Defensa del anglicismo
Defensa del anglicismo
Por Carlos Esteban
21 de febrero de 2026

Tras casi cuarenta años al frente de los destinos de Portugal, el dictador António de Oliveira Salazar sufrió en 1968 un accidente y quedó incapacitado para gobernar, de modo que el presidente de la República, Américo Tomás, nombró al profesor Marcelo Caetano como jefe del gobierno. Pero nadie se atrevió a informar al dictador de este relevo, así que Salazar pasó los dos últimos años de su vida convencido de gobernar un Portugal imaginario, disponiendo, consultando, decretando y despachando en un escenario de comedia.

El de los últimos años de Salazar es un caso extremo, un Goodbye, Lenin! a la portuguesa. Pero sospecho que algo parecido, en menor grado, menos paródico, sucede con muchos gobiernos, quizá la mayoría, que como el nuestro parecen legislar sobre un país imaginado en el que, como el Yahvé del Génesis, llaman seres a la existencia con su mera palabra.

También sucede con instituciones menores, y una reciente colaboración de Javier Carrasco en la sección Ideas de LA GACETA me ha hecho pensar en la Real Academia, pobrecita mía, convencida de que está limpiando, fijando y dando esplendor a algo tan ingobernable como es el idioma, cuando su principal utilidad real es la de árbitro en el Scrabble.

Carrasco deplora la invasión de anglicismos en nuestro idioma, resultado, dice, de la capacidad de imposición que ofrece a la anglosfera su poder y su riqueza. Nada que objetar al análisis, salvo quizá que no es meramente imposición sino conveniencia, que quienes innovan, inventan, descubren y crean suelen tener el derecho de dar nombre, en su idioma, a tales novedades. Y esos son hoy, por lo que sea, predominantemente quienes hablan en inglés.

Confieso que yo he militado casi toda mi vida adulta en ese bando entre pesimista y combativo —una lucha verdaderamente contra molinos de viento— que ve en la abundancia de anglicismos un deterioro del español, una derrota continua. Pero, con el tiempo, he llegado a pensar que la situación no es meramente distinta a la que pensaba, es la inversa.

El español no va a desaparecer en absoluto bajo una avalancha de anglicismos, va a enriquecerse con un puñado de ellos. Es el idioma que presta el que pierde, y el idioma que acoge el que gana. Y el mejor argumento lo he encontrado en la propia lengua «invasora», el inglés. Y es en parte lo que le da su vitalidad.

El inglés es un idioma mestizo, un crêole, una lengua germánica obligada a simplificar su gramática para ser más fácilmente entendida por la clase gobernante normanda, que hablaba una variante del francés. De hecho, desde 1066, ningún monarca inglés habló inglés como idioma nativo hasta Enrique IV, ya en el siglo XV. Eso llevó a la lengua a admitir una enorme cantidad de barbarismos, especialmente del francés.

El resultado en ocasiones fue una serie de palabras “duplicadas” (a veces, triplicadas, como en «deed», «feat» y «fact»). La ventaja es que si originalmente los dos términos (el de origen anglosajón y el francés) tienen un significado idéntico, al adaptarlos adquieren connotaciones sutilmente diferentes. «Freedom» y «liberty» significan ambas «libertad», pero no en idéntico sentido, no son perfectamente intercambiables.

Lo mismo sucede con los anglicismos en español: el inglés «pierde», el español gana. Por ejemplo, Carrasco cita el caso de «followers» en lugar de «seguidores». No es que defienda su uso, pero cuando dices «followers» hablando en español, te estás refiriendo a un concepto mucho más reducido e inequívoco: las personas con acceso automático a tu cuenta en una red social. No hay el menor riesgo de que por adoptarla con ese estrecho significado vayamos a decir «soy follower del Real Madrid». Para el anglohablante, en cambio, la palabra carece de esa especificidad.

Hay idiomas frágiles, hay idiomas al borde de la extinción: el español no es uno de ellos, precisamente. El español goza de extraordinaria salud con sus centenares de millones de hablantes, y uno demuestra que está sano cuando es capaz de comer para digerir y nutrirse, no para enfermar de indigestión.

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