En su Visita y Anatomía de la cabeza del Eminentísimo Cardenal Armando Richelieu, Quevedo, que en su obra introdujo a Andrés Vesalio disfrazado «de embeleco y de embuste» en la cabeza del valido francés, dijo haber encontrado turbantes en el interior del cráneo cardenalicio. Halló la conexión entre Francia y el turco. Entre el rey que se decía cristianísimo y el mahometismo. Siglos después, el vínculo se desplazó hacia el Magreb. De hecho, en nuestros días, mientras el Comendador de los Creyentes pasa largas temporadas en el país galo entregado a prácticas poco piadosas, la izquierda francesa lo apuesta todo al voto de los hombres coranizados.
Al sur del Hexágono, la costa española mantiene numerosas torres de vigilancia con las que los cristianos trataban de defenderse de piratas berberiscos dados al rapto de mujeres y niños. El folclore recogió ese temor: «No vayas por agua al río/que detrás de aquellas matas/están los moros escondidos», cantaba Agujetas por soleá. Los vientos románticos atenuaron esa visión porque el moro había dejado de ser una amenaza para convertirse en el habitante de un mundo exótico. Ya en la segunda mitad del siglo XX, «bajarse al moro» fue una operación estupefaciente para unos, pederasta para otros. Remito al lector a un reciente artículo de Jon Juaristi sobre Juan Goytisolo, reivindicador del conde don Julián y Premio Cervantes en 2014.
«Afrancesado» tuvo siempre, con excepciones como la de Fernando Trueba, connotaciones negativas. El mito de la Ilustración deslumbró y todavía nubla a un buen puñado de españoles. Sin embargo, los muy ilustrados franceses quemaron el telescopio Herschel del Real Observatorio de Madrid, profanaron la tumba del Cid Campeador y, entre otras proezas, rompieron la nariz del Doncel de Sigüenza. Aquellos daños tenían, además, un propósito simbólico. Tanto como los que están produciendo los invasores marroquíes de Ceuta.
La entrada de la horda marroquí ya impidió la celebración de la feria de Ceuta en la primera semana de agosto. La «crisis humanitaria», rótulo que trata de encubrir la dimensión política de la violación de la frontera trajo, así lo publicitan los propagandistas gubernamentales, miles de individuos que buscaban un futuro mejor. Sin embargo, de ser así: ¿qué peligro había en que las familias fueran a tomarse una caña y a montar a sus hijos en los cacharritos de la feria? La cancelación de la feria por motivos de seguridad fue un primer hito en la estrategia de hacer invivible la ciudad para los españoles. A ello se ha unido la cancelación del partido de la selección Sub-20 de fútbol y, de ahí el paralelismo con la barbarie decimonónica francesa, la vandalización del santuario de la Virgen del Rosario cuya imagen estuvo presente en la Batalla de Lepanto.
Si los invasores hacen su trabajo en Ceuta aterrorizando, sobre todo, a las mujeres y menores, el quintacolumnismo progre abre las páginas de su principal periódico a plumas como la de Tahar Ben Jelloun, autor de un artículo titulado «España-Marruecos, superar la crisis» ilustrado con la imagen de Sánchez sentado junto a Mohamed VI con la bandera de España invertida a sus espaldas. El círculo entreguista lo cerró Tezanos planteando en el CIS una pregunta sobre la soberanía española de Ceuta y Melilla. Se trata de preparar el terreno para una entrega. Dialogada, por supuesto.