«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Tocar la hierba (I)

1 de agosto de 2026

Del fuego agradezco que sea elemental, inteligible, más antiguo que el hombre. Si alguien viene y me dice: «El PIB nominal creció un 6%, pero, una vez deflactado, el crecimiento real fue del 2%», me quedo como estaba, porque no entiendo una palabra de todo eso. Pero si alguien grita «¡fuego!», además de celebrar la brevedad del mensaje, entiendo perfectamente de qué peligro me habla.

Es, como cualquier otra cosa elemental, como el agua de una riada, sujeto de manipulación ideológica, porque la ideología es el veneno de nuestro tiempo y está escrito que debe contaminarlo todo.

Pero lo primario va más allá del elemento en esto; también afecta a las personas que opinan sobre el fenómeno. Si han seguido los abundantes especiales informativos sobre los incendios, quizá hayan observado una curiosa tendencia: quienes sufrían personalmente la devastación o tenían más probabilidades de sufrirla en un futuro —la gente del campo— suelen culpar a la negligencia en ciertas prácticas comunes y ancestrales de cuidado de los bosques, mientras que los que opinan desde la absoluta lejanía de un despacho urbano tienen más probabilidades de achacar la devastación a causas más remotas, esotéricas, elucubradas en las torres de marfil de la academia, como el Cambio Climático Antropogénico.

Es, una vez más, la valla de Chesterton: el poder, urbanita y teórico, ve la valla, no entiende su sentido (ni lo busca honestamente) y la derriba. Y quien vive junto a la valla, en cambio, sabe por qué está ahí.

Y eso me lleva a pensar en una consecuencia fatal de la España vaciada, de la Europa vaciada. Esta expresión, por usarla Podemos, ha sido objeto de ridículo y críticas acerbas por parte de la derecha: España estuvo siempre vacía, dicen. No existe tal «vaciamiento». Pero claro que existe, sólo que lleva ya siglos sucediendo y no hace más que vaciarse. El éxodo masivo del campo a la ciudad no es un mito inventado por Podemos, sino un proceso que se estudia en todos los libros de Historia.

Y de las innumerables consecuencias de ese vaciamiento quiero fijarme ahora en una: el aumento exponencial de la credulidad política. El tópico suele achacar al campesino una credulidad risible. Y eso puede ser cierto en referencia a todo lo que el hombre no puede ver. Pero, en cambio, el campesino es, si acaso, exageradamente realista y pragmático en lo que ve y vive y experimenta, lo que le hace particularmente reacio a los cantos de sirena de las ideologías oficiales.

Los anglos, cuando quieren bajar de las nubes a un interlocutor excesivamente teórico, le aconsejan: «Touch the grass!», toca la hierba, es decir, toca suelo, comprueba de primera mano la realidad de las cosas. Y eso es exactamente lo que hacen cada día quienes trabajan en el sector primario: tocar suelo, tratar con la realidad material, aprender que la leche no procede del Tetrabrick ni las cebollas se crían en los estantes de Mercadona.

El Poder no quiere destruir el sector primario por razones de especialización económica o por mera estupidez irresponsable. Lo hace porque rendir por hambre a una población es el modo más fácil de controlarla. Un campesino es menos controlable políticamente porque tiene medios de resistir ese asedio; en el momento en que lo que comemos esté enteramente en manos de un puñado de multinacionales de ‘agrobusiness’, la dependencia será absoluta.

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