Sol y mojito. La cabeza llena de lápidas. Leo siempre todo a la vez. Estos días a Camba, a Santa Teresa de Jesús, a Christopher Dawson, y a Steinbeck. También El libro de la madera de Lars Mytting, que me tiene loco, y ahora quiero a todas horas un hacha y un roble sexy al que tirarle los tejos. No encontrarás un lector más caótico, y quizá tampoco un escritor más cambiante. Por ser preciso, diría que soy anormal, si no fuera porque mis enemigos estarán deseando darme la razón en algo por una vez.
Llevo más de veinte años haciendo lo único que sé, de la manera más desorganizada que puedo, y tratando de disimular mis cicatrices con el aspaviento ligero de la sonrisa. Sólo guardo un compromiso firme, decidido, e inquebrantable con la independencia, aunque puede quebrarse fácilmente si la billetera es gorda, la vida es breve, o el cabello es muy rubio, la falda muy corta, los ojos muy claros, y no dice demasiadas veces “literal”. Literal.
Muchos de mis amigos en el oficio se han muerto ya, porque quise aprender de los mayores y de los talentosos, y ahora soy un poco huérfano y cada día conozco menos caras cuando abro las secciones de opinión de los viejos periódicos. Hubo un tiempo en que mi vida parecía una granja, porque desayunaba, comía y cenaba entre columnistas y tertulianos; no es ofensa, que yo siempre he sido el primero en rebuznar.
He padecido levemente la inquina de algunos políticos y partidos, porque he padecido también levemente eso que llaman fama, que en mi caso casi siempre se ha traducido en que, cada cierto tiempo, un tipo ebrio se empeña en tenderte la mano en el preciso instante en que estás meando en el urinario contiguo del baño de una discoteca. A menudo es siempre el mismo. Está bien así. Quizá porque, siendo de la playa, siempre vuelvo a lo que cantaba Santi Limones, con metáfora marinera: “Crecí siempre de cara al mar / respiro mejor entre la normalidad / que una gran ciudad”. Y allá en las Américas, donde las mieles de las letras sí me han sido más propicias estos últimos años, hay demasiadas estrellas en el firmamento y es fácil ser uno más, o si te descuidas uno menos.
Junto a las etiquetas más variopintas e ingeniosas, se me atribuyen un par de artículos falsos y un puñado de cosas que no he escrito jamás y me hace gracia, porque yo creía que eso sólo le pasaba a Alfonso Ussía y a Arturo Pérez-Reverte. Y aunque hay todavía directores de orquesta que presumen de haberme cerrado la puerta por canciones que nunca canté, celebro más la suerte de haber tenido abiertas todas las que me importaban. Me encanta cuando algún brontosaurio mediático insinúa a sus negociadores que sean precavidos porque no está claro que sea del todo de los suyos, y es cierto, porque yo no soy ni de los míos. De eso se trata. Que a mi me aburre infinitamente lo grupal, la tinta sincronizada, y tengo alergia a los argumentarios. Ya sé que no es una virtud, pero ser llanero solitario no se elige, y tampoco quiero cambiar el mundo; hay un montón de gente trabajando en eso ya, empezando por la Divina Providencia.
Afronto, en fin, sospecho, eso que llaman madurez de tinta, llevo casi dos años a cuestas con la novela que me hará feliz entre las cuartillas y los rones, sigo escribiendo a pluma cuando me dejan en paz los azares de cada día, si yo no me río no publico el chiste, aspiro a nada y todo como siempre, y maldigo mil veces el proyecto de ley del Gobierno contra la libertad de los medios y periodistas.
No tengo madera de héroe, ni mucho menos, salvo que el héroe sea el John Wayne que abandona sigilosamente el pueblo al final de la película renunciando a los laureles y a la chica, y aun así, mi respuesta a esta bazofia liberticida de Sánchez es la única que me permite mi anormal naturaleza, lo que, dicho con palabras apócrifas de Sócrates, es bastante fácil de sintetizar: seguiré escribiendo lo que me salga de las pelotas.