El somormujo y la somormuja, cuando les viene el calentón, hacen la danza del espejo. Se colocan frente a frente y comienzan a moverse de manera coordinada, chocando sus picos y entregándose como presente romántico algunas plantas de agua bastante grimosas. El palomo, cuando una paloma le hace tilín, infla el pecho y da vueltas alrededor de ella bajando la cola como si estuviera barriendo el suelo. El pavo real abre su imponente abanico y lo hace vibrar para impresionar a la hembra, que es fácilmente impresionable. Mientras que los cisnes, poco antes del apareamiento, nadan de forma sincronizada y forman un corazón entre los dos pescuezos, mientras la rana que los contempla vomita sobre un nenúfar.
Hasta ahora conocíamos estos rituales del amor animal cimeros en cursilería. Pensábamos que ningún ser vivo podía llegar más lejos, ni por extravagante, ni por empalagoso. Nos equivocamos. Sánchez y esposa han ido mucho más allá, batiendo todas las marcas, si bien lo han hecho con un guion no apto para diabéticos, torpemente interpretado por los protagonistas. Ante tres mil afiliados, en Fuenlabrada, proclamaron «la fuerza del amor» con un morreo paupérrimo, en el que, mientras Begoña parecía haber estado ensayando su papel con cierta dedicación a la causa —a la causa judicial—, el presidente se mostraba tristemente resignado, con el aspecto de alguien que abre la nevera y se encuentra con las tripas de un pequeño roedor. No está muy claro si le incomodaba más besar a su mujer o tener que hacer el numerito para intentar cazar el voto de los aficionados a la novela romántica.
Pero el beso era lo más importante del acto, léase sin imaginación literaria. Porque la imagen sería utilizada en las redes sociales y todavía hoy encabeza la web del PSOE. Tras el beso, mientras María Jesús Montero sufría un colapso erótico, los encargados de la campaña socialista ponían en marcha toda la maquinaria azucarada para la idiotización definitiva de su propia parroquia, coordinando mensajes de tan elevada cursilería que podrían hacer vomitar a una cabra, pero a una cabra hasta arriba de Primperan.
«Mientras haya una sola injusticia en algún lugar del mundo. Mientras haya un solo ser humano que sienta el peso del agravio, el proyecto socialista permanecerá lleno de vigencia», escribe sobre un charco de almíbar el editorialista de El Socialista, panfleto-argumentario socialista habitual para militantes de consideración intelectual reservada. No está mal, pero he echado en falta «mientras un perrito duerma a la intemperie bajo la lluvia», «mientras lágrima alguna resbale melancólicamente por mejilla inocente», y «mientras las ondas de la luz al beso palpiten encendidas».
Si algo hay que reconocerle a Sánchez es precisamente su contribución a que el amor, es un decir, siga siendo un buen negocio en España. Ahí están José Luis Ábalos, Paco Salazar, el Tito Berni, o la familia de Begoña como muestra, sin olvidar al bardo de Ferraz, finísimo poeta romántico, Koldo. Y a Sánchez, por su parte, resulta una obviedad aclararlo, siempre le ha movido la fuerza del amor, del amor a sí mismo.
De modo que, mientras el presidente saliente recurre a la danza del amor para camelar a los suyos a la manera del somormujo, para hipnotizarlos como masas afiliadas con voluntad vencida por burundanga, inocula el odio a la oposición por sus canales internos, con la esperanza de sembrar el terror callejero desde hoy hasta el último día de la campaña, y tal vez más allá, como ya hicieron en aquel 13-M que jamás deberíamos olvidar. La sonrisita del amor y la puñalada del odio por espalda; socialismo, en fin.
A Zapatero también le hicieron pasar el trámite kirchneriano de la fuerza del amor. Pero Zapatero es un cursi profesional. Su discurso de oso amoroso era creíble en él, y más aún bajo el convencimiento de que tiene menos luces que un barco pirata, excepto a la hora de enjoyarse gratis. En Sánchez, sin embargo, la proclama del amor resulta grotesca por impostada, llegando incluso a parecer un ejercicio de ironía, una burla. Hasta el español más desinformado sabe que Sánchez ha construido su carrera política con todas las armas contrarias al amor, y trasladando con orgullo a propios y ajenos su imagen despiadada, déspota, lunática, y de tipo sin escrúpulos. Que a Sánchez le mueve el odio y que le gusta presumir de ello lo sabe hasta la besada en Fuenlabrada. Vaticino que ser forzado a interpretar el papel de candidato Cupido es una sonora humillación que les saldrá cara a sus jefes de campaña.