«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

Cien pasos de arcén

3 de agosto de 2026

A mi padre lo vi plantar los triángulos de emergencia una sola vez, un mediodía de agosto de finales de los ochenta, en la cuneta de una nacional que hervía camino del pueblo. El coche había empezado a oler a embrague quemado, un olor dulzón y metálico que se pegaba al paladar como se pega el sabor de una moneda chupada en la infancia, y mi padre lo arrimó al arcén con la solemnidad del capitán que encalla su barco sin perder la gorra. Recuerdo el maletero abierto, las bolsas de playa apartadas a manotazos, el estuche de plástico naranja con su cierre de clac, y a aquel hombre en camisa de domingo alejándose por el arcén con un triángulo en la mano, muy derecho, mientras los camiones le pasaban tan cerca que la camisa se le inflaba y se le deshinchaba como una vela sin gobierno. Contamos los pasos desde el coche porque él los iba cantando en voz alta. «¡Cien justos!», gritó al plantarlo, como quien clava una pica.

Aquello era una liturgia y nadie nos había avisado. El triángulo exigía del averiado un rato de intemperie: bajarse, caminar la distancia reglamentaria por el borde del mundo, agacharse, plantar la señal como el náufrago planta su bandera en la arena, y volver despacio, comprobando de reojo que el trípode aguantaba el vendaval de los camiones. Era un trámite físico, con sudor y con gravilla incrustada en las rodillas, y por eso mismo tenía algo de ceremonia de hombría administrada: el padre de familia salía a la carretera a defender a los suyos con un arma de plástico reflectante. Después volvía al coche, abría el capó y se quedaba mirando el motor un buen rato, sin tocar nada, porque mirar el motor era otra liturgia y a nadie se le pedía que además entendiera.

Pero el triángulo se ha jubilado, y me entero la misma semana en que media España carga el maletero. Este primer fin de semana de agosto se esperaban en las carreteras cinco millones y medio de desplazamientos, vigilados desde el aire por helicópteros y drones y desde los pórticos por cámaras que detectan al que va sin cinturón o mirando el teléfono. Al averiado de ahora ya no se le pide caminar: se le pide una baliza, una lucecita amarilla conectada a una nube estatal que la geolocaliza, con multa de hasta 200 euros para quien la lleve muda. Se coloca en el techo sin bajarse del coche, sacando el brazo por la ventanilla, y desde ese momento el sistema sabe dónde está uno tirado, en qué punto kilométrico exacto se le paró la vida.

Compré la mía hace poco. La probé en el salón y estuve un rato mirándola parpadear encima de la mesa, con sus destellos amarillos de tómbola de pueblo en fiestas. Reconozco que es un invento sensato, que el arcén mataba, que caminar aquellos cien pasos era regalarle el cuerpo a la estadística. Los ingenieros han tenido la piedad de ahorrarnos la parte peligrosa del rito, que era exactamente la parte que lo convertía en rito. Y uno, que nunca supo qué buscaba su padre debajo del capó, que abre el suyo cada muchos años sólo por comprobar que el motor sigue allí, no es quién para añorar intemperies ajenas. La baliza me protege. La nube me acompaña. Alguien sabrá siempre en qué cuneta estoy.

La otra tarde, ordenando el garaje de la casa del pueblo, encontré el estuche naranja en su balda, con los dos triángulos dentro y el cierre de clac todavía obediente. Lo abrí y lo cerré un par de veces, por oírlo. Pensé en aquel hombre en camisa de domingo, contando pasos en voz alta por el borde de la nacional, tan serio, tan necesario durante media hora exacta de una avería. Le hice una foto al estuche con el teléfono, que la subió solo a su propia nube, donde ya me guardan tantas cosas. Pero no lo tiré. Lo dejé donde estaba, al fondo de la balda, por si algún día vuelven a hacer falta cien pasos de arcén.

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