La incesante colonización anglo ha puesto de moda entre los nada imaginativos periodistas deportivos la expresión «último baile» —last dance para los más corrompidos— con la que los plumillas, o mejor dicho, teclillas, despachan el supuesto último partido o última temporada de una estrella del deporte. El último baile se supone virtuoso. No se trata de un simple balanceo o movimiento de caderas, sino, más bien, de unos pasos elegantes, acaso de un claqué que demuestre que el protagonista aún mantiene intacto su juego de piernas.
He recordado la bárbara frase al ver el bailoteo con el que Pedro Sánchez deleita a su parroquia en los mítines preparatorios de una campaña que se presume a cara de perro. El marido de Begoña —¿dónde quedó ese Yo con Begoña que Patxi López decía escuchar por las aceras?— se arrancó por primera vez en un acto celebrado en Fuenlabrada por su partido durante el cual, el que el hombre profundamente enamorado declaró públicamente su pasión por la ex contable. Estas fueron sus palabras previas a un beso: «Gracias por ser mi esposa, por ser la madre de mis hijas y por ser mi mujer. Nos han intentado quebrar de todas las maneras y han logrado justo lo contrario: hoy estamos más unidos y somos más fuertes que nunca. Así que que lo escuchen alto y claro: te quiero». Después vino la camiseta que ahora le acompaña cual maillot de una clasificación que encabeza de forma incontestable: la de la corrupción.
Conocedor como nadie de su nicho de votos, Sánchez, que ha visto cómo la estrategia de prometer, en este caso hasta no meter… a nadie en ninguna vivienda, no le daba resultado, ha decidido arrancarse por begoñinas. Si en su día el PSOE se enfrascaba en sesudos debates acerca del marxismo o en su entrada o salida en la OTAN, Sánchez ha tirado por la sauna de en medio: emotividad en lugar de programa.
De ahí que ahora el lema que encandila a los autoproclamados luchadores contra el odio sea La fuerza del amor, rótulo que ya empleó la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, actualmente en prisión domiciliaria para cumplir una sentencia a seis años de cárcel por corrupción, durante su campaña electoral en el año 2011. Con tres lustros de retraso, el lema llega a España vinculado a una pareja que ha medrado orillando cualquier tipo de escrúpulos. Una pareja, con Sabiniano al fondo, de la que depende mucha gente, razón por la cual el amor no tiene la fuerza suficiente como para mantenerse en Moncloa. Y es que, a distancia de los mítines, el amor escasea, retrocede ante una violencia, la famosa tensión con la que coqueteaba El Collares, de la que el amoroso Sánchez tratará de sacar el máximo rédito. Lejos de las ceremonias del partido, los abusos sexuales se siguen produciendo en esa Ceuta que el promarroquí abandonó. Allá donde se diluye la música socialista, la rosa de fuego, Barcelona, arde mientras en Ferraz y en las televisiones que envuelven a la empresa sanchista hacen indisimulada campaña de un danzante del que, por el bien de España, sólo cabe esperar un último e inmediato bailoteo.