Deja pasar a la madre
Deja pasar a la madre
Por Itxu Díaz
7 de agosto de 2025

Aquello de la vieja humanidad. Si ves a una madre con un bebé en un carrito, y una niña en una mano, otro pequeño en la otra, y tres bolsas colgando del hombro, cruzar la ciudad apresuradamente, y ocurre lo que sea, una discusión de eso que ahora los cursis de las alcaldías llaman movilidad ciudadana, con tu patinete, tu coche, tu plaza en el bus, y te enzarzas en una violenta disputa con ella propinando insultos y amenazas delante de sus hijos, escondidos tras ella muertos de miedo, eres lo que la academia define con precisión como un gilipollas. De hecho, eres el prototipo, el que rompió el molde. Hasta el incidente sólo tenías aspecto de ser un imbécil, la camiseta roñosa del Che Guevara decía lo suficiente sobre ti, pero ahora ya has ascendido de categoría en la pirámide que culmina en la escoria social. Deberíamos besar el suelo por donde pisa cualquier madre con sus niños pequeños.

En una semana he observado tres disputas similares. Anteayer la situación fue al revés. Una chica joven en una discusión de tráfico con un abuelo. Todo por una plaza de aparcamiento. Su coche, eso ya es lo de menos, cruzado en la calle parando el tráfico a otros veinte, porque la niña pretendía tener razón a cualquier precio, que su culo vale más que el del mundo entero porque le han contado en el curso de meditación y empoderamiento que ella lo vale todo. Treintañera corta, ella; el tipo, en los largos ochenta. Viejo de mierda para arriba, viejo de mierda para abajo. El hombre temblando, discutiendo sin proferir insulto alguno, defendiéndose, en realidad, que a fin de cuentas llegó antes a la plaza de aparcamiento, aunque eso sea lo de menos. Y la joven huyendo cual rata cuando otros alegres transeúntes se disponían a auscultarle sus niveles de miseria humana cara a cara.

Las ciudades fueron un invento interesante cuando la cortesía todavía era un valor popular. Las ciudades no funcionan cuando lo que rige las normas de conducta es el posicionamiento inquebrantable, el aquí están mis pelotas, y el desprecio absoluto a los demás, con los que compartes espacio urbano. Y, al igual que al volante, donde cualquier español cree que conduce infinitamente mejor que la media, muchos de los que se quejan de la pérdida de valores y cortesía en la sociedad son los primeros en enzarzarse en groseras disputas testosterónicas por cualquier conflicto cotidiano con desconocidos.

Siempre ha habido, claro está, idiotas incompatibles con la vida en comunidad. La diferencia es que eran la excepción y hoy parecen la norma. Justo es decir que los políticos han convertido las ciudades en hervideros de gresca, en lo que a tráfico se refiere, que circular es imposible, que hay semáforos extenuantes hasta en los propios semáforos, que es imposible cruzar una ciudad sin destrozar el coche entre badenes, que no se puede aparcar en ningún sitio, que hay cámaras vigilando si tu coche le gusta a Úrsula o no en cada esquina, y que todos los agentes que no tenemos para seguridad ciudadana están ocupadísimos crujiendo a los contribuyentes a multas por normas que mutan cada tres días. 

En mi pequeña calle, sirva lo local como universal, había dos esquinas de acera baja y libre, que utilizaban a menudo los repartidores para sus breves estacionamientos. Por poner el contexto: es más fácil que dimita Pedro Sánchez que aparcar en mi calle. La alcaldesa ha considerado emergencia nacional instalar sendos bancos en esos dos huecos que utilizaban las furgonetas de reparto, y que utilizábamos los propios vecinos, por ejemplo, para descargar el coche a la vuelta de unas vacaciones. Ahí están los banquitos. Quiero pensar que al menos los pintarán de colorines el próximo junio. Nadie jamás se ha sentado en ellos y tan solo han servido de inspiración para los grafiteros, pero los repartidores ya no pueden aparcar ahí, de modo que intentan la imposible doble fila. Así, observo desde mi ventana no menos de seis o siete discusiones diarias, entre el currante que va a hacer un reparto, el camión o el autobús que queda atrapado, y el tipo de atrás que pierde la paciencia en la espera y quiere matar al repartidor. Algunas han acabado a bofetadas, y eso también es asombroso, que ahora la gente insulta con la peor de sus maldades y se sorprende si alguien recoge el guante. 

Han convertido las ciudades en un infierno. Han eliminado enormes porcentajes de calles circulables con las estúpidas normas ambientalistas, y el trozo de ciudad resultante no puede absorber todo el tráfico. Todo eso es verdad. Pero es para todos, y la ira no es razón para perder la cortesía y la humanidad. La ira es más útil en las urnas.

El embrutecimiento de la sociedad es una plaga. Y una plaga deprimente. Hace mucho tiempo que, en cualquier situación como las relatadas, no escucho a alguien decir «no te preocupes, ha sido culpa mía»; cosa que sólo tiene mérito cuando no es verdad. Una sencilla fórmula que fue la que hizo posible los barrios y las ciudades. 

Cincuenta años recordándole a la gente que lo más importante son sus derechos y, por lo que veo, la mayoría lo ha asumido así. Quizá habría que impulsar otros cincuenta años recordando obligaciones al personal. Y la buena educación, la cortesía, y la empatía con los más débiles, aunque por desgracia no la recoja la Constitución, es la primera de las obligaciones de quien quiere vivir en sociedad. El resto, a la granja, que hay plazas libres en el establo, que la mayoría se ha mudado al Congreso.

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