«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

Algo que podríamos aprender de Japón

1 de mayo de 2026

Cuando consideramos el caso de España tendemos a ponerlo en comparación con eso que llamamos los países de nuestro entorno. Miramos a Francia o a Italia y, según les va a ellos, así oscila el termómetro de nuestra desazón. En las naciones que se enfrentan a problemas similares a los nuestros vemos un reflejo de lo que nos sucede a nosotros y, en ciertos aspectos, vislumbramos una confirmación de nuestras peores expectativas. 

Pero este modo de proceder no supone más que un triste consuelo. A fin de cuentas, el hecho de que los problemas sean de naturaleza parecida implica, de manera casi fatal, que los modos de paliarlos no difieran demasiado. Ello se debe a que hace tiempo que los países que conforman la Unión Europea entregaron buena parte de sus respectivas soberanías a una estructura de poder con sede oficial en Bruselas, pero a todos los efectos situada a años luz de distancia de los asuntos que preocupan a la gente. 

Nada de esto es nuevo. Ya conocemos la portentosa tenacidad con que desde el conglomerado tecnocrático de Bruselas se trabaja en el desmantelamiento de nuestras sociedades. De modo que quizá la inspiración para que Europa empiece a salir de la crítica tesitura en la que se encuentra haya que buscarla fuera del continente, y, más en concreto, allí donde, en mitad de un sinfín de conflictos, dificultades y paradojas, todavía hay un pueblo que se niega a decir su última palabra.

Es muy probable que nombrar el caso de Japón suscite una reacción de extrañeza. De hecho, la imagen más reciente que tenemos del país no invita al optimismo. Después de décadas de una pujanza deslumbrante, la sociedad japonesa lleva un tiempo asomándose al abismo. A su economía le cuesta despegar y sus índices de natalidad son catastróficos. Por otra parte, su vanguardismo tecnológico ha tenido efectos un tanto desestabilizadores sobre una parte de la población. Además, Japón arrastra una deuda pública equivalente nada menos que al 263% de su PIB. A ello hay que sumar el hecho, de sobra conocido, de que su todavía potente maquinaria industrial depende para su funcionamiento de las materias primas que importa. No parece, pues, que el ejemplo japonés sea el más adecuado para extraer una lección esperanzadora de cara a nuestro futuro.   

Y, sin embargo, Japón aguanta. Lo confirma la lectura de un estupendo libro, Japón en cien preguntas (Rialp 2025), cuya autora, Valérie Niquet, es especialista en cuestiones estratégicas en Asia. La fortaleza del país se asienta sobre pilares firmes: el apego a las tradiciones, la persistencia de una robusta clase media, un sistema educativo ejemplar y el lugar preeminente que siguen ocupando en la mentalidad colectiva virtudes tales como la disciplina, el civismo y la devoción por el trabajo. Si a ello se le suma el cultivo de un admirable espíritu estoico con el que los japoneses hacen frente a los desastres naturales que, periódicamente, sacuden la nación, lo que tenemos es que por las borrascosas aguas de la escena internacional continúa navegando un buque prácticamente insumergible. 

Es cierto que detrás de su voluntad de resistir a los embates de la adversidad hay una idiosincrasia cultural y una trayectoria histórica fuertemente marcadas por el carácter insular de la nación. Pero sobre todo hay un detalle que distingue a Japón de la mayor parte de las naciones europeas, incluida en un lugar preferente la nuestra: no ha sido infectado por el virus de la imbecilidad. ¿Y qué significa eso? En pocas palabras, que los japoneses desean que su país siga siendo habitado por una aplastante mayoría de japoneses. Aunque el suicidio por cuestiones relativas al honor goza de una amplia tradición allí, el suicidio colectivo no entra en los planes de los habitanes de la isla del sol naciente. 

A pesar de que su tasa de desempleo es muy baja (2,4%) y del acusado envejecimiento de su población, los japoneses tienen muy claro que no desean ser barridos por ningún tsunami migratorio. Una nueva ley, menos restrictiva que las anteriores, permite la contratación de trabajadores no cualificados (medio millón como máximo para una población total de 122 millones de personas), por una duración limitada a cinco años y sin derecho a reagrupamiento familiar. La medida tiene por objeto paliar la falta de mano de obra en sectores tales como la agricultura, la hostelería y el cuidado de personas mayores. Es decir, el gobierno no actúa como una ONG descerebrada, sino que existe una planificación sensata del fenómeno migratorio, sin perversos subterfugios electoralistas ni obscenos postueros morales, únicamente en función de las necesidades reales de la sociedad.

Ante todo, los japoneses temen que la cohesión social y la identidad cultural, bases de su prosperidad y fundamento de una convivencia pacífica, salten hechas pedazos. No se les puede culpar por ello. Nosotros hemos elegido ponernos en manos de gobiernos que conspiran contra el bienestar y la continuidad de sus naciones. La ruina económica, el colapso social y el enfrentamiento civil ya no representan un horizonte improbable. ¿Hay solución? Lo ignoro. Lo único seguro es que para que una sociedad siga existiendo como tal sus miembros tienen que estar convencidos de que no se merecen gobiernos que legislen para acabar borrándolos del mapa. Y, la verdad, dudo mucho de que nosotros lo tengamos claro.

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