El bibliocausto de Eduardo Mendoza 
El bibliocausto de Eduardo Mendoza 
Por Iván Vélez
20 de abril de 2026

El 9 de febrero de 1926, la Gaceta de Madrid publicó un Real Decreto firmado por Alfonso XIII cuyo primer artículo decía: «El día 7 de Octubre de todos los años se conmemorará la fecha del natalicio del Príncipe de las letras españolas Miguel de Cervantes Saavedra, celebrando una fiesta dedicada al libro español».

En el almanaque, bajo el número 23 del mes de abril aparece la festividad de San Jorge. Ese día, las industrias de la rosa y la del libro hacen su anticipado agosto en Barcelona y no es raro ver a hombres sentados en el metro, de vuelta del trabajo, con la mirada perdida y una rosa en la mano. Cada casa es un mundo y cada rosa un salvoconducto. Doblemente vegetal, aunque también se regalen libros digitales, la fiesta catalana tiene un punto sexista todavía no condenado por la policía plurinacional de la moral.

Al parecer, la tradición de regalar rosas hunde, nunca mejor dicho, sus raíces en el siglo XV y está conectada con la leyenda de san Jorge que, tras salvar a una princesa del ataque de un dragón, le regaló la rosa que brotó de la sangre del saurio. En 1930, el libro comenzó a maridar con la rosa cada 23 de abril, fecha del fallecimiento de Cervantes.

La edición de este año viene calentita después de que Eduardo Mendoza, en la presentación de su nueva novela, se desahogara diciendo que la jornada «siempre se ha llamado Día del Libro y Sant Jordi se ha metido ahí en medio». Para el multipremiado escritor, el santo «no pinta nada» ese día. Un santo que, dijo, con la sorna que le caracteriza, «era un maltratador de animales que seguramente no sabía ni leer, no tiene nada que ver con los libros y no es ni patrón de los escritores». El efecto de sus palabras fue inmediato. En las redes, además del clásico adjetivo de «catalanófobo» y hasta de críticas a su «bigotito», se le ha llamado «agente cultural de la represión» y se le ha acusado de intentar españolizar a los catalanes. Huelga decir que quienes han lanzado tales invectivas consideran que sólo es catalán quien habla en exclusiva en catalán y, por supuesto, aspira a liberar a esa presunta nación de la opresora España. Algunos, incluso, creen vivir ya dentro de esa República Catalana que aquel mozo de escuadra desmintió, en español, a golpe de porra. Estos últimos, los más cerriles, son lo que han propuesto quemar las novelas de Mendoza. La fecha propuesta: la noche de San Juan. Bajo la luz de la luna, los siempre emotivos lazis pretenden contribuir a la fiesta con una hoguera alimentada por las obras de don Eduardo. La convocatoria coincide con la propuesta para estudiar la quema de libros durante el franquismo impulsada por el PSOE que, hasta donde yo sé, nada ha dicho del bibliocausto mendocino.

Cultivadores del odio a España a tiempo completo, los pirómanos catalanistas pretenden reavivar las lumbres prendidas por los nazis pues, dado su embrutecimiento, no creo que conozcan el episodio del donoso escrutinio que aparece en El Quijote. De leer esa obra, estos sujetos henchidos de narcisismo subvencionado conocerían los elogios que Cervantes hizo de esa Barcelona en cuya playa el Caballero de la Blanca Luna derrotó a don Quijote. De esa Barcelona, en tiempos capital de la industria librera, cuya pujanza se debió a publicar libros en español.

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