Llega el otoño y la izquierda vuelve a la calle tras ocho años de hibernación. Aún estamos lejos de la gimnasia revolucionaria que sus cachorros ya no pueden practicar, físicamente venidos a menos, testosterona bajo mínimos, tras años de cursillos para deconstruir la masculinidad tóxica, dietas veganas y otros sometimientos aliades. Habrá violencia, eso seguro, aunque haya que subrogarla a hordas extranjeras, tal como La Sexta hace pasar a moritos por peligrosos ultraderechistas a la caza del invasor. Si Ferreras saca la varita mágica sabemos que estamos ante algo gordo.
El poder está en juego y el PSOE encara el curso decisivo con los deberes hechos. Broncano, Inchaurrondo, Cintora y Manu Sánchez (el perro andaluz) sudan la camiseta en TVE. Ferreras y Wyoming en Atresmedia. Por si el duopolio y Prisa no fueran suficientes, La Séptima de Javierito y Santaolalla aterriza en mes y medio. A todo eso hay que añadirle la fuerza del BOE y el mundillo de la cultura subvencionada con sus actores de guardia capaces de recitar guiones, pero no de aprenderse el nombre de la desahuciada. Son toneladas de propaganda que nos caen encima y esta semana hemos asistido al primer ensayo.
El tufillo a 15-M en año electoral es indiscutible. Cuando el Supremo frena el pucherazo y descubrimos que el PSOE contactó con narcos para amedrentar a la juez del hermanísimo, Moncloa toca el silbato y sus medios desvían el foco. Lástima que ocho años de Gobierno progresista no hayan frenado los desahucios, urge más progresismo. El ruido sepulta lo mejor de la historia: Maricarmen pagaba un alquiler irrisorio gracias al proteccionismo franquista y es desalojada por dos leyes socialistas, facto imposible de asimilar por el rebaño fanatizado.
Lo esencial, por supuesto, es la propaganda. La abogada de la anciana desahuciada hace una gira por las televisiones. La izquierda pone música, rostro y nombre a Maricarmen, convertida en símbolo, justo lo que no hace con los violadores de las jóvenes ceutíes. O con el exmarido de Mónica Oltra, condenado cinco años por abuso sexual a una menor tutelada por el gobierno valenciano de su señora. También hubo niñas abusadas en Baleares cuando lo presidía Armengol. Jamás activaron el hermana yo sí te creo ni cortaron una calle o hicieron programas especiales.
El equipo de lagrimita sincronizada que ahora finge empatía con Maricarmen es el mismo que rodeó y acosó en la calle a una señora embarazadísima, Begoña Villacís, apenas 48 horas antes de dar a luz. Nunca se ha tratado de la mujer, siempre es el quién y no el qué. Lo ocurrido esta semana nos da una pista de lo que vendrá. La izquierda desempolva el viejo axioma de ganar en la calle lo que no cree posible en las urnas.
Y es aquí cuando resurge el debate sobre la violencia política, artefacto rentabilísimo para quienes la han ejercido. La violencia abre camino y a esta verdad —como a tantas otras— le tienen auténtico pavor las almas cándidas de la derechita que conciben la política como un lugar confortable, no el instrumento para transformar la realidad. En contra del relato rosa oficial, Bildu no habría tenido tanto poder sin las cinco décadas de terrorismo de ETA. Otegui llegaba a la mesa de negociación con centenares de muertos encima y eso le otorgaba una posición de fuerza. La imposición del terror y el miedo expulsó a 200.000 vascos, por eso el separatismo goza de una hegemonía absoluta construida con sangre, no ganada en debates parlamentarios.
Enfrente hay una organización plenamente consciente del marco. Sánchez inaugura la legislatura levantando un muro contra la oposición y el odio de la derecha reaccionaria. Luego amnistía la violencia separatista del 1 de octubre, pero le da la vuelta al relato: premiar a los violentos y legitimar el golpe es apostar por el diálogo y el perdón. Antes había indultado a los golpistas y eliminado el delito de sedición, hazaña impensable sin el adiposo cinturón mediático que justifica sus corruptelas, invasiones y traiciones a la nación.
Esta desfachatez orwelliana, la de convertir la guerra en paz y la libertad en esclavitud, sólo es capaz de hacerla la izquierda española, campeona en magnicidios. En menos de cien años mató a cuatro presidentes: Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero Blanco. Y en 1906 casi deja a España sin rey cuando el anarquista Mateo Morral atenta contra Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia el día de su boda.
Un siglo después la violencia política se ejerce bajo tres firmas: la separatista, la izquierdista y la importada. Llegará el día en que haya respuesta, entonces llorarán y dirán que viene el fascismo.