Éric Zemmour (1958) es el prototipo del intelectual engagé, que dicen los franceses, comprometido. Hasta hace poco, casi todos eran de izquierdas. Pero la cosa ha empezado a cambiar desde hace tiempo. En cierta manera, él fue el primero. No en vano tiene una quincena de libros publicados. Sin contar tres novelas. Algunos, como El suicidio francés (2014), ya sacudieron la opinión pública francesa.
Luego dio el salto a la política. Como aquellos trapecistas que aman el riesgo. En el 2022, se presentó a las presidenciales y sacó un 7%. No está nada mal para alguien que entonces era un outsider. A continuación, fundó un partido: Reconquista. El nombre lo dice todo. Por eso, cuando me enteré de que estaría en Madrid el pasado jueves para presentar su último libro, no dudé ni un momento, A pesar de que, desde mi domicilio, fueran en total casi nueve horas de tren. Entre AVE y Rodalies. A las doce y media en punto entraba por la puerta del Hotel Intercontinental, en plena Castellana. Acaba de publicar “Occidente bien vale una misa” (Esfera de los Libros, 162 páginas, 15,90 euros). Recién traducido al castellano, próximamente lo será también al inglés, alemán, italiano, húngaro y polaco.
En él propone una “gran alianza” entre el judaísmo y el cristianismo. Tiene gracia que lo diga él; que no es católico. «Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados».
Al fin y al cabo, los pilares de Europa han sido «la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano». Esto es evidente incluso para un agnóstico como yo. Yo añadiría —en mi modestísima opinión— la cultura del esfuerzo, el respeto a la propiedad privada y los climas húmedos, que inducían al trabajo. Sin embargo, su diagnóstico, desde las primeras páginas, es demoledor: «La cristiandad hizo a Europa», declara. No obstante, advierte que «el cristianismo se ha ido poco a poco convirtiendo en una religión minoritaria en Europa» y que el Viejo Continente «ya no es cristiano, incluso que será islamizado».
A su juicio, el futuro es un «califato europeo». Incluso habla de «totalitarismo islámico». Esto hace años era impensable. Pero con más de 45 millones en Europa empieza a ser una posibilidad. En algunos barrios del Reino Unido o de Francia incluso es una realidad.
Por eso, la primera que le hice fue en plan Lenin.
-¿Qué hacer? Se rio. «Todos los países de Occidente deben redescubrir su civilización», añadió. Aproveché después para plantearle otra duda metafísica que me asalta frecuentemente, sobre todo en tiempos de regularización:
-¿Por qué la izquierda es pro islam? «Porque quiere erradicar el cristianismo de Europa».
Me vino a la cabeza la advertencia que lanzó la periodista italiana Oriana Fallaci (1929-2006) en el 2001, tras el ataque a las Torres Gemelas, con su La rabia y el orgullo, reeditado por la misma editorial, cuando había 15 millones de musulmanes en Europa.
«Son solamente los pioneros de las futuras oleadas. Y créeme: vendrán cada vez más. Exigirán cada vez más. Negociar con ellos es imposible. Razonar con ellos, impensable. Tratarlos con indulgencia, tolerancia o esperanza, un suicidio. Y cualquiera que piense lo contrario, un pobre tonto». A Fallaci le dijeron de todo. Sobre todo, «islamófoba». Pero ella, que era de izquierdas y había comenzado en la lucha contra Mussolini cuando tenía apenas 14 y llevaba mensajes de la resistencia en su bicicleta, no la podían llamar fascista.
Un aviso a navegantes para terminar. Sobre todo ahora que hay las elecciones andaluzas; Zemmour, que conoce bien la historia de España, advierte que se ve con frecuencia Al-Ándalus como «un paraíso de convivencia pacífica». Cuando, en realidad, no lo era. Algunos la tienen mitificada. Basta recordar cómo tenían después los reyes de taifas a cristianos y judíos. Ya saben que, aprovechando la ocasión, ha nacido el primer partido islámico de España. Y se presenta a las andaluzas. No deja de ser curioso que utilicen los mismos mecanismos del Estado de Derecho que se les niegan con frecuencia en sus países de origen.