Empecé a frotarme los ojos por si era verdad. Me refiero a la intervención de Gabriel Rufián en el pleno de Ceuta el pasado día 3. De entrada, no se creyó a Pedro Sánchez. Como, por otra parte, el portavoz de Sumar, Enrique Santiago. Con el agravante de que están en el Gobierno. Criticando, pero cobrando.
El líder de ERC en Madrid se refirió, en efecto, a ese vídeo viral en el que se veía un camión lleno de gente que empezaba a bajar ante la actitud complaciente de un policía marroquí. Sin duda, había recibido órdenes. El agente en cuestión ni siquiera hizo ademán de sacar el bloc para multar al conductor. Llega a pasar en España y lo crujen.
«¿Ustedes no han visto las imágenes de los furgones cargados de gente?», preguntó mirando hacia los escaños del PSOE. «Y la Policía marroquí mirando como las vacas al tren», añadió. Las imágenes desmontan por sí solas el relato socialista. Incluso advirtió que los gobiernos caen por «mentir», en una velada alusión al Watergate.
La cosa fue subiendo de tono. «Frente al reto de la inmigración: orden, inclusión, integración, derechos y obligaciones». En lo de «orden» —me fijé— la repitió dos veces. Rufián se ha vuelto fachilla, pensé en tono irónico. «Yo digo que orden», repitió por tercera vez. También propuso «recuperar las vías legales de entrada», es decir, una inmigración legal y controlada.
A continuación, se puso de ejemplo: «Yo mismo soy hijo y nieto de inmigrantes». Sin embargo, Gabriel, no compares la inmigración del resto de España con la que viene del Magreb o del África subsahariana. Son culturas, idiomas y religiones distintas. Retomó lo de «derechos y obligaciones», que ahora ya no reclama nadie. La regularización masiva de Pedro Sánchez, de hecho, es a cambio de nada. Muchos ni siquiera conocen el idioma. Gratis total.
Luego dijo algo que podría decir también Santiago Abascal: «Quien la hace, la paga». Se llame Perico de los Palotes o «Hassan», continuó. Se entendió todo. No obstante, lo mejor estaba por llegar: «Los que entraron, que sean atendidos con celeridad y que sean devueltos con dignidad». «¿Qué imagen das al mundo si frente a esta agresión callas, tragas y pagas?», prosiguió. Nótese que no dijo «invasión», pero sí «agresión». Nada de «crisis migratoria», que es la versión oficial del Gobierno.
Lanzó un alegato final que, por cierto, yo ya le había visto en su intervención para presentar el eventual frente de izquierdas en Madrid el pasado 18 de febrero. Advirtió que «la izquierda mira a la realidad o va a ser arrasada por la vivienda y la inmigración». Y, como ha puesto de manifiesto en más de una ocasión Carlos Quero, portavoz de VOX en la materia, la primera está vinculada también a la segunda.
Ciertamente, la inseguridad ciudadana provocada por la inmigración descontrolada está socavando los feudos electorales de la izquierda. Sus votantes no viven en el Palacio de la Moncloa, ni en Galapagar ni, dicho sea de paso, en Waterloo. Sino en barrios con una elevada presencia de inmigrantes.
Acabé pensando que, en el supuesto de que no le salga el invento de la alianza progre —un sustituto de Sumar ante el previsible batacazo de Yolanda Díaz—, ya le veía llamando a la puerta de Vox. Difícil, en este caso porque todavía se confiesa “marxista”. De todos modos, no sería la primera vez que dirigentes que empezaron en la izquierda acaban en la derecha.
Y eso que quien hacía estas declaraciones es el mismo que proclamaba, en diciembre de 2015, que a los 18 meses regresaría a una república catalana independiente. Más de diez años después, ahí sigue: cobrando 10.000 euros al mes —son catorce pagas— del Reino de España. Eso sí: buscándose la vida porque ve que se le acaba.