Allí no va ningún coche
Allí no va ningún coche
Por Julián Montenegro
1 de septiembre de 2026

Uno ha llegado a una edad en la que ya no regatea el precio de las cosas que quiere, porque regatearlas sería reconocer que las quiere menos de lo que presume. Por eso el domingo, cuando supe que el mejor cabrales del año se había rematado en Arenas por treinta y siete mil quinientos euros, no me llevé las manos a la cabeza como se espera de un hombre de orden. Me acordé, que no es lo mismo. Me acordé de un amigo mío, muy del norte él, que hace años me puso delante media tarta de aquello envuelta en un paño húmedo y la destapó en la mesa del bar sin decir palabra, como quien deposita una pistola. El queso olía a cuadra, a bota vieja, a domingo de niebla. Nos lo comimos con los dedos y pan duro, y ninguno de los dos calculó cuánto valía, porque entonces las cosas todavía no valían: sabían.

El de este año lo hizo una quesería de Tielve, la de Ángel Díaz Herrero, que ganó por tercera vez seguida con una pieza de leche de vaca de poco más de dos kilos, madurada nueve meses en una cueva a mil quinientos metros. Lo pujó una coalición, palabra que yo reservaba para los telediarios y los gobiernos que no se aguantan solos. Cuatro restaurantes se habían conjurado en secreto para llevarse el queso y repartírselo entre Madrid y Asturias, y solo enseñaron la carta cuando la de Gijón parecía haber ganado sola. El de Colloto, que mandaba en la subasta desde hacía seis años, pujó una vez, por los veintisiete mil, y se retiró a mirar. Hubo, por tanto, estrategia, pacto de caballeros y giro final, todo lo que un cronista le pide a una tarde, aunque el protagonista fuera un queso.

Pero el artículo no va de la puja. La puja es el escaparate, y a los escaparates les sienta bien la luz y el récord Guinness. La historia estaba tres párrafos más abajo, en una frase de la mujer que había hecho el queso, Encarni Bada, que lo explicó sin ninguna épica: «Nuestro queso se lleva a la cueva en una mochila a cuestas, allí no va ningún coche». Detrás de esa frase no había coalición ni telediario. Había una persona que subía a pie una montaña con la comida a la espalda, que la dejaba nueve meses a oscuras entre humedades, que criaba despacio ese moho azul que a un forastero le habría parecido una avería y que en una cocina de ciudad habría acabado en la basura, y que allí, en cambio, era la firma y el pan de una familia. La misma mano que subía la mochila bajaba luego a que unos señores de ciudad se disputaran su trabajo a voces. Eso sí que tenía carga dramática, y no la cifra.

Porque la cifra es lo de siempre, lo que hacemos ahora con todo: ponerle un número a lo que antes sólo tenía sabor y quedarnos tan anchos. Lo llamamos poner Asturias en el mundo, y a lo mejor lo es, qué sé yo. Pero uno sospecha que el mundo no necesita que Asturias esté en él, sino que alguien se calle y suba a la cueva, que es más difícil. Y lo sospecho con la boca pequeña, porque soy de los que pagan de más por el jamón cuando la cita lo merece y recuperan la propina cuando ella no mira. También abro la boquita ante la carta si el camarero pronuncia bien la denominación de origen. De la modernidad se ríe uno mejor desde dentro, que es donde estamos todos, masticando.

Me quedé pensando en la mochila. En que el queso más caro del mundo hizo su parte del viaje como en el siglo pasado, a lomo de una persona, por un sendero al que, en efecto, no sube ningún coche. Y en que treinta y siete mil quinientos euros compran, si uno los mira de frente, exactamente dos kilos de tiempo: nueve meses de oscuridad, una montaña y una espalda. Lo demás fue la subasta, que es ruido bonito. Mañana el queso estará en un plato de Madrid, cortado en porciones diminutas junto a una copa que costará su nombre, y alguien dirá que sabe a los Picos. Sabrá, sobre todo, a mochila. Buen provecho.

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