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Alcántara es un grito (II)

Por Juan María Silvela Miláns del Bosch

En este segundo artículo, inicio el relato de la actuación del Regimiento Alcántara pasadas las 12,00 horas del día 23 de julio de 1921. A partir de la citada hora, el 14º de Caballería va escribir la página más heroica de su larga vida. Es sorprendente que, aunque su actuación haya sido recogida en numerosos artículos y libros, hay casi tantas versiones de las vicisitudes del Alcántara en la media jornada citada como autores se han dedicado a este tema. Intentaré en estas líneas relatar los hechos que me han parecido más verosímiles sin hacer análisis comparativo, pues no hay espacio para ello. Tampoco puedo asegurar que haya conseguido plasmar los hechos en estas líneas con total exactitud. No tarea fácil, pues existen demasiados testimonios de testigos presenciales que son difíciles de armonizar e incluso se contradicen. Con todo, me he esforzado en articular un relato lo más coherente posible.

Iniciada la tarde, los ocupantes de algunos camiones habían vuelto a Drius al no poder continuar la marcha hacia Melilla por el hostigamiento de los indígenas de la zona. Inmediatamente, comunicaron al general Navarro la detención del convoy, que había sido organizado para evacuar a los heridos a Melilla. Los cabileños, seguramente casi todos procedentes de la cábila de Metalza y es posible que también de Beni Bu Yahi, tiroteaban con eficacia la carretera a Batel. Navarro inmediatamente ordenó al regimiento que saliera nuevamente de Drius para rescatar la columna de heridos.

En sólo unos minutos, el 14 de Caballería pudo ponerse en camino. En vanguardia y al sur de la carretera a Batel, inició la marcha el 5ºescuadrón, mientras el 4º  lo haría también en vanguardia al norte de la misma. Detrás y por la carretea citada, seguirían el 3º, el de ametralladoras, el 1º y el 2º por este orden. Los camiones volvieron a salir, pero se adelantaron confiados y fueron nuevamente tiroteados. Tres camiones serían asaltados y volcados y los heridos instalados en ellos cruelmente rematados por los indígenas de la zona. Por orden del teniente coronel Primo de Rivera, cargaron los escuadrones 4º y 5º, que arrollaron a los indígenas. Los cabileños tuvieron que soltar su presa que creían segura y el convoy pudo seguir su marcha.

Al rebasar Uestia, un intenso fuego recibido desde Dar Azugaj hizo que los escuadrones 2º y 4º, al mando del capitán Fraile Rodriguez y del teniente Arcos Cuadra respectivamente, tuvieran que desmontar y combatir pie a tierra; pero los disparos de los cabileños seguían produciendo bajas, especialmente en los caballos, y se hizo necesario volver a montar para cargar, apoyados por fuego del escuadrón de ametralladoras, que mandaba el capitán Triana Blasco. El mismo Primo de Rivera, al ver su situación delicada, se puso al frente de ellos. Entonces, el 2º conseguiría llegar hasta los camiones, que se habían vuelto a adelantar, y arremeter contra los indígenas que intentaba asaltarlos; los cabileños huyeron, dejando numerosas bajas. Mientras, el 4º iniciaba la carga hacia Dar Azugaj, que culminó desalojando a los indígenas de sus posiciones. Los escuadrones 2º y 4º sufrieron en esta acción las primeras bajas importantes, pero lograron que los vehículos prosiguieran hacia el cauce seco del Gan. Se habían distinguido los tenientes Arcos y de León Font de Mora. Pero también desde el otro lado de la carretera arreciaban los disparos, por lo que el 5º escuadrón, cuyo jefe era el capitán Chicote Arcos, se vio obligado a “cargar” varias veces, apoyado por el 3º, mandado por el capitán Castillo Ochoa.

Se hizo entonces necesario ocupar las alturas que dominaban el cauce seco del Gan y es el 5º escuadrón el que se lanzó en impetuosa galopada hacia las casas de Burrahail desde donde los cabileños les hacía fuego; de allí serían desalojados no sin dejar varias bajas. El 4º, con los tenientes Arcos, de León y Cistué Castro, al reiterar su carga, conseguirían desalojar al enemigo atrincherado en el cauce. Los camiones y otros servicios detenidos pudieron entonces pasar el rio y continuar la marcha. Pero varios camiones se estropearían al ser sobrecargados por el camino, no precisamente por heridos, y un resto consiguió llegar a Melilla.

Todas las bajas del regimiento fueron recogidas; los heridos transportados en la ambulancia que les seguía y los muertos en el vehículo de Alcántara conducido por el teniente Carrasco. El capitán Castillo fue herido gravemente y el teniente coronel ordenó a Carrasco que se lo llevara a Melilla con otros 14 heridos más en camiones. Para evitar ser tiroteados, se desviaron hacia el sur y, en marcha campo a través durante un buen trecho del camino, consiguieron llegar a la ciudad. El capitán no podría superar sus heridas y moriría unos días más tarde. Las bajas totales entre muertos y heridos superaron los 50 hombres.

Primo de Rivera se apercibió del desgaste del regimiento y pretendió continuar hasta Batel donde podría dar de beber a los caballos, reorganizar los escuadrones, descansar y pernotar allí. Pero se le ordenaría dar media vuelta para dirigirse a Drius, ya que esta base iba a ser evacuada y debía formar la vanguardia para proteger la columna organizada por Navarro en Drius.  Tendría, en consecuencia, que despejar la carretera y el terreno que la circundaba de enemigo para posibilitar el repliegue. A la orden del teniente coronel, los escuadrones dieron media vuelta y se dirigieron hacia Drius, protegidos por el de ametralladoras. Al rebasar Uestia y aproximadamente a dos kilómetros de la base, comprendieron el motivo; en aquella dirección, pudieron observar una gran columna de humo. Alguien, sin permiso del general, había decidido quemar el campamento que empezaba a ser evacuado. Esta desafortunada acción pondría sobre aviso a los cabileños de la zona.

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Marchaban por delante de la columna Navarro, los supervivientes de Cheif, soldados del regimiento de Infantería África 68 y de otras posiciones próximas a Drius. Era tal su abatimiento, que el general había ordenado al oficial más antiguo superviviente de aquella posición, el capitán Almansa Díaz, salir al frente de estas unidades por delante de la columna principal para evitar que contagiasen su desmoralización a las demás unidades. Al encontrarse el regimiento con esta pequeña columna, volvió a dar media vuelta, dispuesto abrir el camino a toda costa y a todas las fuerzas concentradas en Drius. Por ello, el capitán de estado mayor Sainz, que auxiliaba a Navarro, e incluso el propio general, pensaron que el regimiento se había desgastado en lucha individual hacia el Gan. Pero la columna Almansa estaba compuesta por cerca de 500 soldados, lo que haría muy difícil que tanto el general como el citado capitán, situados en el centro de la columna principal, pudieran ver la actuación heroica de Alcántara. En este sentido, el testimonio del capitán Chicote es determinante.

El despliegue que adoptó el regimiento fue el siguiente: El comandante Gómez Zaragozá al mando de los escuadrones 3º y 5º avanzarían por el sur de la carretera a Batel y el comandante Berrocoso  con los escuadrones 1º, 2º y 4º por el norte de la carretera, mientras el de ametralladoras debía seguir por la propia carretera a Batel. Difícilmente, el regimiento podría contar ya con más de 400 jinetes para cumplir su misión.

El teniente Bravo Serrano con su sección (1º escuadrón) estaba sobre la orilla del rio Kert en el servicio de protección de la aguada; cuando se apercibió del abandono de Drius y como no aparecía su relevo, decidió incorporarse al regimiento, al que alcanzó con rapidez. Presentado al teniente coronel, le ordenó que se incorporara a la vanguardia del lado norte de la carretera.

Nada más rebasar otra vez Uestia, fueron de nuevo tiroteados desde ambos flancos. No podían detenerse a contestar, pues los disparos eran realizados por cabileños aislados bien pegados al terreno, sin formar grupos y no compensaba cargar sobre ellos. Tampoco convenía pararse para combatir a pie, pues los indígenas de la zona habían aprendido que era mejor disparar contra los caballos, que, parados y agrupados por los jinetes guardacaballos, eran un buen blanco, aunque estuvieran a larga distancia. Pero los cabileños intentaron entonces envolver la carretera por lo que no hubo más remedio que alternar el combate a pie con la realización de las cargas. Al acercarse al Gan, el fuego enemigo se hizo mucho más intenso desde las lomas que flanqueaban la carretera. Es entonces cuando Primo de Rivera les ordenó cargar de forma continua, pero poniéndose él siempre a la cabeza de la unidad que atacaba, con su eterna sonrisa y palabras de ánimo; el escuadrón de ametralladoras les apoyaría con su fuego automático. Pero las Colt se interrumpían con facilidad y el capitán Triana y los tenientes Manterola Ramírez de Cartagena y Martín Galindo tuvieron que multiplicar sus esfuerzos para que el fuego de las ametralladoras fuera continuo y denso.

Los indígenas tenían terror a las cargas y, cuando eran sorprendidos por los “cazadores” del Alcántara, tiraban el fusil al suelo y pedían el amán (perdón); pero en cuanto eran rebasados volvían a cogerlo para dispararles por la espalda. Vistos por los siguientes que alcanzaban las lomas, se lanzaron para acuchillarles, como también lo hicieron los propios tiroteados, que se revolverían para rematarlos ya sin piedad.

Al reiterar las cargas, numerosos caballos, exhaustos, dejaban de galopar, quedándose sus jinetes retrasados. No tenía entonces más remedio que incorporarse a la columna Navarro, junto con los que se habían quedado a pie por muerte de sus caballos. Otros conseguían atrapar a los caballos que andaban sueltos por muerte de sus jinetes y volvían a incorporarse a su escuadrón.

En el rio Gan los cabileños habían cavado trincheras en el propio cauce seco y en ambas orillas. Se tendría que lanzar, por tanto, la última carga, que desde luego no podría ser al paso, ni tampoco al trote. A Primo de Rivera le habían matado ya dos caballos, el pura sangre Vendimiar y el famoso Pirote y tendría que montarse en el último que le quedaba, el tordo Carbonero. Al capitán Chicote le matarán también su caballo, que le caerá encima, quedándose conmocionado por lo que sería evacuado a Melilla. Nunca se recuperaría de todo. También serían evacuados a Melilla los tenientes Carrasco Egaña y Vea Murguía Palacios heridos de gravedad. En cambio, el alférez Cistué, que fue herido mortalmente en el pecho, no consentiría ser evacuado y allí entregaría su vida. Finalmente, el regimiento consiguió desalojar a los indígenas de sus posiciones y cruzaron el Gan. La columna Almansa también, pero, rehechos los cabileños, obligarían a la columna Navarro a combatir para pasarlo.

El capitán Ballenilla y su teniente Bravo del 1º escuadrón, el capitán Fraile con el alférez Sousa del 2º escuadrón y los “cazadores” de sus unidades que se mantenían a caballo serían los primeros en llegar a Batel. Habían visto cargar al frente de ellos a Primo de Rivera y pensaron que les precedía y, por ello, siguieron hasta Tistutin; serían entre 150 y 160 jinetes. Allí el teniente coronel Jiménez Arrollo les ordenó seguir a Zeluán, donde había sido enviado el tabor de regulares de Caballería. No se fiaba de los ascaris y temía su sublevación; además, no quería ver en peligro su línea de retirada. A la postre acabaría por marcharse a Melilla. En Zeluán los “cazadores” del Alcántara se encontrarían con parte del escuadrón provisional del que se había hecho cargo el capitán Fernández Tejero. Éste último estaba de permiso en la península y, al enterarse de la caída de Igueriben y el abandono de Annual, se presentó en Melilla, en donde pudo coger el último tren a Monte Arruit. Al no poder seguir a Drius, decidió volverse a Zeluán para hacerse cargo del escuadrón provisional.

A esta última unidad no le sería fácil llegar a Zeluán. A primera hora de la mañana del día 23 habían salido de Drius, lo que les permitió llegar a Tistutin hacia las 10,00 horas. Allí les impidieron seguir y se les exigió cubrir el sur de la posición, frente a la llanura del Guerrao. Pero los caballos no estaban en condiciones de llevar a cabo tal acción, por lo que se ofrecieron a realizarla a pie. Al fin, hacia las 16,00 horas les autorizaron a continuar la marcha. Una vez rebasada Zeluán, se enteraron de la evacuación de Drius y el teniente del Campo Cantalapiedra, que mandaba el escuadrón, decidió retroceder a Monte Arruit para esperar allí al regimiento, pero, en esta última posición, se les ordenó volver a Zeluán, donde llegaron al anochecer. Posteriormente, mandarían a Melilla a los jinetes y caballos en peores condiciones; por tanto, los “cazadores” que permanecieron en la alcazaba no rebasarían los 90. Junto con los jinetes que llegaron de las cargas del Gan, se reunirían allí quizás algo más de 250 “cazadores”.

Por otra parte, en Batel, Primo de Rivera pudo reunir otros 90  “cazadores”, por lo que, hechas las cuentas, se puede deducir que las bajas del regimiento en la tarde del día 23 habrían sido de más de 200 hombres.

En el juicio contradictorio, que finalmente se instruiría por el reglamento de 1920, quedaría claro que la actuación del Alcántara cumplía con creces lo estipulado en el artículo 55 (referente a la protección de la retirada) y el 76 (exigencia de un tercio de bajas) del mismo. Con respecto al primer artículo y según el coronel Bellido, algunos escuadrones de regimiento recorrieron 50 kilómetros el día 22 y, al día siguiente, hubo quien hizo cerca de 75,  sin contar las cargas y en un ambiente de tremendo calor y escasez de agua, cuando el reglamento de entonces señalaba que las jornadas normales debían ser de 40. De tales cifras puede calibrarse el tremendo esfuerzo que realizó Alcántara. Con respecto al segundo artículo y siguiendo a este último autor, las bajas totales del regimiento fueron de 510 a 530 de un total de 685 hombres en el campo. En ellas incluye a los asesinados en las rendiciones de Monte Arruit y Zeluán y su aeródromo, los 8 de la posición de Ishafen y los 15 fallecidos de la sección de 33 “cazadores” que estaban en Zoco el T´latza al retirarse su guarnición a la posición de Hassi Uesga en la zona francesa; habían formado la retaguardia de la columna y, en esta misión de protección, moriría el jefe de la sección, el sargento Benavent, y, como se ha expuesto, casi la mitad de la unidad. Si para la obtención de la Laureada sólo se tiene en cuenta a los que cargaron hasta el Gan, las bajas fueron más de la mitad; si se consideran las bajas totales, estas serían de, al menos, un 74%.

Por último, no debe olvidarse que, una vez desarticulado el regimiento, sus restos fueron el nervio de la defensa en Monte Arruit y Zeluán y su aeródromo. En la primera posición, el capitán Triana y unos 60 “cazadores” defendieron la zona de la puerta principal del acuartelamiento, tras unos simples sacos terreros, teniendo que llegar varias veces a la lucha cuerpo a cuerpo. En Zeluán, se distinguiría el capitán Fraile Rodriguez y el grupo de voluntarios que intentaron intercambiar agua por municiones y alimentos con el aeródromo. En este último lo haría el alférez Maroto y su sección. Se puede afirmar que, donde hubiera una pequeña unidad de Alcántara, su comportamiento fue intachable dando siempre la cara frente al enemigo.

Que el regimiento se había merecido el reconocimiento de su actuación, así lo entendió el instructor del juicio contradictorio para la concesión de la Laureada Colectiva, comandante Mourillo  López, que concluiría el expediente el 8 de febrero de 1933 con la siguiente afirmación: El juez que tiene el honor de informar es de parecer que en pocos casos como el presente está tan claro el derecho a tan apreciada recompensa como el del Regimiento Alcántara. Sin embargo, el Consejo Director de la Orden de San Fernando pidió realizar 5 nuevas diligencias el 20 de octubre del citado año, que se cumplimentaron y remitieron a la Orden. Por las informaciones que reclamaba, me da la sensación de que se dudaba en conceder la Laureada. De todas formas, el regimiento había sido disuelto por la reforma impulsada por Azaña en 1931 y la posible negativa del Consejo (es desde luego conjetura mía) no fue emitida por la Orden de San Fernando.

De lo expuesto en este artículo, sin exageraciones e intentando ser lo más objetivo posible, creo que el lector debería sacar la conclusión de que al fin se hizo justicia cuando por Real Decreto 905/2012 (1 de junio) se le concedió al Regimiento de Cazadores de Alcántara, 14 de Caballería, la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva. Y rememorando a Blanco Belmonte termino con su verso: el Alcántara es un grito: el de… ¡A la carga! Y sin dudar la llevó a cabo.

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¡Alcántara es un grito!

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