El dandismo de Morante
El dandismo de Morante
Por Esperanza Ruiz
14 de octubre de 2025

Dicen que en la actualidad no es posible hallar biografías como la del conde de Villapadierna (1909-1979), el último dandi, «que disfrutó y dilapidó tres grandes herencias, vivió al galope de sus pasiones, caballos, galgos y coches y fue un caballero de proverbial porte, con un toque internacional especial en la España de su época». Quizá sólo se trate de la imposibilidad de conciliar nuestra existencia moderna con unos valores y vivencias particulares.

Pero sostiene el catedrático de literatura española Diego Martínez Torrón que Ángel de Saavedra, más conocido en el mundo de las letras por su título de duque de Rivas, proponía «el estoicismo ante el propio destino y el hedonismo andaluz como forma de vida» y entonces ya nos vamos acercando un poco más al dandismo de José Antonio Morante de la Puebla. Que tiene mucho que ver con una forma de vivir en la verdad íntima y el misterio indescifrable de lo que ocurre en el albero de un coso. Que se parece todo a ser el guardián del último arte clásico, de la pureza de lo antiguo.

La fotografía, en blanco y negro y malva y oro, sólo tiene un día y ya es historia de España. Testamento de un pueblo que, mal que bien, convive con héroes y genios y villanos y mangantes; recordatorio de que no tenemos garantizadas la belleza y el duende y tantas otras cosas que damos por sentadas. Morante se corta la coleta por el Pilar, vestido de Antoñete, mientras el tendido 9 a sus espaldas enmudece como amantes que se despiden sabiendo que no se volverán a ver. Y a nosotros nos parece que estamos perdiendo agónicamente las pocas certezas que quedan en un mundo que se va al guano.

El diestro de la Puebla desempolvaba detalles, era especialista en rescatar suertes añejas; no sólo se trata del arte, del concepto gitano del toreo y su belleza, sino que ha sido un profundo estudioso de la historia de la tauromaquia (ha recuperado lances en desuso como el galleo del bú, atribuido a El Nona, donde el capote se coloca a los hombros como si del juego infantil de los fantasmas se tratara; o ha apuntillado al toro, actividad normalmente reservada a un subalterno, como alguna vez hizo Lagartijo. «Yo intento ser guardián y vigía para mantener la tradición; cuanto más antigua, mejor; cuanto más esencia, mejor». Morante diserta sobre la épica y la estética y ya está todo su dandismo explicado.

La estética de Morante es la conjugación de influencias y estilos bohemios con su personalidad extrema y desbordante. Sus patillas recuerdan a las de Paquiro, maestro de inicios del siglo XIX, y su instantánea mítica fumando un puro en el callejón es tradición que acostumbraba a seguir el Pana. Su indomable cabellera, excepto cuando se viste de luces, compite con la de su íntimo amigo, el cantante argentino, y férreo defensor de la cultura taurómaca, Andrés Calamaro. Al de la Puebla —todos los demonios en su cabeza, toda la sensibilidad en el alma— tan pronto hemos podido verle vestido como un lord inglés como con una chaquetilla de chándal de Adidas de los años 70, pero lo importante en él no es su calculada excentricidad indumentaria. Morante es un dandi por su independencia de pensamiento —es amigo de Santiago Abascal desde que serlo públicamente era anatema—, por su cultura —cita con naturalidad a Unamuno o a García Trevijanoy por su empeño en defender la esencia y el estudio de la tradición. Ni siquiera es necesario saber de toros, bastan las imágenes del diestro descalzo toreando un eral en una marisma para justificar cualquier devoción.

Decía el filosofo francés Jankélévitch que el héroe es héroe porque muere; no hay, en este sentido, héroe vivo. Incluso si sobrevive —en tanto que hombre—, el autor de una acción heroica muere —en tanto que héroe— en el momento mismo de esa acción. Morante murió a la Fiesta el día de la Fiesta Nacional para que naciera su leyenda. Junto con él, con su toreo, una de las pocas certezas que quedaban en un mundo que se va al guano.

«Se torea como se es», dejó dicho Belmonte. Yo, sin embargo, creo que Morante toreaba como rezaba.

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