El periodo vacacional de verano, que siempre ha servido para descansar y divertirse, ahora es fundamentalmente para desconectar. Ese es el verbo. Nunca hemos estado tan conectados como ahora, y por tanto nunca hemos necesitado tanto desconectar en cuanto salimos de la oficina el último día. Esa primera cerveza de las vacaciones, a la que hacemos una foto con el móvil. El primer chapuzón en la piscina del hotel o en la playa. La primera cena con la familia o con los amigos. El año se nos hace demasiado largo, y si nuestros padres y abuelos trabajaban sus horas pero después se iban a casa, nosotros nos hemos acostumbrado a llevarnos en el teléfono o en el tablet parte de nuestras tareas al cuarto de estar. Internet es lo que tiene.
En ese verbo, desconectar, va implícito el componente tecnológico y cibernético que protagoniza en buena medida nuestra existencia en el siglo XXI. Cruzamos las calles (ojalá por los pasos de cebra) mirando la pantalla de nuestro smartphone porque no podemos esperar ni diez minutos a llegar a un sitio donde nos podamos sentar. Cada vez aparece la presbicia, o vista cansada, a personas de menos edad, debido a la cantidad de horas que pasamos con la mirada fija en un rectángulo luminoso de 15 por 7 cms. No somos capaces ni de bajar la basura sin llevarnos el teléfono con nosotros, «por si acaso». Las nuevas tecnologías han cambiado nuestras vidas, y quizá todavía sea pronto para saber si para bien o para mal. Puede que al cincuenta por ciento.
Lo cierto es que nos resulta cada vez más difícil alcanzar formas de ocio o entretenimiento que no pasen por las dichosas pantallitas. Todos buscamos instintivamente ese rato de soledad donde las redes sociales nos acercan el mundo que antaño solamente nos mostraba la televisión; la realidad diseccionada, seleccionada, comentada y enriquecida con IA, a golpe de clic. El mundo que nuestros abuelos no podían ni imaginar lo tenemos nosotros estirando un dedo. Pero la gran pregunta es: ¿Necesitamos desconectar también de esto? ¿No estaremos en la aparente paradoja de que el ocio vinculado a nuestros teléfonos se ha convertido en una forma de esclavitud y de opresión…, en algo en realidad más exigente que el propio trabajo?
Para ser sinceros, seguimos conectados incluso cuando desconectamos. No es un chiste ni un meme, sino una creciente realidad ver a parejas cenando a solas, uno frente a otro, cada uno mirando su celular. «No sin mi móvil» sería hoy el lema de la mayoría de jóvenes y no tan jóvenes. Y es que todo, o casi todo, lo tenemos ahí: la forma de pago en los comercios, la agenda de las personas que nos importan, los partidos de fútbol de nuestro equipo favorito, las series que nos enloquecen…Llevamos nuestro mundo en el bolsillo. Por eso es cada vez más difícil caminar por la calle y no chocarnos con otros que van, como nosotros, sin alzar los ojos, consultando el último wasap que les ha llegado, escribiendo un email urgente que habíamos olvidado, o pidiendo a Google Maps que nos lleve hasta una calle desconocida.
Pero el verano nos invita a escapar de estas rutinas y volver al contacto personal (que no es incompatible con el uso de las tecnologías, pero a veces puede verse muy afectado por ellas). A comprobar que no pasa nada si no miramos la bandeja de entrada de nuestro correo cada media hora. A darnos cuenta de que las pantallas nos impiden a veces ver la realidad tal cual es, como la hizo Dios; una realidad sin cristales rojos ni filtros psicodélicos, diseñada por una Inteligencia Superior, mucho más perfecta que la artificial. A comprender que esos ojos que tenemos enfrente, y que habíamos dejado de mirar para ver el wasap de un desconocido, probablemente sean los ojos de la persona que más nos quiere. Y que prestar atención es la primera forma de amar.
Las vacaciones ya no son estrictamente un tiempo de parar, físicamente hablando, sino sobre todo de cambiar de hábitos y de rutinas. La de la desconexión digital debería ser casi obligatoria, por salud física y mental. Puede ser radical (meter el teléfono en un cajón y no sacarlo hasta el último día de las vacaciones), o moderada (consultarlo un par de veces o tres al día); pero fundamentalmente debe obedecer a un principio de descanso reparador. Desconectar unas semanas para poder seguir conectados el resto del año. Reparar todas esas cosas que hemos podido dañar como consecuencia del tiempo que hemos quitado a lo que más merece la pena en la vida. Aprovechemos para abrir bien los ojos y mirar la realidad de frente.