Pasar el fin de semana con una persona con demencia senil ofrece una perspectiva curiosa. Seguir el avance de la enfermedad a lo largo de meses es asistir con angustia a un robo lento, como si alguien entrara en nuestra casa cada día sin ser visto para llevarse un mueble, un objeto, en un proceso lento pero imparable hasta dejarnos entre cuatro paredes desnudas.
Primero se pierden los detalles, luego los nombres, luego los rostros. Al final, a fuerza de ir desaprendiendo quiénes son los otros, uno acaba olvidando quién es él mismo. La pérdida de la memoria es el derrumbe de la identidad. Las cosas dejan de tener continuidad, y lo que era una vida se convierte en una sucesión de momentos inconexos, una especie de presente perpetuo, desordenado, en el que cualquier cosa puede ocupar el lugar de lo que ya no está.
El historiador Fernando Paz dice a menudo que el pasado no es parte de lo que somos: es lo que somos, no hay otra cosa. No es que los pueblos que olvidan su historia estén condenados a repetirla, es que ni siquiera llegan a pueblos, son meras colecciones de individuos que no saben muy bien qué hacen ocupando el mismo espacio, bajo una etiqueta que ya solo tiene un función administrativa, constitucional. Es nuestra enfermedad. Occidente envejece. Y con la edad, en lugar de ir adquiriendo sabiduría, va perdiendo la memoria.
En el caso de nuestras sociedades, sin embargo, no ha sido el mero paso del tiempo lo que nos ha llevado a esta patética situación. Ha sido tan intencional como un envenenamiento. Se ha trabajado mucho para llegar hasta aquí. Durante décadas se ha enseñado a desconfiar de lo heredado, a mirar el pasado con incomodidad e incluso con culpa, a sospechar de cualquier rasgo que nos ofrezca continuidad. La tradición se ha convertido en una carga, la historia en una lista de culpas y la identidad en algo que conviene manejar con pinzas, cuando no quitarse de encima como si quemara.
Cuesta cada vez más responder a preguntas que antes no necesitaban formularse: quiénes somos, qué nos une, qué esperamos de quienes llegan. Porque si esa amnesia generalizada se diera en aislamiento, siempre habría alguna forma de recuperar ese pasado y, con él, la identidad.
Pero a ese debilitamiento se le ha sumado otro fenómeno, el más evidente y dramático de nuestros días: la transformación acelerada de la población con la llegada diaria de personas con referencias, lealtades y costumbres totalmente ajenas a las que dieron forma a estas sociedades.
El fenómeno es tan nuevo, tan inesperado, que las palabras habituales no nos sirven. Los que siguen hablando de inmigración son como personas que llamaran a un cáncer «resfriado» porque nunca se hubieran topado con la enfermedad. Tan nuevo, súbito y radical que cualquier solución que se maneja suena a enormidad. Pero sin esa solución, no hay futuro, porque habremos perdido el pasado.
Sin memoria ni siquiera hay integración posible. Lo único que queda es la yuxtaposición: grupos que coinciden en el mismo espacio sin llegar a compartirlo del todo. Vecindarios, ciudades, países en los que se convive, pero no necesariamente se pertenece. Es absurdo hablar de «pueblo» entonces.
Como en el caso de la demencia senil, la gradualidad del proceso —rápido, pero no inmediato— nos ha paralizado. Si en un día, o una semana, entraran por nuestras fronteras, con banderas desplegadas, los doce millones de inmigrantes de primera y segunda generación que tenemos en España saltarían todas las alarmas. Pero ha sido todo más silencioso, a pasos calculados.
Así es más fácil no pararse a pensar que una comunidad puede desaparecer sin que nadie la destruya directamente, que basta con que deje de recordarse a sí misma, que la ocupen otros que traen su propia historia, su memoria particular y lejana, ajena a este suelo.