Según Christopher Nolan, el tema central de la Odisea es la importancia de ser amables con los extranjeros. Lo sostiene el afamado cineasta a propósito de la nueva adaptación cinematográfica del relato fundacional de nuestra civilización que prepara estos días.
Tiene razón, pero sólo en parte. La xenia, la ley sagrada de la hospitalidad, ocupa un lugar esencial en Homero. Lo que ocurre es que esa hospitalidad tenía dos características inseparables de las que prescinden alegremente sus modernos apóstoles.
La primera es que la hospitalidad empezaba por reconocer que el acogido era un extranjero. No venía a quedarse ni dejaba de pertenecer a su pueblo por el simple hecho de cruzar una frontera. Era un huésped, un forastero. De hecho, la propia palabra xenia procede de xenos, el extranjero. La hospitalidad sólo tenía sentido porque existía una diferencia entre quien abría la puerta y quien llamaba a ella.
La segunda, y quizá más importante porque trasciende el debate migratorio, era la gratitud. El huésped gozaba de una protección casi sagrada, pero precisamente por eso contraía una obligación moral hacia quien lo acogía. No se trataba de una relación entre iguales que intercambiaban derechos, sino entre quien recibía un beneficio y quien lo concedía.
Nada de eso parece sobrevivir en el discurso contemporáneo. Se recuerda una y otra vez el deber de acoger, pero se considera casi ofensivo recordar que el acogido sigue siendo un extranjero o sugerir que debería mostrarse agradecido. Más aún, una parte de los recién llegados actúa como si tuviera un derecho natural a instalarse en España, adquirir inmediatamente la condición de español y disfrutar de una prosperidad que no ha contribuido a crear, como si fuera un patrimonio sin dueño o una especie de herencia universal.
Pero el problema va mucho más allá de la inmigración. La ingratitud se ha convertido en una de las enfermedades morales de nuestro tiempo. Hemos acabado convencidos de que casi todo lo que recibimos nos corresponde por derecho. Las prestaciones sociales ya no son el esfuerzo colectivo de una comunidad que procura no abandonar a sus miembros más débiles, sino una deuda que la sociedad mantiene con cada individuo. La educación, la sanidad, las pensiones o la seguridad dejan de percibirse como el fruto del trabajo y del sacrificio de generaciones anteriores para convertirse en realidades que parecían existir por sí mismas.
Quien recibe un regalo procura conservarlo. Quien cree estar cobrando una deuda nunca da las gracias. Quizá por eso hablamos tanto de derechos y tan poco de obligaciones. Y quizá por eso una virtud tan antigua como la gratitud empieza a parecernos casi una reliquia, cuando durante siglos fue el cemento invisible que hacía posible la convivencia entre personas, entre pueblos y entre generaciones.