«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Don Diablo

6 de octubre de 2026

La (digamos) democracia española le ha cogido miedo a Pedro Sánchez. Como Butragueño en sus buenos tiempos, cuando la coge, el estadio aun piensa a ver qué inventa. Se ha ganado esa expectativa, incluso ha estimulado una creatividad en nosotros. Ya cualquiera te elucubra una hipótesis sobre un plazo de recurso, el Supremo, la composición de la Junta Electoral… Nos movemos todos a nivel de disposiciones adicionales y Sánchez obliga a leer la letra pequeña. Qué tío. Vamos a ir a las urnas sugestionados, cerrando el sobre con saliva como si el voto fuera la carta a la novia de un soldado.

De alguna manera, podemos decir que con él hemos aprendido a conocer mejor nuestras instituciones. A apreciar su elasticidad, sus auténticas posibilidades; ahora, por ejemplo, la diputación permanente. En esos órganos que antes eran oscuros lugares del trámite, ahora nos jugamos «las libertades». Cada subcomisión es vital. Frente a la mirada rutinaria del antiguo opositor pepero, Pedro mira a las instituciones con otros ojos, con ojos libidinosos llenos de inventiva. Las desnuda con la mirada. Las pone mirando a Cuenca. ¿Se resisten acaso las instituciones?

Tras la convocatoria, Bolaños tuiteó ayer la portada de un libro, Breviario de campaña electoral, de Marco Tulio Cicerón. En tiempos de la república, un romano Iván Redondo ofrece consejos para aumentar los amigos y reblandecer a algunos enemigos, y precisa: «En los más pequeños beneficios los hombres encuentran motivo suficiente para apoyar a un candidato».

Los pequeños beneficios ya no son las clásicas bicocas para vascos y catalanes. Ahora toca la vivienda.  Pudiera ser que la derecha plantee un plebiscito sobre Sánchez, y Sánchez lo haga sobre el alquiler. «Prorroguémonos el contrato» podría ser su lema electoral, inquilino en Moncloa exprimiendo el clausulado.

Con su sincero clientelismo, Sánchez parece estar a medio camino entre Lula y la alta corrupción judicializada de Brasil y la incitación de Melenchon a la revuelta de los jóvenes franceses. Pumpido es su Alexandre de Moraes y la vivienda su mecha juvenil.

Por eso los decretos que rechazó el Congreso serán aprobados por la diputación permanente. «Gobierno ilegítimo», dijo el primer día Abascal. E ilegítimo se va. ¿Legal, no legal? Una afición estos años ha sido ver a los juriscentristas institucionalistas tirarse de los pelos más cortos cada vez que un hombre arruinaba él solo, sin freno ni sanción, «nuestro Estado de Derecho»? Ah, Weimar con reguetón… Nunca estamos a la altura de su consternación.

Y no es que Pedro sea muy listo (que tonto tampoco parece), es que tiene mil asesores personales armados de IA hasta los dientes (con alineadores invisibles) y todos los sensores de la administración en su poder. Cuando el más enterao de X hace un hilo ‘ojo-cuidao’, reacciona a lo que ellos pensaron hace días. Sánchez sabe algo de nosotros que nosotros todavía no. Es esa sensación de que va siempre dos movimientos por delante en la partida. Juega con blancas y a mitad, si es preciso, aplica las reglas del parchís. ¿O va a ser inconstitucional evitar que un peón esté sometido de por vida a la limitante desigualdad estructural del ajedrez?

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