Pocas personas parecen poder opinar legítimamente sobre inmigración. Uno es el presidente de la CEOE, que la pide; otro es el presidente de la CEE, que la bendice. Quien preside la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, dejó esta semana, en un desayuno informativo, unas reflexiones sobre el hecho migratorio adornadas de sapiencia doctrinal sobre el orden del amor, ordo amoris. La idea de que el bien empieza en uno mismo y concéntricamente se ensancha daría paso a la idea de un bien común que «aterriza en lo local» atravesado por lo global, lo que afectaría a la responsabilidad de los Estados para procurar el bien común de su nación, que como comunidad de decisión económico-moral queda desbordada.
Ha de atenderse a lo global, escuchar lo global, pero si uno escucha, no es difícil percibir un trasfondo ideológico en las opiniones de Argüello sobre política exterior. Por ejemplo, cuando dice que «nuestro mundo es un mundo global en trance de constituirse en mundo multipolar». Parece más bien el nuestro un mundo que se repartirán con cierta cordialidad Estados Unidos y China, óptica que se evita porque sería tanto como decir que el mundo es bipolar y que el polo cristiano lo defiende Trump.
La fraseología es prestada y no del todo inocente. Por ejemplo: «los flujos migratorios suceden», expresión que le da a la emigración un sentido natural e irremediable.
Pero podría no ser del todo así. Esta misma semana, Estados Unidos anunciaba su rechazo al Pacto Mundial para la Migración, y acusaba a las agencias y funcionarios de la ONU de colaborar en la inmigración masiva dirigida hacia Estados Unidos, Europa y el Reino Unido, a veces contra el deseo del pueblo en cuestión y contra la propia seguridad de los inmigrantes.
Los flujos suceden pero con importantes ayudas institucionales. El Pacto Migratorio, firmado en Marrakech en 2018, incluía en su articulado el compromiso de los Estados para disciplinar a la prensa y controlar los mensajes sobre inmigración. Lo migratorio llega a ser una cultura política entera.
Ahora Trump retira a Estados Unidos de este pacto (que insta a la inmigración masiva a y a la regularización), niega de forma expresa la migración de reemplazo y anuncia como objetivo la remigración, que en EE.UU echa a andar con 800.000 deportaciones. Es un cambio de palabras para un completo cambio de intenciones: de la regularización a la remigración.
Trump no solo rompe con el mundo woke, el del cambio climático, los frenos energéticos o la OMS; también con el sistema internacional migratorio e invita a seguir sus pasos.
Volviendo a Argüello y sus palabras, podríamos decir que el mundo es global, sí, pero que la globalización puede reformularse, redefinirse, en sí misma campo de batalla; y que en China hemos visto una multipolaridad que más bien es cosa de dos.
Si el mundo no es exactamente como nos dicen, ¿por qué no volver a una noción de bien común ceñida a su comunidad política?