Bello es el riesgo
Bello es el riesgo
Por David Cerdá
10 de julio de 2025

Voy a robarle el título a Marcela Duque (qué hermoso es su poemario) para entonar un lamento, yo que de nostálgico no tengo un pelo. Hubo un tiempo en que uno, para llamar imbécil a otro, sabía que era inadmisible hacerlo escondido tras un seudónimo, una foto falsa y a kilómetros de distancia. La gente que de algún modo ensayaba eso, tirándote una piedra desde lejos y oculto tras algún promontorio, era objeto de escarnio, si no por parte de los miserables —claro—, sí de cualquier persona que supiera el significado del término «agallas». Podía uno arremeter sin causa y sin mesura contra otro, injustamente, en su caso, pero siempre rindiendo cuentas. Hoy, cualquier piltrafilla se parapeta en un nick para llamar imbécil a otro a propósito de un tuit o cualquier otra menudencia.

Tampoco había tanta gente opinando del intelecto ajeno tras leerle una frase o dos, ya que estamos. Salvo en la niñez y la adolescencia, etapas lógicamente carenciales, se entendía que un adulto no debía hacer eso. Y se cuidaba en especial de hacerlo la gente que no andaba sobrada de intelecto, por el posible ridículo. Estaba la prudencia de no saber quién tenías delante, y la probabilidad, tal vez alta, de que, tras intercambiar unas palabras, el imbécil resultases ser, por comparación, tú mismo. Pero claro, ya no hay que dar la cara. Ya no hay necesidad alguna de personarse —qué verbo tan carnoso y decisivo—, ahora puede una virtualizarse y, consecuentemente, desresponsabilizarse, además de deslustrarse. Cómo estarán de destruidas las autoestimas para que haya, no, para que abunden los tipos (y justo es decir que la mayoría son hombres) que van por las redes con sus pasamontañas y su ramita de espinas dando golpetazos a diestro y siniestro. De toda la vida es que resulte más fácil parecer listo que serlo; pero, señores del nick y la fotito random y la mala baba, que ya no es ni por los otros, que es por ustedes: ¿es mucho pedirles que se respeten?

Capítulo aparte para quienes van pidiendo desde su escondrijo infame que despidan a personas con nombre, apellido, foto y enlaces a redes profesionales por sus juicios. ¿A esto tampoco podemos llamarlo «cultura de la cancelación», sabandijas? Servidor, como es autónomo y me figuro que estos reptiles lo conocen, ha tenido bastante suerte, y como no sea dos o tres que en catorce años han manifestado —siempre tras el burladero— que yo no debería dar conferencias ni clases, a salvo he quedado. Pero tengo unos pocos amigos que por no jugar a la cochambre del partidismo y tener opinión propia y expresarla —mal o bien, pero con honor y donaire— han tenido que soportar estas jaurías furiosas de acomplejados. Sirvan estas páginas para expresar a los perseguidores mi desprecio: hay que ser malnacido para pedir que despidan a alguien porque no te guste lo que piense, esa ejecución civil abominable. 

Cuando la cosa se vuelve mediática es el acabose. Aquí ya vale a cara descubierta, porque la impunidad la da el supuesto servicio (¡ja!) a la ciudadanía y la democracia. Hace un tiempo tuvo que dimitir la directora de Salud de Castilla y León porque alguien sacó de contexto sus declaraciones y los medios de la ideología rival (hola, Angels Barceló) no dejaron de manifestar su asombro de que siguiera en el cargo hasta que, efectivamente, la pusieron en la calle. Me pregunto cuál será la técnica con la que después esta gente duerme. ¿Qué hay que hacer para enterrar en lodo la conciencia? Ni siquiera creo que basten los euros: sin inquina no se puede. En estas siempre me acuerdo del discurso que da ante la universidad Al Pacino en Esencia de la mujer, en la que, ciego y honorable, tiene que habérselas con unos cobardes y defender a su pupilo, en concreto, la parte en la que hace un receso y se dirige a ellos en estos términos: «En cuanto a vosotros, Harry, Jimmy y Trent, que estaréis por ahí, donde quiera que estés: ¡Que os jodan también!».

Es significativa, la etimología de «riesgo», que procede del latín resecare, «cortar, dividir», de donde proviene «lugar cortado y fragoso», que remite a «risco». Hay riesgo cuando puedes despeñarte, cuando hay peligro, es decir, cuando se intentan cosas. Todo intento de veras implica la posibilidad de que la cosa se tuerza (periculum es «ensayo, prueba»), y quienes nos dedicamos —entre otras cosas— a la creatividad y la innovación sabemos que nada interesante le ocurre a quien no prueba, pero como debe de ser, jugándose las perras. 

Nos da miedo el riesgo; nos acogota el peligro. No hay que echarle a la tecnología todas las culpas de esto que nos pasa, ni mucho menos, pues, aunque la tecnología no sea neutra, aquí lo que ha proliferado es un afán de control insuflado por dos instancias; los padres, en nuestro legítimo anhelo de que nuestros hijos no se dañen, les hemos retirado obstáculos que no debíamos, creándoles un entorno demasiado amigable; los poderosos, señaladamente los políticos, que se han publicitado como destructores de riesgos, peligros e incluso azares, para que los mantengamos.

Sirva la siguiente peripecia para saber cómo hemos cambiado, que dirían Presuntos Implicados. Cuenta en su autobiografía Helen Keller cómo, sorda y ciega, se mete en la mar por primera vez teniendo apenas ocho años. «Sentía que la marejada me mecía, y me hacía experimentar exquisitas sensaciones. De pronto, mi alegría se convirtió en terror». Tropieza con una roca, la sepultan las olas, se debate desesperadamente. «No tocaba tierra, el agua me rodeaba por todas partes», y así sigue hasta que el mar la arroja a la orilla, donde la espera su extraordinaria mentora, Anne Sullivan, que sin embargo no interrumpe histéricamente la experiencia, pues entiende que la necesita.

«Es bello el riesgo de creernos inmortales, | de vivir en tensión hacia lo excelso», escribe, poetizando estos vericuetos, Marcela Duque. Una de las peores cosas que tienen las redes sociales es que ya no hay que asumir ningún riesgo, ni de ridículo ni de ninguna otra clase. Y por eso sale de la cueva gente que antes se quedaba allí agazapada, para alivio del resto. No soy muy de ir legislándolo todo, y por tanto no me sumo a quienes creen que todo se solucionaría quitando los perfiles anónimos en internet. Prefiero que hagamos examen de conciencia y que tratemos de civilizar a algunos de estos troles, o, en su defecto, que hagamos lo que Pacino: mandarlos a la mierda.

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