Cataluña, antaño el motor económico de España, está en declive. No lo digo yo. Ahora lo dicen hasta los de Junts. No hay sesión parlamentaria en que no lo repitan. Aunque —paradójicamente— ellos han contribuido a ello. Por eso no me extrañó que, en el último pleno, se presentara una moción sobre «las medidas necesarias para superar el actual estado precario del sector industrial». Era consecuencia, por otra parte, de una interpelación de finales de año. Lo que tiene cojones, perdonen la expresión, es que la tenga que presentarla VOX. No esos que tanto dicen querer a Cataluña. Fue a cargo del diputado por Tarragona Javier Ramírez.
Empezó en plan irónico. «Mientras aquí nos preocupamos en cómo reutilizar un tapón de una botella, otros países nos adelantan por la derecha y se expanden por medio mundo. Mientras aquí nos preocupados porque hay un cartel no binario en un lavabo de una empresa, resulta que importamos productos de países que denigran a la mujer. Y mientras aquí aplicamos requisitos fitosanitarios inasumibles, importamos fresas de Marruecos regadas con aguas fecales». Es cierto, yo no sabía que este fruto podía contraer hepatitis… con el evidente riesgo para los consumidores.
El peso de la industria catalana ha ido disminuyendo progresivamente. En 2021 era del 18,7% del PIB y en 2025 del 18,3%. Ha perdido cinco décimas en menos de un lustro. «No estamos ante un estancamiento, porque eso se podría salvar. Es que estamos ante una desindustrialización acelerada», alertó el diputado. «Sus políticas happy flowers nos están llevando a la ruina», resumió. Además, Cataluña se ha instalado desde hace tiempo en la denominada cultura del no. Aunque no sé por qué la llaman cultura: «no al carbono, no a las nucleares, no a la petroquímica, no a la automoción», advirtió el diputado. Entonces planteó la pregunta del millón: «¿De qué vamos a vivir? ¿Del campo, de la pesca, cuando estamos viendo lo que está pasando en Mercosur o las restricciones de Bruselas? ¿O del turismo, cuando acaban ustedes de disparar la tasa turística?»
La moción, como se pueden imaginar, no prosperó porque era de VOX. El PP y Aliança se abstuvieron. Todo el resto votó en contra. El de Junts sacó a España, el de ERC resucitó a Franco, el de los Comunes daba lecciones de «decoro parlamentario» y la de la CUP defendió a China. Los socialistas aseguraron, claro, que «el Gobierno ya está actuando». Pero la verdad es que Cataluña ha perdido peso en los últimos años. Han desaparecido nombres míticos de mi infancia, incluso de mi juventud. Como, por ejemplo, Montesa, Bultaco, Ossa, Sanglas, Derbi. Solo en el sector de la moto. Sin olvidar empresas del sector electrodomésticos: Corberó, Bru, Iberia y un largo etcétera.
En enero de 2013, el entonces presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, Miquel Valls (1943-2019) hizo unas declaraciones en las que ya afirmaba que «hace diez años que no hay política industrial en Cataluña». Valls abogó también por la reducción de la Administración pública, una de las medidas estrella de Mas cuando recuperó el poder en el 2010. Luego quedó en nada. «Toda la reducción de empresas públicas, de agencias de la administración, que se puso encima de la mesa no se está llevando a cabo. Esta es la realidad. Se suben los impuestos, pero no se reducen los gastos», alertó.
Transcurrido todo este tiempo, como se pueden imaginar, no es que estemos igual. Es que estamos peor aquí y en toda España. Nos estamos convirtiendo en un país de funcionarios, pensionistas y turistas. Incluso de inmigrantes vista la última regularización general auspiciada por el Gobierno. Y esto no hay Estado del Bienestar que lo sostenga. Al fin y al cabo somos mayoritariamente las clases medias la que lo sostenemos con nuestros impuestos.