El periodismo deportivo lleva toda la vida agarrándose a la ley de la oferta y la demanda para justificar que sólo hablan del Madrid y el Barsa, que si algo no aparece en las noticias es porque no hay un público objetivo que lo demande. De tal modo que si uno es sevillista y de su equipo no cuentan nada a diario —aunque sea el tercer club español con más títulos europeos— eso obedece a que no hay audiencia suficiente reclamando tales informaciones.
Ni siquiera esto es verdad, como le recordó un estudiante de Periodismo a Alfredo Relaño, histórico director del As, durante una charla en un colegio mayor hace casi 20 años. El ejemplo es el fútbol sala, el deporte más practicado en España, cuya presencia en las páginas de los diarios y televisiones es nula. Que el último peinado de Cristiano Ronaldo sea más relevante que la actualidad de cualquier equipo de primera división obedece —sostienen los gurús de la información deportiva— a que tiene un impacto mayor en la audiencia. Más clics. Es el mercado, amigos.
Por algún motivo este principio de la economía no se aplica a disciplinas como el fútbol femenino. Aquí la cosa cambia y la generación de periodistas que fumaba en la redacción, coleccionaba becarias y tenía una botella de Soberano guardada —no escondida— en el escritorio no explica qué ha pasado. Estos señores alcanzan la jubilación poniéndose de perfil y pasan el testigo tratando de convencer a sus viejos lectores de lo mucho que, de pronto, les interesan los regates de la estrella del equipo español femenino de la que, disculpen, desconozco el nombre.
El resultado es que hoy apenas hay diferencias entre la información política y la sección de deportes del telediario, prolongación de las noticias sobre violencia de género o incipientes talleres feministas en Nigeria. Nos han machacado con las historias de superación de deportistas trans que, oh sorpresa, acaban siempre ganando. Hombres jugando contra mujeres y hombres cambiándose en el vestuario femenino pasarán a la historia como las grandes conquistas del feminismo contra el heteropatriarcado opresor.
Es complicado encontrar otro tema donde haya mayor distancia entre la oferta y la demanda. El fútbol femenino está sobrerrepresentado. Mediáticamente dopado. En los últimos años proliferan —escalan— periodistas que fingen gran interés en tandas de penaltis de puntería mejorable y partidos con menos emoción que un solteros contra casados. No les mueve el deporte, sino el activismo. Algo intuimos cuando los periodistas del As saltaron al campo con las caras pintadas en la liga de medios.
Todo ello demuestra que los grandes cambios sociales no los promueve el pueblo, sino que la cosa siempre va de arriba abajo. Que no elegimos nada, salvo las opciones que el poder ya ha pensado antes para nosotros, por eso quizá la mayor estafa de la democracia sea creer que decidimos por nuestra cuenta. Quién dicta qué es la opinión pública, quién determina de lo que se habla en los medios, qué debates son los nucleares, quién condiciona la agenda política.
Hace dos veranos fuimos testigos del beso de Rubiales a Jenni Hermoso, acontecimiento que abrió periódicos y agitó las tertulias. Todas las futbolistas del equipo español, y ella la primera, se reían del asunto en el autobús tras el partido. Incluso la protagonista dijo en Cope que el beso era una anécdota y no había que darle importancia. Los medios, sin embargo, hicieron creer a la población que nuestros sentidos no captaron la realidad, que nuestros ojos no vieron un beso consentido ni a Jenni a carcajadas o bromeando con el tatuaje «no hay verano sin beso» desde Ibiza días después. Como decía Groucho Marx: ¿a quién vas a creer, a tus ojos o a mí?
El feminismo tocó el silbato, dictaminó que había caso y, tras la presión ejercida, logró que Jenni acabara denunciando a Rubiales. Aquel beso desató las iras de quienes callan ante agresiones de verdad y guardan silencio cuando las violaciones las comete Mohamed.
Nos acordamos de esta farsa cuando dos años después el feminismo hace la conga en Torre Pacheco. Son mujeres que cantan «que se vayan», pero no se lo dicen al inmigrante de Mali que violó a una joven en Alcalá de Henares o a los tres marroquíes que pegaron una paliza a un anciano en el pueblo murciano. O al repartidor colombiano que violó a una niña de cuatro años. El machismo campa a sus anchas excepto entre magrebíes y subsaharianos, que se agarran al trenecito.
Hay que preguntarse por qué de la manada de los sanfermines lo sabíamos todo. De qué equipo eran, dónde trabajaban y hasta dónde vivían sus familiares. Y sus caras, que las veíamos a todas horas. Los extranjeros, por lo que sea, nunca salen en pantalla. Lo de Pamplona se estudiará en las facultades de Derecho y Periodismo, entre otras cosas, porque las pancartas del feminismo, movilizado ante la puerta de la Audiencia Provincial de Navarra, estaban escritas antes de conocer la sentencia. Los jueces se enfrentaron a una presión inaudita, aunque uno de los tres emitió un voto particular argumentando la absolución de los acusados.
El caso de Torre Pacheco también pasará a los libros. Ilustrará el hundimiento de una sociedad de la mano de un movimiento, el feminista, que llama terroristas a hombres inocentes y víctimas a los agresores.