El electorado estanco
El electorado estanco
Por Enrique García-Máiquez
12 de febrero de 2025

Con puntualidad británica, en cuanto VOX crece en las encuestas se acrecientan los ataques y las críticas. Yo no lo llevo especialmente bien, porque siento lo que Giménez Caballero llamaba «el pío de la unidad» y lamento cualquier disensión, desde las generacionales hasta las territoriales, pasando por las ideológicas que se recrean en el narcisismo de las pequeñas diferencias. La historia de mi vida es, por tanto, la de un chiste judío: «Un rabino está intentando arbitrar entre dos miembros de su comunidad. El primero da su versión de los hechos. El rabino lo escucha y, finalmente, dictamina: “Tienes razón“. De inmediato, el segundo protesta, cuenta su versión y el rabino contesta: “¿Pues sabes qué?, tienes razón“. Entonces la esposa del rabino exclama: “¡No pueden tener razón los dos!“. Y el rabino responde: “¡Oye, pues tienes razón!“». Ya se pueden imaginar cuánto sufro.

Para rematarme, estoy empeñado en pensar bien hasta de quien se equivoca, pero cuesta cuando los datos o las calumnias, o cuarto y mitad, se guardan con alevosía y se sueltan en el momento preciso en que más daño necesitan hacer. Claramente no hay un afán de claridad, sino de aprovecharlo todo para hacer el mayor destrozo posible. La información es joder, si me perdonan el exabrupto, extraño en mí, pero exacto.

Así, charlar con la gente corriente que no sigue la política al milímetro y que no lee como yo por delante y por detrás los artículos de opinión de los hunos y los hotros, que diría Unamuno, tiene un efecto benéfico sobre mi ánimo. Te rozas con gente muy distinta y ves las cosas como las ve la mayoría. Esto es, con distancia. Con mucha distancia. Con muchísima.

Veo a bastante gente joven que tiene puesta sus esperanzas en VOX. Y estos días me ha llamado poderosamente la atención lo impermeables que son a las críticas por tierra, mar y aire. Les dan lo mismo. No saben casi ni de qué van las turbulencias ni le suenan demasiado los nombres de los protagonistas de estas serpientes periodísticas. Hay un grandísimo porcentaje del electorado de VOX que es estanco a las maniobras de confusión.

Supongo que esto exasperará más a los que ya no saben qué hacer. Están a punto de cruzar la línea de la verosimilitud, que, según Aristóteles, es la que debe ser infranqueable en toda invención. Y a punto de pasar la línea del ridículo, que, según Josep Tarradellas, es lo único que nunca se puede hacer en política.

Como yo sigo viviendo en mi chiste del rabino, no sostengo que sólo tenga que existir el electorado estanco. También tenemos nuestro papel secundario los que lampamos por los entendimientos y quienes vigilan las críticas para que no salgan auténticas y quienes las responden, etc. Cada cual según su leal saber y entender.

Aunque es posible que la lección política más importante la estén dando los estancos, esto es, la gente corriente y moliente. Como Séneca, ellos se dicen «transcurramus solertissimas nugas», esto es, «pasemos por alto estas sutilísimas minucias». No por pasotismo, sino porque saben mejor que nadie qué nos estamos jugando de verdad. Ellos tienen unos problemas reales y cotidianos y apoyan al partido que va a coger el toro por los cuernos y va a enfrentarse a las políticas que les generan esas dificultades sociales, laborales y económicas en el día a día. No miremos con condescendencia al electorado estanco. Tengamos en cuenta el aviso de Chesterton: «La democracia no consiste en la compasión por el hombre común; la democracia consiste en la reverencia del hombre común; o incluso, si usted lo prefiere, en el temor a él». Temor le tienen los que querrían voltear las tendencias de voto a base de escándalos y no consiguen más que hacer un ruido molesto para la minoría que aún les escucha con aprensión, digo, con atención, esto es, para un puñado o un pellizco de nosotros.

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