Es un alivio para la desesperación que el hombre sea siempre tan igual a sí mismo, también en su aspecto social, y haga cierta la máxima de Peguy según la cual Homero sigue siendo fresco hoy, cuando el periódico de esta mañana es ya un papel caduco, útil solo para limpiar cristales.
Sobre todo porque el periódico —su equivalente digital— miente ya siempre, mientras que Homero dice siempre la verdad sobre lo importante. Y en la ira ciega del Pélida Aquiles podemos ver la materia oscura que nos acaba salvando una y otra vez de la eterna servidumbre, de la distopía inacabable: la arrogancia.
Los griegos hicieron de ella un tema recurrente de su teatro, esa hybris como una diosa irónica que acompaña siempre al poderoso para frustrar sus últimos planes. Cuando más poderoso es el tirano, cuando más irresistible es su fuerza, la arrogancia le vuelve loco y le destruye.
La hybris de nuestro tiempo se expresa en el deseo de los poderosos de dejarse ver, como un titiritero cansado de la ilusión infantil que asomase su rostro sobre el teatrillo.
La fuerza de su dominio ha descansado en la discreción, sino el secreto, en ocultas confluencias y redes más o menos complejas de relaciones e intereses que era inútil denunciar, porque traía el ridículo. Pero, cuando el mecanismo de control lleva mucho tiempo funcionando a la perfección, el poderoso se confía y cae en la tentación de mostrarse.
Es un instinto humano: mando yo, pero ahora quiero que se sepa, quiero figurar, porque ya es tarde para que nadie escape a mi control. Y la pieza fundamental de ese control no es que hagamos lo que desean, sino que vivamos la realidad que ellos decidan.
Ya no basta que la incesante propaganda convenza a una mayoría sobre lo que debe ser y lo que es: tenemos que ser todos los que vivamos en el cuento que han creado. Cualquier guion alternativo es una amenaza, y ya no les importa, como ha hecho Sánchez, como ha hecho la ministro comunista Sira Rego, anunciarnos que ya no podremos informarnos por nuestra cuenta en redes sociales. En la versión más condescendiente del plan, tendremos que fichar para que se puedan supervisar nuestras opiniones y nuestro trayecto por las redes; en la más tajante, se nos impedirá consultar siquiera las visiones heréticas.
La censura es la última tentación del tirano. Y esa acaba siendo su perdición. Porque la propaganda no es inmune a la Ley de Rendimientos Decrecientes, tiene su propia Curva de Laffer y un punto a partir del cual su efecto es contraproducente. En la vieja Unión Soviética había una sola realidad, la oficial, bramando desde las hojas del diario del pueblo y desde las pantallas. Pero nadie, absolutamente nadie, se la creía.
Hoy redes como X son involuntarias aliadas del tirano al menos en un doble sentido: tranquilizan al público en su creencia de que sigue viviendo en un sistema de libertades y funcionan como válvula de seguridad a la ira popular, que se disipa en diatribas online.
Pero cuando se le dice abiertamente al ciudadano que no puede informarse libremente donde desee, que sólo puede escuchar un mensaje sin contraste, la propaganda queda desnuda, pierde su pudorosa hoja de parra de actividad informativa y pasa de ser una fuente cuestionable a convertirse en ficción segura.
A partir de ese momento, el poder ya no puede advertir, alertar, convencer. Sin posibilidad alguna de comprobación, todo el mundo entiende que lo que diga es mentira, incluso cuando ocasionalmente sea cierto.
Y a la inversa: el poder deja de saber qué piensa realmente la gente, que ya sólo puede regurgitar las verdades obligatorias. Y eso es tan desastroso para el poderoso como un ejército que renunciara a conocer las intenciones del enemigo.