A estas alturas ya sabe todo el mundo qué quiere decir «guerra híbrida»: ese tipo de guerra que no se limita al elemento propiamente militar, sino que pone también en juego recursos de cualquier otro carácter (económico, electrónico, psicológico, etc.) al servicio del objetivo mayor, que no es celebrar desfiles bajo banderas victoriosas, sino conseguir que el enemigo baje los brazos y renuncie a luchar. Nadie duda de que lo que estamos viendo en Ceuta es un ejemplo de guerra híbrida promovida por Marruecos para cobrarse plazas de territorio español en suelo africano, y sobre eso acaba de escribir el general Alejandre un brillantísimo artículo.
A Rabat una guerra convencional le resultaría extremadamente costosa porque difícilmente la ganaría y, sobre todo, porque le crearía tal cantidad de problemas políticos y económicos que el régimen marroquí saldría tocadísimo. Por el contrario, en una guerra híbrida tiene todas las de ganar. Especialmente si utiliza como arma algo a lo que nosotros no sabemos hacer frente: carne, carne humana en grandes cantidades, carne sin uniformes y desarmada, lanzada en masa sobre una frontera que ya ha demostrado antes su fragilidad. Monseñor Argüello ha llamado a eso «biopolítica» y es una etiqueta muy acertada: las vidas humanas como instrumento de la política (y de la guerra). Los occidentales, en general, tenemos muchos miramientos con esas cosas porque, por civilización, mantenemos una cierta idea esencial de la dignidad de la vida humana, pero eso no rige en otras civilizaciones. Jünger lo estudió muy a fondo en El nudo gordiano. El régimen marroquí sabe que eso le funciona. Ya lo hizo en el Sáhara. Y le seguirá funcionando.
Importa subrayar los precedentes en la historia reciente porque uno lee ahora ciertos análisis sobre los acontecimientos de Ceuta y se diría que esto es la primera vez que pasa. Pero no, estamos ante una dinámica agresiva sobradamente conocida. La reivindicación marroquí de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla es un clásico de la política de Rabat. Nunca ha sido un farol: Marruecos necesita espacio y, sobre todo, plazas estratégicas que le permitan imponerse como potencia hegemónica en su área. Ceuta y Melilla lo son, como nuestras plazas de soberanía insulares y, a mayores, las Islas Canarias. Semejante pretensión supone una amenaza cierta sobre un país –nosotros– que pertenece a la Unión Europea y a la OTAN, pero la diplomacia marroquí ha jugado exactamente las mismas bazas: alianza inquebrantable con los Estados Unidos y asociación privilegiada con Bruselas, con pingües beneficios para los lobbies políticos y económicos europeos. Frente a eso, España no ha hecho nada. Rectifico: ha hecho lo peor que podía hacer, que es seguirle el juego a Marruecos.
Todo el mundo sabe en España, hace mucho tiempo, qué habría que hacer para pararle los pies a Marruecos, qué medidas puramente técnicas le pondrían de rodillas, como el famoso cable submarino que provee desde España hasta el 20% de la energía que consume Marruecos; qué medidas económicas convertirían a Ceuta y Melilla en ciudades de primer orden, como la potenciación de sus puertos; qué medidas militares harían de esas ciudades españolas plazas inexpugnables (vuelvo a remitirme al artículo del general Alejandre). Lo interesante es que esas medidas no se han adoptado nunca por ningún Gobierno, ni del PP ni del PSOE. Al revés, todo lo que se ha hecho ha sido siempre para beneficiar a Marruecos, y de forma especialmente obscena desde que gobierna Sánchez. Y también todo el mundo en España sabe por qué: por el conglomerado de intereses que Rabat ha sabido crear en España, y que hace que buena parte de nuestra oligarquía prefiera transigir con Rabat antes que defender el suelo español. Huele a traición. Lo es.
Todo el mundo sabe esto, en efecto, o al menos lo sabía, y por eso suenan tan patéticas todas esas cábalas que circulan ahora por ahí, bien alimentadas por el mismo Gobierno que ha facilitado la invasión, acerca de supuestas conjuras exteriores cuyo responsable local, en España, sería el único partido que viene denunciando la fragilidad de nuestra frontera sur, es decir, VOX. Sin duda VOX comete muchos errores, como todo el mundo, pero, sobre este asunto, basta tirar de hemeroteca para constatar que los únicos que advirtieron del peligro fueron sus portavoces. Frente a esas advertencias, todos los demás (socialistas, populares, musulmanes) se coaligaron para convencernos de que aquí no pasaba nada. Pues bien, ha pasado. Pero ahora resulta que, por arte de birlibirloque, la culpa es de los que lanzaron las advertencias, no de los que las ignoraron. Hay una finalidad política evidente: alguien advirtió que algo ocurriría, ese algo ha ocurrido, esto va a beneficiarle, por consiguiente… digamos que la culpa es suya. Burdo, pero eficaz, por lo que se ve.
La conexión Trump-Netanyahu-Abascal es una típica operación de «causalidad diabólica» (Poliakov) o, si se prefiere, de chivo expiatorio, en el sentido de Girard, que el Gobierno español se ha apresurado a promover para lavar sus pecados con la sangre de un enemigo imaginario. La primera acción de guerra híbrida marroquí sobre Ceuta tuvo lugar en 2021. No gobernaba Trump, sino Biden, y Marruecos ya empleaba el software Pegasus israelí. No recuerdo que en aquella ocasión nadie le echara la culpa de nada a Biden, mucho menos a Israel. Tampoco la Unión Europea hizo algo distinto a lo que ha hecho ahora: paños calientes con Marruecos. ¿Pero de verdad alguien cree, en serio, que esto de ahora ha sido una conjura judeoalauí? ¿No es suficientemente transparente la pasividad del Gobierno español, su inconcebible negación de la realidad, su sumisión a Marruecos después de la invasión, su evidente voluntad de dejar que la situación se pudra (y, con ella, los ceutíes), su claro mensaje de que la culpa no es de Marruecos, sino nuestra? Hemos visto a Don Julián entregando las llaves del Estrecho y el traidor dice que la culpa es del imperio bizantino, o sea, de la «internacional reaccionaria». Y no faltan, al revés, sobran hermeneutas que creen haber hallado aquí la clave para interpretar los siempre complejos libros de Hermes Trismegisto de la geopolítica planetaria. Es absolutamente irracional.
Nos gobiernan nuestros enemigos
La realidad es bastante más simple. Visto desde Washington o Tel-Aviv (o Moscú o Londres o Bruselas), el conflicto de la frontera sur española no deja de ser una riña local entre dos países que forman parte de la misma área de poder global (la americana), uno de ellos ascendente (Marruecos) y el otro descendente (España), y nadie quemará aquí sus esfuerzos mientras se garantice el control americano del estrecho de Gibraltar y la red europea (España incluida) de negocios con Marruecos, que es lo que a ellos les interesa. Por supuesto que en Washington o Tel-Aviv se habrán dibujado amplias sonrisas vengativas. La política exterior es una disciplina muy cruel. Nadie es tu amigo. Y tu aliado puede dejar de serlo. Si uno juega el papel de chico díscolo del barrio, está en su derecho, pero con la condición de que haya calculado previamente las consecuencias. Si no lo ha hecho, entonces la irresponsabilidad roza lo criminal, porque ha comprometido a toda una nación. Si además estás de hinojos ante el que te agrede, como es el caso del Gobierno español, entonces hay doble pecado. Al final nuestro problema se resume en una frase tan dolorosa como innegable: nos gobiernan nuestros enemigos.
Los hermeneutas de la conjura mundial harían bien en mirar la realidad tal cual es, antes que tratar de encajarla a golpes en los moldes que previamente han construido. Por ejemplo: «VOX es el partido de la oligarquía extranjera», decía esta semana un apresurado analista. Tiene gracia, en realidad. La «oligarquía extranjera» propiamente dicha no existe: desde hace más de un cuarto de siglo es una oligarquía transnacional que en España tiene sus propios agentes, y que no están al servicio del «extranjero», sino precisamente de esa misma oligarquía, que en nuestro tiempo es esencialmente apátrida. El programa de esta oligarquía es transparente y llevamos años sufriéndolo: abolición de fronteras, inmigración masiva, externalización de la producción, revolución industrial (léase transformación energética, con las políticas climáticas que le sirven de coartada), desnacionalización del poder, etc. Por supuesto que hay partidos que comparten este programa. No sólo partidos, sino instituciones transnacionales decisivas como la Comisión Europea. Ahora bien, de todos ellos, en España es justamente VOX el único que se opone abiertamente a ese programa: el único que ha denunciado la inmigración masiva, las fronteras lábiles, los acuerdos de librecambio transnacional, la pérdida de soberanía de las naciones, la transición energética… Curiosa forma de servir a «la oligarquía».
Al final, la impresión que a uno le queda es que toda esta polémica forma parte también de la «guerra híbrida»: nada mejor para poner de rodillas al enemigo que desviar su atención hacia una realidad imaginaria o, por lo menos, secundaria. Está claro que quien haya montado esto nos conoce bien. Lo lacerante es que, en el caso de Ceuta, la operación no la ha desplegado sólo el agresor, sino también el gobierno del agredido, con la colaboración de demasiadas voces con mucho adjetivo y bastante poca cabeza. Esto también es una enseñanza: el patriotismo español es tan endeble que el «debate patriótico» termina girando en torno a qué extranjero prefieres. Es una enfermedad que hay que curar.
Quede claro: nadie va a ayudarnos, ni americano, ni israelí, ni chino, ni alemán ni, mucho menos, marroquí. La soberanía se defiende desde la propia nación. La nuestra está en manos de gente que, muy visiblemente, la ha vendido, aún no sabemos hasta qué punto (pero pronto lo sabremos). Así las cosas, lo primero es neutralizar al verdadero enemigo, que es el traidor. Y después, pero sin perder tiempo, empezar a reconstruirlo todo desde cero (desde cero, sí). También aquí hay que reiniciar España.