del presente está deseando aplastar al hombre interior que habla sin descanso, como si acabaran de retirarle la mordaza de la boca y, mientras me sugiere emociones, recuerdos y aspiraciones, grita que no quiere marcharse de la playa en donde recuperó su voz. En un rato será el bullicio de un restaurante, y la rutina de los coches, las groseras vestimentas del verano, y la marabunta. Toda esta postal de vacaciones será pasado, ese pasado brumoso que se aparecerá a su antojo, allá cuando noviembre nos congele los pies. Quizá algún día aprenda a valorar estos exquisitos momentos de belleza, instantes en que la vida consiste solo en admirar el crepúsculo entre pinares y comprender que, en efecto, no es tiempo de excusas, sino de admitir que el bien puede hacerse en cualquier circunstancia, en cualquier lugar, en cualquier momento.