Hitler ha vuelto, pero uno no sabe bien cómo podría esto ser noticia: Hitler siempre vuelve, periódicamente, incesantemente. Es una figura histórica insólitamente testarudo y empeñado en el eterno retorno. No soy el hombre más anciano del mundo, y ya recuerdo la aparición de más avatares de Hitler de los que podría contar.
En su última encarnación, nos cuentan con motivo de la victoria electoral de Alternativa para Alemania en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, el Führer se ha hecho carne en la persona de una lesbiana emparejada con una mujer natural de Sri Lanka, lo que podría parecer una elección peculiar, pero no sé si sería la opción más loca de los últimos años: Hitler, en sus regresos, es un maestro del disfraz.
Es curioso que la ideología más efímera de la historia reciente, sepultada en una montaña de sesenta millones de cadáveres apenas unas pocas décadas después de su creación, se haya convertido en la referencia dominante del discurso político, el comodín del izquierdismo primario. Queremos, sin embargo, dejar abierta la posibilidad de que quienes la esgrimen a tiempo y a destiempo carezcan de cualquier otro conocimiento histórico, que crean de buena fe que en el principio fue Hitler y todo lo anterior fueron insondables brumas.
Quienes se identifican hoy con el nacionalsocialismo se cuentan con los dedos de una oreja, no hay un solo partido que remonte su filiación ideológica al NSDAP y, en fin, los indicios de que se trata de una monstruosa anomalía histórica monumentalmente desacreditada que nadie tiene seriamente la intención de resucitar son abrumadores. Eso ya debería hacer bastante ridículas las incesantes invocaciones al nazismo.
Incluso sin todo lo dicho, el tiempo transcurrido lo hace especialmente esperpéntico. Hitler llegó al poder hace 93 años. Ahora imaginen a los comentaristas y pensadores de su tiempo buscando un analogía obsesiva de su llegada con sucesos de 1840, cuando ni siquiera existía Alemania. Nadie se hubiera atrevido
El nazismo no es el Mal, sino que fue un mal muy específico, una ideología específica que creía en unas cosas y negaba otras y cuyo éxito solo se explica por unas circunstancias tan concretas como irrepetibles y, sobre todo, enormemente diferentes a las nuestras. Aquí los opinadores áulicos parecen abonarse a la teoría gardeliana de que 93 años no son nada. Pero, naturalmente, en 93 años ha cambiado todo, o casi. Nuestras sociedades, nuestros problemas, nuestro desarrollo, nuestra cultura no tienen nada que ver.
Alternativa para Alemania nació de un reducido grupito de políticos alemanes que no querían renunciar al marco por el euro. Venían especialmente de la CDU y de los liberales del FDP, pero incluso en el grupo fundador figuraba una socialdemócrata como Dagmar Metzger. Si ahora se asocia la AfD con la lucha contra la sustitución poblacional es, precisamente, porque este es el mayor problema que afecta a todas las sociedades europeas.
La idea de que lo que estamos viviendo es una «inmigración», un fenómeno que hemos absorbido sin problemas durante siglos, son ganas de divertirse barato; y la noción de que la negativa de una nación a desaparecer sin ruido es de algún modo «nazi» hubiera convertido en hitleriano a cualquier político anterior a nuestros idiotizados tiempos. No solo: fuera de Occidente, ningún Estado aceptaría mansamente esa sustitución ni tienen políticas migratorias esquizoides semejantes a las nuestras.
Hay indicios de que el «argumentum ad Hitlerum» ha perdido su magia, que el asustaviejas ya no funciona. Da igual: el izquierdista primario es como un hombre que sólo dispone de un martillo, para el que todos los problemas se vuelven clavos.