Domingo electoral
Domingo electoral
Por José María Contreras Espuny
9 de mayo de 2026

Basta hablar con un par de jóvenes para comprobar que no le tienen a la democracia el cariño que se merece. Le ven problemas, sobre todo en la práctica, como si tuviera mejor pinta por fuera que por dentro, como si fuera una buena idea mal ejecutada. Yo, en cambio, pienso que la democracia vale la pena, aunque sólo sea por el ritual de los domingos electorales. Algunos opinan que deberíamos, de hecho, hacerlo más a menudo, que menudeen los plebiscitos sobre asuntos de calado. 

No estoy de acuerdo. Como los mundiales de fútbol, las votaciones tienen que ser excepcionales y disponer de un espacio donde puedan reverberar. La democracia, igual que el amor o las gomas de borrar, se gasta de tanto usarla. Si el acontecimiento se repitiera cada poco, confundiríamos las papeletas con el confeti. Además, entre autonómicas, locales, europeas y generales, ya votamos un poco demasiado. Con todo, aún no estoy empachado y los domingos electorales me resultan tan gratos que, en conciencia, no contemplo ninguna forma de gobierno que no sea la democracia.

La próxima cita es inminente: el 17 de mayo, las andaluzas. En mi pueblo coincide con el último día de Feria. Habrá vocales que vivan un sábado de 48 horas, con el cuerpo hecho una escombrera; presidentes que pidan el DNI con la voz ronca, fallona, desfalleciente. Muchos paisanos, como es lógico, acudirán a votar a última hora y con resaca. ¿Influirá en el resultado? Seguro. La falta de sueño y las fatiguitas nos vuelven timoratos, lo que puede beneficiar a Moreno Bonilla, que ha mostrado una neutralidad que lo mismo sirve para demostrar que Andalucía ha cambiado, como para sostener que sigue siendo la misma. Andalucía cambia y no cambia. Andalucía depende. Las listas de espera, por ejemplo, han mejorado según algunos parámetros; pero a la hora de la verdad los médicos se encuentran cada vez más lejos de sus pacientes. Será porque el universo se expande. Pronto adquirirán una condición casi exclusivamente teórica.

Con tantos niños y tan madrugadores, no creo que llegue al colegio electoral en un estado del todo lamentable. Iré a la Feria el sábado, por supuesto, pero poca cosa: marchas cortas, boquita de piñón y pronto en casa. El 17 me levantaré temprano, encimado por los chiquillos. Nos endomingaremos y saldremos a la calle. Espero que haga bueno. Después de misa acudiremos a la Plaza de Abastos. Allí, en el centro del patio, estará instalada la mesa electoral. Siempre llevo mi voto decidido y siempre me entran las dudas en cuanto llego; no por motivos políticos o ideológicos, sino humanos. Es la visión de los interventores la que me hace flaquear.

A diferencia de quienes componen la mesa, que acuden obligados y bajo amenaza de multa, los interventores lo hacen por amor al arte, por vicio, por íntimo convencimiento. En un momento en que no abundan los fervorines democráticos, ellos se levantan a primera hora, se cuelgan la credencial y dedican el domingo de Feria a velar una urna transparente con un puñado de papelitos, como custodios vocacionales de una abstracción. Querría votarlos a todos, partir mi papeleta como un pan milagroso y que ninguno se quedara con hambre. No puedo hacerlo, no me dejan, y por eso tengo un sentimiento de culpa que procuro mitigar extremando la amabilidad, muy en especial con los interventores de los partidos que no he votado.

Luego nos iremos a almorzar. Probablemente con la familia, que es la única con la que se puede hablar de política sin tapujos. Te conocen: no creen que tu elección pueda empeorarte, mucho menos mejorarte, porque si no lo ha hecho un buen casamiento, ya me dirás tú. A última hora de la tarde se pone la radio. Empieza el escrutinio. De repente, el porcentaje pega un brinco y el panorama empieza a decantarse. Hay escaños que oscilan, dudan, parecen tener voluntad propia. Unos encuestadores sacan pecho y otros explican que la demoscopia es una ciencia muy compleja en la que uno puede acertar equivocándose. Aunque la jornada es memorable, suele acabar en bajo: las valoraciones de los resultados por parte de los candidatos se prestan a expresiones de muy mal gusto y a todas luces inexactas, que si «la voluntad ciudadana», que si «la confianza de los votantes». Sólo alguno, especialmente en la derrota, apura el mal trago y se comporta con la dignidad que merecen sus interventores. Antes de que concluya el día, me queda la impresión de que casi todo ha merecido la pena. Por eso, al menos hasta que no haya un sistema que me ofrezca algo parecido, seré, sin entusiasmo pero con fidelidad, partidario de la democracia.

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