El cono de Gaudí
El cono de Gaudí
Por Hughes
12 de junio de 2026

El último recuerdo lumínico que teníamos de los catalanes era el de unos friquis con sandalias y gafas de colores portando antorchas encendidas en las noches del golpismo procesista. Con la inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, que asombra al mundo, los catalanes vuelven a su mejor tradición de iluminar e inaugurar. El encendido del pebetero olímpico fue uno de nuestros momentos inolvidables. Momento Llegada a la Luna. Todo español recuerda cómo vivió el recorrido de esa flecha.

Los independentistas no andaban felices ayer. Prefieren una Cataluña irreconocible y separada a una Cataluña fiel a su tradición que, distinguida, parta de lo hispano hacia el mundo.

Pero dejemos temas aburridos.

La ceremonia barcelonesa levantó inmediatamente comparaciones  con Madrid, que además de horteradas escalofriantes puso su pueblo, el pueblo de Madrid, cálido e infalible. Con el cielo y el pueblo, Madrid siente que lo tiene todo ganado y que con dos cositas sale del paso.

Si todo fuese un poco distinto, el papa habría podido visitar la cruz del Valle de los Caídos, tal como estaba, llena de fuerza telúrica, histórica, trágica y espiritual; Así, España habría mostrado al mundo, en la misma semana, la torre y la cruz más altas de la cristiandad.

El papa se hacía grande en el Congreso, pequeño en la Catedral, pero ganaba con el escenario. Fueron días de palabras, de logos, mucho logos, mucho «humanismo cristiano»,  pero faltaba eso que se vivió en Barcelona. La grandiosidad elemental y sensorial. La búsqueda de «alimento cenital»,  como escribió Cirlot sobre la obra de Gaudí.

Su arquitectura no se sabe bien qué es. Cirlot no la consideraba ni gótica, ni modernista, ni bizantina, ni siquiera mediterránea, sino… africana.

Gaudí vislumbró de un modo mágico, por intuición irracional, formas arquitectónicas africanas y dio al cono, figura ascensional, «la forma más pura de expresión arquitectónica mística»,  presentida en el alminar islámico, un uso que nadie había dado en Occidente.

Gaudí pensó cosas que se encontraron en África años después, construcciones eruptivas, palacios de torturado barro ascendente, rugosidades místicas que solo tienen antecedente en el mundo animal, en las construcciones de las termitas…

Cuando las catedrales se queman o ignoran, Barcelona presenta una, con la ilusión además de estar por terminar,  que parece anticiparse a algo, antigua y futura a la vez. En cierto modo, una catedral africana, ¡subsahariana! (y no olvidemos que la Virgen de Montserrat devino negra).

Para la Europa del futuro, y su cristiandad, queda esa catedral primitivísima e inexplicable, cuyos elementos no bajan por caminos de peregrinaje,  sino que parecen subir al norte del mediterráneo por rutas insondables.

Las raíces cristianas, la identidad de Europa, Grecia y Roma, lo que somos, ese gran sedimento que afirmamos con cansada convicción, ¿acaso se eleva?

Pero con Gaudí,  a solas con sus formas chorreantes, muy concentrados en ellas, podemos soñar una religiosidad primitiva y mística, cónica, incongruente y natural. Silenciosa, o solo gutural.

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