Continente busca elite
Continente busca elite
Por Hughes
16 de febrero de 2025

En un momento de su discurso en Múnich, Vance dice que la «magia de la democracia» no está en los edificios de piedra, los hermosos hoteles, «ni siquiera en las grandes instituciones que construimos». Está en aceptar lo que dice el pueblo. En crear mandatos democráticos tan fuertes como para producir cambios. No mandatos débiles, no un poco de pueblo, no el murmullo de centro del pueblo asustado, sino el pueblo hablando. Vox populi

La democracia no son solo, como nos repiten constantemente, las instituciones, sino también, y sobre todo, el mandato del pueblo al gobernante. El pueblo debería poder controlar y cambiar al que manda, pero al menos, ¡qué menos! que el gobernante no lo esclavice, disuelva o empobrezca.

Esto de Vance es exactamente lo contrario de lo que nos dicen constantemente: «La democracia son las instituciones». Las instituciones fosilizadas, inaccesibles, sacralizadas y cerradas en sí mismas mientras se abomina del pueblo y se convierte en dudoso lo popular, en lexema arrojadizo.

El triunfo de Trump, el desmantelamiento del USAID, la llamada a la paz (fin del otaneo) en Ucrania… y ahora el discurso de Vance en Múnich. Paga la coca, cuarto aviso. Algo está cambiando en Estados Unidos, cabeza del cometa de Occidente, y nos afecta a nosotros, la cola o, si queremos decirlo más bonito, la estela.

Trump y Vance le dicen a Europa que se van a centrar en otras aguas más turbulentas, cosas de mayores, y es hora de empezar a cuidarse sola. Por supuesto, sin renunciar ellos a su posición hegemónica, a su dominio, pero al abrir a Europa la posibilidad de su autodefensa, le abre también un mayor margen de autonomía.

Vance termina de retratar la situación. Hay dos Occidentes ahora mismo. Uno es el conocido, el sedicente liberal globalista, el del viejo Partido Republicano y el actual partido Demócrata en Estados Unidos, del que lo woke sería última expresión degenerada, síntoma,  y que en Europa cristaliza en las instituciones de la Unión y sus élites, donde «nuestros valores democráticos compartidos» se han sovietizado y la democracia es el discurso de la democracia y las instituciones de la democracia, pero en absoluto el pueblo, del que se alejan excluyendo a los llamados populismos de izquierdas y derechas, y la propia tradición cultural cristiana, de repente disidente bajo los conceptos «contenido de odio» y «desinformación».

Vance y Trump traen otro posible. No nos viene ya a través  de los capilares subrepticios del USAID sino en  discursos disruptivos. Proponen sustituir ideología por sentido común (repensar el clima, lo universal…) y actualizar lo democrático integrando sectores de la población ahora silenciados o sepultados demográfica y presupuestariamente.

Se trata de abrir la «democracia» lo suficiente para poder definir, por ejemplo, quiénes somos. Porque en la democracia tutelada que EE.UU instaló en Europa el pueblo no tiene el cratos pero ahora incluso pierde el demos, deja de ser. La inmigración es el elefante en la habitación que señala Vance.

Hay un «nuevo sheriff», el mundo es otro, los enemigos son otros (al menos sus enemigos) y mientras le enseñan a Europa, menor de edad, el dibujo de la nueva situación, las nuevas instrucciones (o podemos llamarlas coordenadas de navegación) le animan a encontrar otro papel, otra manera de ser… Quizás Europa no alcance una nueva mayoría de edad, pero ya puede quedarse en casa sola con una pizza y una película… Europa, no puedes emanciparte del todo, pero ¡puedes espabilar!

Un cambio político histórico puede llegar por una revolución; que el pueblo se haga con el poder y cambie las instituciones desde abajo. Esto es sumamente improbable y quien hable de esto se engaña (lo que es disculpable y encantador) o engaña a los demás (y esto resulta menos simpático)

Otro cambio es que dentro de un país cambien las élites y con ellas el discurso. Aquí, tras 40 años de franquismo y 50 de consenso, con los padres colocando a los hijos que  colocan a los nietos mientras matan al abuelo, es mucho más que improbable.

Y existe la posibilidad de que una ola exógena, un nuevo discurso en unas nuevas circunstancias, un cambio cultural, político, tecnológico, un corrimiento histórico de élites en el hegemón anime el cambio, lo estimule. Un cambio que empiece por las élites, que hagan posible un nuevo pacto o compromiso con el pueblo. Como mínimo eso.  Que a partir de ellas haya cambios suficientes para que la voz del pueblo sea admitida. El pueblo no como una sospechosa turbamulta destructiva, sino como aquello que porta consigo el sentido común.

El discurso de Vance podría ser interpretado así. Giran los polos occidentales y Europa se enfrenta al final del cuento de «nuestros valores democráticos compartidos» y la feliz globalización unívoca e incuestionable. Es un fuerte golpe de realismo, pero todo eso, que se interpreta como un mensaje negativo e hiriente en Trump, tiene también algo positivo, un lado optimista, una posibilidad de futuro que trajo Vance en su discurso: Europa puede aprovechar esto para cambiar en una dirección opuesta. Madurar, reencontrarse. Volver a definirse. Democratizarse. Ojalá del todo, pero como mínimo un poco.  Estrechar un nuevo pacto con sus pueblos. Se lo dijo a unas élites estupefactas que deberán ser sustituidas de inmediato y a la mayor velocidad posible.

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