Amar a los perros
Amar a los perros
Por David Cerdá
5 de febrero de 2026

«Cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro», dicen que dijo Diógenes Laercio hace más de dos mil años. Los españoles nos lo estamos tomando, aparentemente, muy en serio. Una serie de factores, sobre todo culturales e ideológicos, se han conjugado para que el amor a los perros adquiera dimensiones irracionales. En España hay unos once millones, entre perros y gatos; de seres humanos menores de edad, tan solo ocho (los menores de cuatro años no llegan a dos millones); hace ya seis años que unos superaron a otros y la distancia se está ensanchando. 

Decía hace unas semanas la actriz Blanca Portillo que de los —terribles— consejos que le dio su madre para poner por delante su profesión, «no tener marido, no tener hijos y no tener perro—, había cumplido a rajatabla los dos primeros, pero no el último, porque «necesitaba cuidar de alguien». En ese pronombre indeterminado está el diablo. Ser dueño de un perro no es cuidar de alguien, sino de algo. Hay gente que entiende que esta es una cuestión semántica y, así pues, desechable, pero resulta que las cuestiones semánticas son decisivas, porque encierran ideas que mueven el mundo y administran nuestras prioridades personales y sociales.

Tal vez algún día se invente un pronombre indeterminado nuevo (entre algo y alguien) para los animales, todos o las mascotas; aunque dudo que haga falta, dados los derechos que ya les atribuimos sin necesidad de dicho pronombre. Los animales no son cosas; pero es que no utilizamos «algo» para referirnos a las cosas, sino precisamente a todo lo que no sea una persona. Ser o no una persona, es decisivo; por lo demás, no ser «alguien» no supone no ser digno de respeto y afecto. Un jilguero tampoco es alguien y no es una cosa. Referirse a los jilgueros como cosas por el hecho de no ser «alguien» denota una gran falta de sensibilidad; querer, por el contrario, que un animal sea un «alguien» es un disparate nos empeora de modos que ya son muy palpables.

Quien dude de esto último, atienda sin más al demencial asunto de los «perrhijos», que muestra con crudeza la deriva semántica y moral en la que hemos entrado: ya no basta con querer mucho a un perro, algunos necesitan elevarlo artificialmente a la categoría de descendencia para justificar sus decisiones vitales. Convertir al animal en «hijo» no cambia el estatus del perro, aunque sí habla, y mal, del adulto que lo proclama. Se infantiliza el lenguaje para aquietar la conciencia: si llamo «hijo» a mi perro, entonces no he renunciado a la maternidad o a la paternidad, sólo la he «reformulado». El giro no es inocente; consagra una mentira del corazón que borra las fronteras entre responsabilidad humana y compañía animal. Los perros no son niños, y necesitarlos como tales revela un desequilibrio social y personal que no deberíamos celebrar, sino examinar seriamente.

Se puede querer a un perro «como si fuera» un miembro de la familia, pero no como a un miembro de la familia. Ese «como si» es crucial. La frase «mi hijo me ama» y la frase «mi perro me ama» son tan distintas que necesitaríamos un verbo distinto a «amar» para las mascotas; de hecho, todo lo que no sea decir «mi perro siente afecto por mí» es un exceso que despista. Ese afecto puede ser maravilloso; los perros a menudo lo son. Pero es de una cualidad totalmente distinta, pues para empezar nuestro perro, a no ser que lo maltratemos brutalmente (y a veces incluso así), no nos puede no querer. Es imposible comparar la experiencia de perder a un perro a la de perder a un hijo. De nuevo: es algo tan distinto que habría que encontrar nombres distintos para las respectivas experiencias y emociones.

«Pero hay que respetar los sentimientos de las personas, sobre todo cuando son bonitos, independientemente de que los entendamos o no». Sí y no. Nadie es quien para meterse en la vida privada de nadie; pero es responsabilidad de todos discernir y llamar a las cosas por su nombre. Respetar los sentimientos ajenos no incluye violentar el lenguaje ni inventarse una realidad que guste a unos cuantos. Si queremos que haya más amor en este mundo, tendremos que añadir verdad a ese mundo, y no falsedades.

Hubo un tiempo en que las mascotas complementaban las familias: ahora las sustituyen. La presencia creciente de mascotas es parte de que los jóvenes posterguen o renuncien a la paternidad/maternidad. Ni que decir tiene que las dificultades habitacionales y la inflación tienen su efecto; pero hubo un tiempo donde llegar a fin de mes era heroico y aún así se tenían muchos más hijos. Si la sustitución de relaciones humanas por vínculos con mascotas se generaliza, la sociabilidad humana, las redes de apoyo intergeneracionales y la participación comunitaria van a seguir debilitándose. Esto no está siendo bueno ni para los animales. Cerca de doscientos mil perros son abandonados cada año; es difícil entender qué es la responsabilidad, el compromiso y el cuidado cuando no te has entrenado con personas.

Todo esto ya está teniendo y va a tener todavía más consecuencias devastadoras. En Japón, las mascotas superaron a los menores en 2003: es un país que se dirige a un autodestructivo invierno demográfico, un país que en poco más de veinte años está abocado a la quiebra (y no solo socioeconómica). Cada cual es muy libre de elegir qué hacer con su vida; no tenemos el derecho de entrometernos en eso. Pero, como ya escribí por aquí en otra ocasión, una cosa es «lo de uno» y otra «lo de todos». Si las opciones colectivas van por ahí nos espera un futuro sombrío. Hay que desincentivar lo que empeora a la sociedad e incentivar lo que la mejora. No hay por qué hacer de tener mascotas un lujo, pero facilitarlo —la estúpida medida anunciada a bombo y platillo por el señor Moreno en Andalucía de desgravar los gastos de veterinario, sin ir más lejos— es otro más de nuestros diversos suicidios colectivos. 

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